Un Caudillo crédulo

Antes de entrar en los casos concretos, se deben señalar dos caras de Franco en las que están de acuerdo tanto los que le conocieron como sus biógrafos. Por un lado, Franco era un hombre astuto, un superviviente político nato que supo mantenerse en el poder después de que sus aliados Hitler y Mussolini cayesen. Fue un dictador que supo manejar los tiempos y dividir y destruir a sus enemigos. Pero, al mismo tiempo, para algunas cosas era un ingenuo fácil de engatusar, en parte porque era una persona poco culta, en especial en temas científicos y económicos. Según escribió en sus memorias el que fuera una vez su ministro de Hacienda, José Larraz, los conocimientos de economía del Caudillo no pasaban de los de un capitán recién salido de la academia militar. Pensaba que podía dar órdenes a la economía tal y como disciplinaba a los soldados, que si ordenaba que bajasen los precios y se terminase el paro se haría su voluntad, y que España era rica en recursos naturales, así que no necesitaba comerciar con nadie.

Pero la realidad es tozuda. España estaba en la ruina al salir de la guerra civil. Las pérdidas materiales y humanas causadas por la guerra empezada por los golpistas fueron considerables, pero que en los años 40 la situación económica fuera crítica no se debía tanto a esos destrozos como a la política autárquica que, por ideología, continuó Franco hasta finales de los años 50, cuando no le quedó más remedio que abandonarla si no quería arriesgarse a perder su cargo. Esto produjo hambruna y racionamiento, como ya expliqué en el episodio sobre si España era más segura con Franco. En ese contexto, cuando todavía no estaba escrito que Franco fuera a gobernar durante cuatro décadas, la búsqueda de soluciones milagrosas de los problemas económicos del país no se explica solo por la credulidad del Caudillo, sino también por su desesperación. Un dirigente en su situación iba a agarrarse a cualquier clavo ardiendo, por remotas que pudieran parecer las probabilidades de éxito, con tal de salvar su pellejo.

Esto se vio el 31 de diciembre de 1939, cuando Franco se dirigió a los españoles en su discurso de Nochevieja con un gran anuncio: “Tengo la satisfacción de anunciaros que España posee en sus yacimientos oro en cantidades enormes, muy superiores a aquella de que los rojos, en combinación con el extranjero, nos despojaron, lo que nos presenta un porvenir lleno de agradables presagios.” Unos geólogos deseosos de complacerle le habían convencido de la existencia de grandes depósitos en Extremadura, y el dictador incluso fue a supervisar las excavaciones en persona, pero el oro jamás se encontró. A la penosa situación económica se suma el contexto intelectual de la época. El siglo XIX había sido un siglo de invenciones individuales transformadoras. La idea de que un genio solitario podía cambiar el mundo de la noche a la mañana con un descubrimiento revolucionario no era en absoluto descabellada en la primera mitad del siglo XX.

El alquimista indio que prometió oro

El primer episodio en el que claramente nos encontramos ante un intento de engaño a Franco ocurrió cuando el cuartel general se encontraba en Salamanca, en 1937. Lo han contado varias personas que estuvieron allí: la hermana del dictador, Pilar Franco; su cuñado Ramón Serrano Suñer; y sobre todo Ramón Garriga, a partir del testimonio de quien sirvió de intérprete entre el impostor y Nicolás Franco, hermano del Generalísimo. El personaje en cuestión era un tal Sarvapalli Hammaralt, presentado como un químico indio formado en Alemania. Llegó a Salamanca y se entrevistó con Nicolás.

Le dijo: “Señor, ¿qué se necesita para hacer y ganar la guerra? Napoleón lo dijo: dinero, dinero y dinero. Yo pongo a disposición del general Franco todo el oro que precise para alcanzar un rápido triunfo.” El hermano del dictador, entonces su hombre de más confianza, reaccionó sonriendo de forma escéptica, preguntando por dónde tenía el oro. A lo que Hammaralt respondió: “Señor, lo que yo tengo es la fórmula para la fabricación del oro. Debo añadir, no obstante, que esta fórmula sólo se puede utilizar si el oro que se fabrique se destina a una buena causa. Es indudable que ustedes, los nacionalistas, luchan por una causa noble y santa: la defensa de su religión y la destrucción del comunismo materialista. Así, yo pongo todos mis conocimientos a disposición del general Franco para procurarle todo el oro que precise para vencer a los impíos rojos.”

Nicolás habló a Francisco del asunto y, según Garriga, el Caudillo puso a su disposición un laboratorio de la Facultad de Ciencias de Salamanca. Pilar Franco, en cambio, apunta a Nicolás como el verdadero creyente en las patrañas del indio para descargar de responsabilidad a Franco, y pedía contextualizar el asunto en unos tiempos en el que los gobiernos mostraban mucho interés por las materias primas sintéticas. Si bien en este caso no está claro el nivel de confianza que Franco depositó en el indio, sí podemos decir que el entorno de Franco le dio suficiente crédito durante un tiempo. No fabricó oro, pero Hammaralt se ganó la confianza de Nicolás ayudando a los censores del régimen a descubrir tintas invisibles utilizadas por espías ajenos. Sin embargo, su suerte se le terminó cuando la inteligencia militar alemana avisó de que el indio había sido expulsado de Alemania por sospecharse de ser un agente británico interesado en conseguir información sobre armas químicas. Hammaralt fue capaz de huir antes de que lo apresaran y se le perdió el rastro histórico. Antes de pasar al siguiente engaño, hazme un favor y dale a me gusta si estás disfrutando del episodio, que desde aquí no hace más que ponerse mejor.

Filek y la gasolina sintética que iba a salvar España

Filek. El Día de Palencia, 12 de marzo de 1940
Filek. El Día de Palencia, 12 de marzo de 1940

El segundo caso tuvo unas repercusiones mucho mayores. Lo protagonizó Albert von Filek, un austríaco que probablemente era hijo ilegítimo de una familia de la pequeña nobleza con una arraigada tradición militar. Fue un soldado durante la Primera Guerra Mundial en defensa de unos valores monárquicos y reaccionarios con los que se sentía identificado. Pero mientras muchos austríacos terminaron deprimidos, sin empleo y con una crisis existencial tras la caída del Imperio austrohúngaro, Filek encontró el camino de los fraudes para hacerse un lugar en el mundo, aprovechando sus grandes dotes de persuasión. A lo largo de los años 20 cometió robos y estafas en Austria e Italia bajo diferentes identidades, pasó algún tiempo en la cárcel y llegó a Madrid en febrero o marzo de 1931, poco antes de proclamarse la Segunda República.

Entre 1931 y 1936 fue denunciado al menos cinco veces en España. A partir de 1934 se especializó en el fraude de la gasolina sintética. El procedimiento era siempre el mismo. Presentaba una patente que solicitaba formalmente pero no pagaba, de modo que caducaba y podía usarla con la siguiente víctima, conseguía socios dispuestos a invertir con la promesa de un descubrimiento revolucionario que les haría millonarios, y desaparecía antes de que nadie le pidiera rendir cuentas. Hay que decir que Filek no era el único que decía haber inventado gasolina sintética. Noticias similares de otros supuestos inventores aparecían en la prensa española, inglesa, francesa e italiana. Había mucho interés en buscar nuevas fuentes de energía. Precisamente en 1934 el aragonés Rafael Suñén Beneded logró entrevistarse con el primer ministro, Ricardo Samper, y le convenció de formar una comisión de técnicos para estudiar su método para obtener carburantes sintéticos. El austríaco más que probablemente se inspiró en este para estafar primero a particulares y luego intentar estafar a gobiernos, primero entre los círculos de la CEDA y la trama golpista y más tarde se atrevió a ofrecer sus supuestos inventos al gobierno de Largo Caballero, ya durante la guerra civil.

Fue detenido y se pasó más de dos años en diferentes cárceles del Madrid republicano, pero no por sus delitos comunes, sino bajo acusaciones de ser un espía. Fue absuelto dos veces, pero permaneció bajo arresto porque el gobierno republicano trató de hacer sin éxito gestiones para su deportación. Cuando las tropas de Franco entraron en Madrid en marzo de 1939, el nombre de Filek apareció en las listas de presos liberados. De la noche a la mañana, su prolongado cautiverio en manos republicanas se convirtió en una perfecta carta de presentación ante las autoridades franquistas. Era un excautivo, un mártir de la Cruzada, un extranjero que había elegido sufrir por fidelidad a la causa de Franco.

Con ese perfil y en una España con régimen germanófilo, Filek logró instalarse en el barrio de Salamanca, un barrio derechista y de ricos de Madrid que por clasismo sufrió menos bombardeos franquistas. No tardó en moverse entre los círculos de la élite del Nuevo Estado y a construir la red de contactos que necesitaba para ejecutar la gran estafa de su vida. La clave del éxito de su operación fue que se ganó la confianza de las personas más cercanas al dictador. El primer eslabón fue Ramón Serrano Suñer, el cuñadísimo que en 1939 era la figura más importante del régimen después de Franco. Filek vivía a pocos metros de él y los dos se habían cruzado en la Cárcel Modelo en 1936. El segundo personaje decisivo fue Felipe Polo, cuñado por partido doble de Franco y de Serrano Suñer, además de ser el secretario personal del dictador y alguien que le acompañaba en sus vacaciones en el pazo de Meirás. Felipe Polo hizo pruebas con automóviles con «filekina», como se llamaba el combustible del farsante, y solo hablaba maravillas. Y el tercer eslabón fue ni más ni menos que la esposa del Caudillo, Carmen Polo, que tras varios viajes se creyó por completo la invención del austríaco. Filek no tuvo que vender a Franco su engaño. Ya lo hicieron por él el cuñado, el secretario personal y la mujer de Franco. Bajo estas condiciones, ¿cómo no ser engañado? Yo confieso que también hubiera picado.

Y, dicho y hecho, el 7 y 15 de diciembre de 1939 Franco firmó unos decretos que aparecieron en el BOE en los que declaraba la empresa de Filek industria de interés nacional, la primera en acogerse a los beneficios de esta categoría, y se declaraban urgentes las obras de construcción de la ambiciosa Fábrica de Carburante Nacional, tan nacional española que su inventor era un austríaco. La categoría de industria de interés nacional daba ventajas como una reducción de los impuestos de hasta el 50%, rebajas en derechos aduaneros y expropiaciones forzosas de terrenos para su instalación, y la prisa estaba justificada por querer reducir la dependencia a las importaciones de crudo, controladas por empresas estadounidenses y británicas. En enero de 1940 se expropiaron 200 hectáreas entre Coslada y Barajas para usar el agua del río Jarama, y la prensa llegó a publicar planos del complejo previsto, que como colonia industrial iba a contar con viviendas para los trabajadores, escuela, iglesia y hasta un campo de fútbol. La prensa del régimen, como La Vanguardia, llegó a celebrarlo con un titular que proclamaba: “Hacia la autarquía nacional en materia de carburantes.”

El carburante nacional. El Día de Palencia, 12 de marzo de 1940
El carburante nacional. El Día de Palencia, 12 de marzo de 1940

El ministro de Hacienda, que ya se olía el engaño, comentó que interiormente se murió de risa en las diversas reuniones del gabinete, comentando con ironía que no sabrían qué hacer con tanto oro y tanta gasolina como la prometida en diversas estafas de las que fue víctima Franco. Pero nadie se reía en voz alta para no contrariar al Caudillo. Eso era lo determinante. La fórmula mágica de Filek para crear gasolina sintética consistía en un 75% de agua filtrada o destilada, un 20% de jugos y fermentos de plantas y un 5% de otros elementos secretos que se suponían decisivos. La prensa internacional se reía del asunto, pero Filek alimentó el bulo de que las multinacionales petroleras iban a por él. Era el tipo de narrativa de conspiración internacional contra España a la que Franco estaba más que predispuesto a prestar oídos.

Lo más sorprendente de todo esto es que la declaración de interés nacional del proyecto de Filek en consejo de ministros y los artículos alabadores de la prensa se habían realizado sin pararse a hacer una solo prueba química de la supuesta gasolina sintética. El primer análisis científico de la gasolina de Filek se realizó el 6 de marzo de 1940 en el Laboratorio de Combustibles del Ministerio del Aire. Los resultados fueron demoledores: el carburante no podía utilizarse en un motor. Y, sin embargo, el informe se cierra con una última afirmación ambigua que deja la puerta entreabierta y contradice todo lo dicho anteriormente. Eso sí, el informe no llevaba firma, porque nadie quería comerse el marrón de decirle al Caudillo que la gasolina en la que tanto había confiado era un fraude.

Franco seguía convencido. Dijo una vez ante el ministro Larraz: “Si tenemos en cuenta —decía el General— que el petróleo que se extrae de las capas geológicas procede, según las mejores teorías, de la descomposición de la materia orgánica, es visto que Filek utiliza los residuos de verduras para descomponerlos y operar luego sobre el producto de la descomposición.” Qué gran científico era Paca la Culona. Y al embajador en Francia le dijo: “Figúrese que tengo en la mano un invento genial para fabricar gasolina, empleando únicamente flores y matas del campo mezcladas con agua de río y el secreto producto que me ha proporcionado, por simpatía hacia mí, el genio inventor de esta maravilla.” No solo era muy optimista, sino que, como tenía el ego inflado de forma descomunal tras ganar la guerra, se creía que Filek rechazó buenas ofertas por su invento y que se lo daba gratis a Franco solo por admiración. Según Juan Antonio Ansaldo, cuyo testimonio hay que tomar con pinzas por estar resentido con el Caudillo, el dictador fanfarroneaba de fiarse más de su chófer que de todos los ingenieros y técnicos consultados, que se mostraron en contra del proyecto de forma unánime.

Pero igual a Albert von Filek la estafa se le había ido de las manos y había pecado de ambicioso. En verano de 1940 se hizo un segundo informe, esta vez firmado por expertos, que sentenciaron que la gasolina sintética de Filek carecía de toda base científica. El fundador de CEPSA, Demetrio Carceller, habló con Franco y le abrió los ojos. Pocos meses después, Carceller fue recompensado con el puesto de ministro de Industria y Comercio, desde donde robó a manos llenas e hizo chanchullos con los nazis. Por sorprendente que pueda parecer, no se celebró un juicio contra el farsante, ni se lo fusiló extrajudicialmente. En marzo de 1941 fue encarcelado como preso gubernativo, es decir, fue arrestado sin que se presentara una acusación. Esto se explica porque de haberse expuesto el asunto al público Franco y las élites franquistas hubieran sido el hazmerreír de España y de todo el mundo. Convenía ocultar las vergüenzas del régimen.

Siguió encarcelado hasta septiembre, y fue liberado sin repatriación porque no sabían ni a qué país mandarle por estar Europa en guerra. Volvió a cometer estafas por Madrid y permaneció recluso entre 1943 y 1946, la mayor parte del tiempo en el campo de concentración de Nanclares de la Oca, en Álava, en la que, como en otros centros penitenciarios, murieron muchos presos de hambre y enfermedades. Charles Foltz Jr., director de la Associated Press de Madrid, pudo hablar con Filek y este seguía mostrándose orgulloso de su gran estafa. Esto sugiere que su estafa no respondió solo a una motivación económica, sino que quizás lo que pesó más fue su deseo de tomarle el pelo al hombre más poderoso de España. Y, ciertamente, así ha conseguido pasar a la historia. En 1946 fue expulsado de España junto a su mujer granadina, y la pareja pasó el resto de sus días en Hamburgo, Alemania.

La red de (des)información antimasónica APIS

El tercer y último engaño que quiero comentar no duró meses, sino décadas sin pillar a su artífice. Entre 1937 y 1965, Franco recibió al menos 230 informes manuscritos procedentes de una red de espionaje llamada APIS. Había una agente infiltrada, llamada Anita, afincada en Portugal y casada con un alto cargo de la Asociación Masónica Internacional, la gran organización masónica que según Franco coordinaba desde las sombras las conspiraciones contra España. Anita le robaba documentos a su marido y los hacía llegar, a través de intermediarios, hasta el Caudillo. Estamos hablando de actas de reuniones secretas, listas de masones infiltrados en el ejército, el gobierno y la Iglesia y planes para desestabilizar el país.

El problema era que todo era pura desinformación. Domínguez Arribas, el historiador que ha investigado la red, señala que es posible que existiera una informadora real en Portugal que enviaba noticias sobre los monárquicos españoles en el exilio, pero que la mayor parte de lo que se transmitía en su nombre era invención. Los documentos no respetaban los usos y formas de la masonería real, y algunos documentos contenían errores que hubieran sido relativamente fáciles de descubrir, como por ejemplo cartas atribuidas a personas que llevaban años muertas. Además, todos los documentos estaban escritos en perfecto castellano, algo que ya debería haber levantado sospechas.

Dos claves explican el éxito del engaño. Por un lado, que alimentaba los prejuicios de Franco y su obsesión antimasónica, y por otro que los intermediarios que le hacían llegar los informes eran gente de absoluta confianza. El primer documento conocido llegó a través del cardenal Gomá, el mismísimo primado de España, que a su vez lo había recibido del nuncio pontificio. Después, los informes de APIS llegaron a través de Luis Carrero Blanco, el más fiel de sus colaboradores, y de Jesús Fontán, su ayudante de campo, al que conocía desde la infancia.

¿Pero quién estaba detrás del fraude? No era un opositor al régimen franquista, alguien vinculado al Partido Comunista o a los círculos anarquistas, sino una mujer natural de Guernica y de familia carlista llamada María Dolores de Naverán. Era una maestra conservadora vinculada a las teresianas, una agrupación religiosa de laicos, y para su engaño contó con colaboradores del ámbito educativo. Naverán supo moverse entre los dirigentes franquistas. Formó parte de comisiones sobre la educación del Nuevo Estado y tras la guerra fue inspectora central de Enseñanza Primaria y llegó a dar clases a Carmen Franco, la hija del Caudillo.

Naverán no buscaba dinero, sino influencia sobre Franco para cargarse a adversarios políticos dentro del conglomerado franquista. Solo tenía que hacer aparecer como masones a esos enemigos en los informes de APIS. Primero a diversos falangistas y militares, a los que los documentos presentaban como infiltrados o manipulados por las logias. Luego los monárquicos juanistas, los partidarios de Juan de Borbón para la restauración de la monarquía, mientras que casualmente los carlistas estaban libres de toda sospecha. En todos los casos, el objetivo último era inclinar las decisiones del dictador en la dirección más favorable al integrismo católico y la facción tradicionalista. Cabe preguntarse si Naverán actuaba por iniciativa propia o, como parece mucho más razonable, bajo la dirección de alguien más poderoso con mucho más que ganar, y en ese sentido el candidato que me levanta más sospechas es Luis Carrero Blanco, que fue ganándose la confianza de Franco a principios de los años 40. Al fin y al cabo, era quien entregaba los informes al dictador. No ha podido demostrarse que fuera el cerebro detrás de la trama, pero de ser así este asunto que podría parecer una curiosidad reescribiría por completo la biografía de Carrero Blanco.

Artículo de Franco bajo pseudónimo sobre la democracia donde habla de masones. Arriba, 5 de enero de 1947
Artículo de Franco bajo pseudónimo sobre la democracia donde habla de masones. Arriba, 5 de enero de 1947

De lejos, esta estafa fue de las tres la de mayores consecuencias políticas. Hay que pensar que el Caudillo, que no era precisamente un hombre al que le gustase leer, leía con detenimiento los informes, los subrayaba, hacía anotaciones de su puño y letra y tomaba decisiones en base a la desinformación transmitida. Tanto confiaba en los informes de APIS que, por ejemplo, alertó a los alemanes de una lista de masones franceses, a la Iglesia sobre actividades de protestantes en España o al papa sobre una supuesta carta del presidente Roosevelt de Estados Unidos en la que explicaba sus planes de reparto del mundo a un judío que hacía de intermediario ante Stalin.

Claramente, la desinformación del APIS fue decisiva en exacerbar la obsesión conspiranoica de Franco sobre los masones, tanto es así que en su último discurso público el dictador mencionó a los masones. [Franco: Solo que en España, en Europa, se ha armado todo obedece a una conspiración masónica-izquierdista en la clase política.] En noviembre de 1943, Anita informó a Franco de que el asesinato del almirante francés François Darlan había sido en realidad ordenado por la masonería inglesa. Franco quedó tan convencido que repitió esa teoría en seis artículos publicados en el diario falangista Arriba bajo el seudónimo de “Jakin Boor”. Los artículos que escribió entre 1946 y 1951, luego recogidos en su libro del 52 dedicado a la masonería, están impregnados de ideas procedentes de APIS. Cuando Franco escribía sobre un comité supremo en Europa que conspiraba contra España estaba reproduciendo, sin saberlo, la ficción de una profesora vasca. No deja de resultarme bastante gracioso que cayera en la desinformación de esta manera.

Juan de Borbón y su hijo Juan Carlos
Juan de Borbón y su hijo Juan Carlos

Pero, sin duda, la consecuencia política más importante fue que alimentó las tensiones entre Franco y Juan de Borbón y eso llevó a que el dictador lo descartase como candidato al trono. El más señalado en los informes de APIS como masón y enemigo de Franco fue Pedro Sainz Rodríguez, antiguo ministro de Educación del Caudillo y monárquico convencido que fue uno de los hombres más relevantes en la preparación del golpe de estado del 18 de julio. Franco se lo creyó. Entre 1944 y 1960, intentó convencer a Juan de que su principal consejero era un masón, pero no tuvo éxito. Esa falta de criterio de Juan era motivo de desconfianza, aunque en realidad era a Franco a quien habían engañado. En 1960, después de que el Caudillo se entrevistase con el Borbón, Francisco Franco le dijo a su primo: “Don Juan es listo y discurre bien en muchas cosas, pero está influido por ideas muy liberales y se deja mangonear por sus íntimos. Me quedé asustado —dice Franco— cuando me dijo Don Juan que sus discursos se los preparaba el señor Sainz Rodríguez, que es un político de izquierdas y masón.”

Y en 1964 Juan de Borbón nombró miembro de su consejo a Gil Robles, y Francisco Franco comentó: “Éste es un motivo más para no fiarse de Don Juan, pues si ahora hace traición al Movimiento Nacional, sin ser rey de España, ¡qué sucedería el día no probable en que lo fuese! Entonces se convertiría en uno de los mayores enemigos del Movimiento y de todo cuanto hemos luchado en la Cruzada para salvar a nuestra Patria. No se puede contar con él para nada y su conducta política está cada vez peor orientada. En Lisboa lleva la batuta el señor Sainz Rodríguez, enemigo (según él dice) personal mío, cuyo entusiasmo por la masonería como miembro destacado de ella todo el mundo conoce.” El desprestigio contra Sainz Rodríguez, motivado por razones políticas, también pudo verse influido por la animadversión que pudo desarrollar María Dolores de Naverán cuando Sainz Rodríguez era jefe suyo. Por lo tanto, la red APIS pudo ser empleada para un ajuste de cuentas personal. El último informe conservado de APIS está fechado en octubre de 1965, y Naverán murió en febrero de 1967, sin que el fraude fuera descubierto jamás por Franco.

El síndrome del traje nuevo del emperador

Hemos visto tres fraudes de los que fue víctima Franco con tres motivaciones distintas: el indio Hammaralt probablemente buscaba información de espionaje, Filek quería dinero y adrenalina, y Naverán perseguía influencia política. Solo una de los tres se salió completamente con la suya. Las tres estafas comparten una misma fórmula para el éxito: primero, engañar a través de intermediarios de la más absoluta confianza del Caudillo, desde familiares hasta sus más estrechos colaboradores políticos y eclesiásticos, y segundo, explotar a su favor la mentalidad de la víctima, sean sus deseos de oro y combustible para solucionar la ruina económica de España o sean sus prejuicios, en ese caso la obsesión con el poder de la masonería internacional. Además, por su falta de conocimientos y su simpleza, para algunos asuntos Franco podía ser algo ingenuo.

Pero quizás el factor más estructural es lo que podemos denominar síndrome del traje nuevo del emperador, tomando el nombre del conocido cuento danés del siglo XIX. En un régimen autoritario, nadie osa decirle al poderoso que está equivocado, y mucho menos que le han tomado el pelo. La adulación y el miedo construyen una cámara de eco perfecta para el impostor. Donde es más evidente es en el caso de Filek. Los técnicos redactaron un primer informe ambiguo para no contrariar al dictador y no dijeron abiertamente que Franco era un bobo por creer que se podría hacer combustible con una fórmula que era 75% agua. Cuando el ministro Larraz se reía del asunto lo hacía solo para sus adentros. Nadie le dijo al Caudillo que iba desnudo. Hacía falta que llegara Carceller, un hombre lo suficientemente poderoso y lo suficientemente ajeno al engaño, para que alguien se atreviera a decirle a la cara que había sido víctima de un fraude. Esa es la paradoja del poder absoluto, que cuanto más se aísla uno y necesita de intermediarios de confianza para conocer la realidad del país, más se expone a los farsantes.

Outro

¿Qué te han parecido estas historias? ¿Han cambiado tu forma de ver a Franco? Puedes contármelo en los comentarios. Ahora bien, nos puede hacer gracia el asunto, pero si por algo debe ser criticado Franco no es por caer en estafas como un pardillo, sino por haber provocado la ruina y muerte de cientos de miles de españoles. Si te ha gustado como lo he contado, te pido que apoyes mi divulgación en Patreon o con una membresía de YouTube y así podrás obtener beneficios como acceso anticipado a todo mi contenido y votar temas de episodios. Este por ejemplo fue el segundo más votado en la última encuesta, y dentro de unos días publicaré el episodio del tema más votado. Muchas gracias por llegar hasta aquí y hasta la próxima.

Fuentes

Domínguez Arribas, Javier. “APIS: la red antimasónica que engañó a Franco (1937-1965).” La masonería española: represión y exilios, coordinado por J. A. Ferrer Benimeli, Gobierno de Aragón, 2011, pp. 97-107.

Domínguez Arribas, Javier. “Franco, víctima de imposturas.” Imposturas hispánicas: fraude y creación (siglos XVII-XXI), editado por Javier Domínguez Arribas y Cécile Fourrel de Frettes, Iberoamericana Editorial Vervuert, 2021, pp. 67-92.

Franco Salgado-Arujo, Francisco. Mis conversaciones privadas con Franco. Editorial Planeta, 2005.

Martín de Pisón, Ignacio. Filek. El estafador que engañó a Franco. Seix Barral, 2018.

Preston, Paul. El gran manipulador: la mentira cotidiana de Franco. Debate, 2022.

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