En los siglos XI y XII, los reinos cristianos medievales de España atrajeron miles de pobladores de otras partes de Europa. ¿Por qué vinieron? ¿En qué posiciones los encontramos? ¿Cómo fue su integración? ¿Qué huella dejaron? Respondo a eso y más en este vídeo.

¿Quiénes eran los francos?

Antes de entrar en materia, hay que aclarar algo: cuando en la España medieval se decía ‘franco’, no se hablaba necesariamente de alguien nacido en lo que hoy es Francia. Era una categoría mucho más amplia y bastante ambigua. Se usaba para referirse a cualquier extranjero europeo cristiano, y así es como la usaré yo, con lo que no hay que confundir a los francos de la época romana o posromana con estos otros. Alemanes, ingleses, italianos… todos podían recibir esa etiqueta. En Castilla no era raro llamar francos incluso a los catalanes hasta la Baja Edad Media.

Occitania en el 1030
Occitania en el 1030

Pero la inmensa mayoría, efectivamente, venían de Francia, y sobre todo del sur por su proximidad, de la gran región de Occitania, esto es, Narbona, Limoges, Montpellier, Gascuña, Béarn, Tolosa o Burdeos. Es exactamente lo mismo que pasó siglos después en Argentina, donde a todos los emigrantes españoles los llamaban “gallegos”, porque la mayoría venían de Galicia. Se tomó la parte por el todo. La palabra tenía además un segundo significado: franco también quería decir “libre”, es decir, una persona no sujeta a cargas señoriales y que disfrutaba de franquicias, de privilegios legales.

¿Por qué vinieron los francos a España?

Para entender esta migración hay que ponerse en situación. Estamos hablando fundamentalmente del período que va desde el último tercio del siglo XI hasta aproximadamente el año 1200. Es un periodo de gran movilidad, crecimiento demográfico y desarrollo económico en toda Europa, por las dinámicas internas del feudalismo. El Camino de Santiago, en un contexto de creciente religiosidad y de peregrinaciones, fue el mayor catalizador para que se intensificasen las relaciones entre las sociedades hispanas y las del resto de Europa.

Resulta imposible estimar con fiabilidad cuántos extranjeros se asentaron en España de una forma prolongada durante los siglos XI y XII, pero la cifra está en los cinco dígitos, con seguridad por encima de los 25.000 por las pocas cifras certeras dispersas que he encontrado en mi investigación. No me da la sensación de que fuera una migración tan numerosa como la bereber en al-Ándalus a finales del siglo X, pero no debió quedarse muy lejos.

Mención de clérigos venidos del norte de los Pirineos en Aragón y Pamplona, 970-1162, por Alexandre Giunta
Mención de clérigos venidos del norte de los Pirineos en Aragón y Pamplona, 970-1162, por Alexandre Giunta

Igual es exagerado llamarla una migración masiva, pero fue significativa cualitativamente por las transformaciones que generó en las sociedades cristianas ibéricas y porque los francos alcanzaron una sobrerrepresentación en la nobleza, el clero y en la burguesía de las ciudades. El grupo más numeroso de extranjeros fue el de artesanos y mercaderes, no la nobleza, como sostenía la historiografía tradicional. Hubo mujeres migrantes, que llegaban acompañadas de sus maridos o de otros familiares, pero la documentación conservada sugiere que en su mayoría eran varones jóvenes y solteros.

Los motivos para emigrar y asentarse en España variaban según la clase social. Los nobles buscaban ante todo riqueza. Desde la campaña de Barbastro de 1064, que ya traté en un vídeo, muchos caballeros extrapeninsulares participaron en la conquista de al-Ándalus. Fueron decisivos en acciones como la conquista de Lisboa, Tortosa, Huesca o Zaragoza. Sin embargo, por lo general, estos guerreros solo se desplazaban a España para volver a casa con botín y gloria. Los que acudían con un contingente mayor podían llegar a obtener feudos para gobernar ciudades, castillos y distritos a cambio de sus servicios militares.

Duques o condes francos solían movilizarse porque tenían un lazo matrimonial o conexión familiar con un rey hispánico, y a su vez llamaban a parientes y vasallos suyos para la guerra. Había también un factor estructural importantísimo: el sistema de herencia. En muchas familias de Europa occidental, el primogénito lo heredaba todo y los hijos menores quedaban excluidos. Esos segundones necesitaban labrarse un futuro en otro lugar, y la ideología de cruzada les proporcionaba además un argumento moral y espiritual para el viaje.

Los clérigos respondían principalmente a motivaciones ideológicas e institucionales. El papado reformado del siglo XI tenía un proyecto claro de transformación de la Iglesia en toda la cristiandad, y España era un terreno prioritario donde implementar esas reformas. Además, los clérigos extranjeros podían alcanzar posiciones de poder muy difíciles de conseguir en casa. Los artesanos, comerciantes y demás gente de negocios venían por las oportunidades económicas, y eran varios los factores que las creaban.

Camino de Santiago y Camino francés, por José María Monsalvo Antón
Camino de Santiago y Camino francés, por José María Monsalvo Antón

El Camino de Santiago, popularizado en esta época, generaba una demanda constante de servicios. Los fueros municipales ofrecían privilegios legales que en otros lugares eran prácticamente imposibles de conseguir, incluyendo la libertad personal para quienes en sus tierras de origen eran siervos. Y la expulsión de los musulmanes de ciudades recién conquistadas dejaba un enorme vacío demográfico y económico que llenar. Encontramos a los francos en profesiones muy diversas, siendo canteros, horneros, carniceros, tejedores, herreros, orfebres, zapateros, panaderos, médicos, molineros, comerciantes o acuñadores y cambistas de monedas.

Habrás notado que no he mencionado a campesinos, y no es por error. No hubo una colonización masiva del campo, como sí hicieron los alemanes en el centro y este de Europa, y, de hecho, todo apunta a que la presencia de extranjeros en el campo fue testimonial, cuando no directamente inexistente. Si lo piensas, es muy lógico. ¿Por qué iban a irse de su país para vivir como campesinos siervos en condiciones que podían ser muy duras según la región? Para eso no hacía falta emigrar.

La colonización franca fue urbana, en ciudades y pueblos de una cierta entidad. Los extranjeros urbanitas podían comprar propiedades agrícolas para invertir los capitales que acumulaban, pero no se dedicaban a labrar esas tierras. También hicieron subir el precio del suelo urbano y periurbano, para que veas que la gentrificación no es algo nuevo. Además, los francos no se dispersaban aleatoriamente, sino que se instalaban en ciudades y barrios específicos donde ya había compatriotas para facilitar su llegada y amortiguar el choque cultural de un país extraño.

He explicado qué motivaba a los extranjeros a venir a los reinos cristianos ibéricos de los siglos XI y XII, pero ¿quiénes estaban interesados en abrirles las puertas? Habría distintos actores, pero los más fáciles de analizar son los reyes. Desde la desintegración del Califato de Córdoba, los cristianos gozaban de la superioridad militar, pero necesitaban más brazos, fuera para acciones militares puntuales o para colonizar.

Querían crear y potenciar ciudades que dependieran directamente de la monarquía y que ofrecieran actividades económicas especializadas que no se podían encontrar en el campo dominado por otros señores feudales. Por ejemplo, al potenciar Estella, el rey Sancho Ramírez modificó el viejo itinerario jacobeo que pasaba por unos dominios propiedad del monasterio de San Juan de la Peña. Era una manera de reforzar el poder político y económico de la monarquía. Y si hablamos de nobles y clérigos extranjeros, estos debían todo al rey, de manera que este ganaba vasallos más fieles.

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La Iglesia hispana, tutelada por extranjeros

Ahora que tenemos una visión general, vayamos a lo específico. En el contexto de la reforma papal, que ya expliqué en la serie cronológica de La Historia de España, desde Roma se presionó para hacer sentir su autoridad en la Península y aplicar el programa de reforma del clero y de la liturgia, como se estaba haciendo en el resto de la Europa latina. Los reyes no aceptaron todo y hubo negociaciones y tiras y aflojas, pero cedieron a algunas demandas de la Santa Sede.

Igual que Francia e Inglaterra recibieron clérigos italianos para extender la reforma, España recibió clérigos franceses. Bernardo de Sedirac es el caso más paradigmático. Reformó la abadía de Sahagún, la más importante de León, y con el apoyo del papa Urbano II fue el primer arzobispo nombrado para Toledo tras su conquista. Estamos hablando de la sede episcopal de la antigua sede regia visigoda, la más simbólica para el relato de la Reconquista, que estuvo ocupada por francos durante casi un siglo.

Obispos (negro) y abades (azul) procedentes de más allá de los Pirineos en los reinos de Aragón y Pamplona, por Alexandre Giunta
Obispos (negro) y abades (azul) procedentes de más allá de los Pirineos en los reinos de Aragón y Pamplona, por Alexandre Giunta

Desde Toledo, Bernardo colocó metódicamente a otros franceses en sedes episcopales como Braga, Osma, Sigüenza, Santiago de Compostela, Salamanca o la Valencia del Cid. Encontramos obispos y abades extranjeros al frente de literalmente todos los monasterios y diócesis relevantes de Aragón y Navarra durante buena parte de los siglos XI y XII. Y no eran solo los altos jerarcas: trajeron consigo a miles de canónigos y monjes de su país, con lo que no es exagerado afirmar que la Iglesia hispana estuvo tutelada por extranjeros durante varias décadas.

Ya que franco puede ser un gentilicio ambiguo, no puedo abstenerme de comentar que, desde el reinado de Sancho el Mayor y hasta el siglo XIII, vemos a obispos de origen catalán al frente de Palencia casi de forma ininterrumpida. Y no solo eran los clérigos, sino que había una gran proporción de vecinos catalanes, como también hubo comunidades significativas en Valladolid y Huesca por motivos políticos, unos por los lazos del conde de Urgel, otros por la unión de Barcelona y Aragón. Aun así, no creo que hubiera mucha migración catalana en otras partes de la Península, pues ya fue suficiente reto colonizar la Cataluña Nueva.

Las altas cotas de poder de la nobleza franca

Por otra parte, la nobleza franca alcanzó en algunos momentos cotas de poder verdaderamente extraordinarias. Raimundo de Borgoña es un buen ejemplo de ello. Llegó a gobernar Galicia y contrajo matrimonio con Urraca, hija y heredera de Alfonso VI. De esa unión nació el rey Alfonso VII, con lo que el borgoñón que llegó en busca de fortuna fundó la línea masculina que gobernaría los reinos de León y Castilla durante generaciones. Además, su pariente Enrique de Borgoña recibió el condado de Portugal y fue el padre del primer rey portugués.

Pero es con Alfonso I de Aragón y Pamplona donde el fenómeno alcanza su cénit. Según el historiador Juan Fernando Utrilla, Alfonso entregó a una docena de personajes de origen extranjero nada menos que un tercio de todas las honores disponibles del reino: treinta y cinco distritos a gobernar, incluyendo las ciudades más importantes, Zaragoza, Huesca, Tudela y Calatayud. En ningún otro momento la nobleza extranjera alcanzó tal nivel de poder.

Honores en manos de nobles nativos (negro) y de nobles extranjeros (rojo) bajo el reinado de Alfonso I el Batallador, por Alexandre Giunta
Honores en manos de nobles nativos (negro) y de nobles extranjeros (rojo) bajo el reinado de Alfonso I el Batallador, por Alexandre Giunta

El personaje más poderoso fue el vizconde Gastón IV de Béarn. Recibió los feudos de Huesca y Uncastillo y también el de Zaragoza, por el rol decisivo que tuvo en su conquista. Lo cierto es que Béarn y Bigorra, en el sur de Francia, estaban más vinculados a Aragón que a Francia desde el siglo XI, y es que la frontera pirenaica podía ser muy porosa. Hubo otros, como Beltrán de Risnel, natural de Champaña, que fue nombrado conde de Logroño y de Carrión de los Condes, la antigua plaza fuerte de los Banu Gómez.

El conde normando Rotrou de Perche fue decisivo en la conquista de Tudela, que recibió en feudo, y probablemente luchó a su lado el también normando Robert Bordet, que fue nombrado príncipe de Tarragona para defender los intereses del episcopado barcelonés, si bien fracasó en el proyecto colonizador.

¿Cómo detectamos a los francos?

No lo había dicho hasta ahora para no aburrir con cuestiones de metodología, pero la herramienta principal para rastrear a los francos es la antroponimia: el estudio sistemático de los nombres propios, apodos y apellidos en la documentación medieval. No es un método infalible, pero sí suficientemente preciso, porque cada región de Europa tenía sus nombres característicos y podemos detectar si uno no pertenece al repertorio local.

En el norte altomedieval eran comunes nombres como Fortún, Galindo, García, Sancho, Urraca. Los occitanos traían consigo nombres como Bernardo, Ramón, Berenguer, Ponce, Guillermo, Gerardo, Beltrán o Arnau, que en los documentos castellanos o aragoneses del siglo XI destacan como una nota disonante. Los nombres dobles del tipo Pedro Guillermo eran además característicos de la onomástica occitana y catalana. Ese, por cierto, es un problema que tenemos, pues resulta más difícil estudiar la migración ultrapirenaica en Cataluña porque ya tenían los mismos nombres.

El tema de la migración franca donde está mejor estudiado es en Aragón y Navarra. Otra dificultad es que, con el paso del tiempo, el análisis antroponímico es menos fiable, porque los locales fueron adoptando nombres antes extranjeros, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XII. Por eso cuando sabemos con certeza que se habla de un extranjero en la documentación es cuando se especifica en su apellido su ciudad o región de origen, como cuando se dice Raúl de Marsella o Beatriz de Béarn, por ejemplo.

Y no puedo resistirme a mencionar que en la documentación del monasterio de San Salvador de Oña se detecta un don Porcet en 1161. Era común tratar a los extranjeros con ese don para indicar respeto, y el nombre Porcet es gascón, del suroeste de Francia. De ahí deriva el apellido catalán Porcell, que es el segundo apellido de mi padre, por lo que algún antepasado debo tener de allí.

Los francos en las ciudades

Volviendo a lo importante, el Camino de Santiago, en su época dorada en los siglos XI y XII, fue la gran arteria de comunicación entre España y el resto de Europa. Por la ruta jacobea circulaban personas, ideas, dinero, modas artísticas y culturales en ambas direcciones. La demanda que generaban los peregrinos fue el gran motor económico que atrajo a los inmigrantes europeos. A lo largo del camino surgieron nuevos burgos, nuevas iglesias, nuevas ferias. En todos esos núcleos urbanos encontramos referencias a calles de francos o burgos de francos.

Los reyes lo entendieron perfectamente y actuaron en consecuencia. Alfonso VI de León suprimió el peaje que gravaba las mercancías que pasaban por las puertas de Galicia, reparó y construyó puentes a lo largo del camino francés, y protagonizó iniciativas para reforzar la red de hospitales y albergues para los viajeros. Él mismo se casó tres veces con mujeres francesas. La política de apertura era total, y lo mismo hizo su contemporáneo Sancho Ramírez de Aragón y Pamplona.

En consecuencia, encontramos extranjeros en todas las ciudades de los reinos cristianos. Detectamos comunidades francas significativas en Coímbra, Aguilar del Campoo, Sahagún, Salamanca, Ávila, Segovia, Toledo, o en Zamora, que tras haber quedado arruinada por las campañas de Almanzor fue poblada principalmente por franceses bajo el liderazgo de Raimundo de Borgoña. También destaca la presencia franca en ciudades con mucha vocación al mar, como Avilés o San Sebastián.

Pero luego tenemos unos datos numéricos dispersos, aquí y allá, que resultan muy sorprendentes y permiten hacernos una idea de la magnitud de la migración. En Burgos, capital de Castilla y lugar de paso de peregrinos, casi la mitad de los hombres burgaleses registrados entre 1175 y 1200 eran francos. En Villafranca del Bierzo, en 1188, en un juicio con 85 testigos, la mitad llevaban nombres francos. De 400 nombres documentados en Huesca entre 1096 y 1150, el 40% eran occitanos, que fueron llegando paulatinamente tras la conquista.

Número estimado de francos asentados en la ciudad de Huesca entre 1096 y 1160, por Alexandre Giunta
Número estimado de francos asentados en la ciudad de Huesca entre 1096 y 1160, por Alexandre Giunta

Hacia el 1200 el 30% de nombres del censo de Santo Domingo de la Calzada eran extranjeros. León, que en el siglo XI apenas tenía población foránea, contaba con al menos un 20% de población extranjera en el siglo XII, el mismo porcentaje que observamos en Oviedo. Irónicamente, pocos extranjeros se asentaron en Galicia pese a ser el final de la ruta jacobea, y por ejemplo en Lugo se estima que un 15% de la población era franca.

Uno de los casos mejor estudiados es el de Jaca, sede regia aragonesa antes de las conquistas de Huesca y Zaragoza, donde en 1137 nos encontramos con que, ojo, entre un 65 y un 79% de su población masculina eran extranjera, la mayoría de Occitana. Esta cifra tan elevada tiene una explicación: en 1077, Sancho Ramírez promovió el fuero de Jaca, con el que concedió privilegios atractivos como la libertad personal y la compra de propiedades libres de cargas señoriales. Además, Jaca está conectada al puerto de Somport, el paso más accesible entre Francia y Aragón para hacer la ruta jacobea, con lo que era natural atraer población.

El éxito fue tal que el castro evolucionó en una pequeña ciudad con barrios extramuros, y el fuero sirvió de modelo para muchas otras poblaciones. Una de esas fue el municipio navarro de Estella, cuyo fuero especificaba que solo permitía el asentamiento de francos, mientras que los navarros necesitaban el consentimiento de los vecinos y del rey para residir allí. No fue el único caso de población habitada durante muchos años en su práctica totalidad por extranjeros, pues el fuero de la toledana Illescas estipulaba que solo los gascones podían tener heredades allí y que jueces y alcaldes debían ser de ese origen.

Tensiones, conflictos y asimilación

La otra cara de la moneda de esta historia es que la coexistencia entre francos y nativos generó tensiones. Además de por xenofobia, las desigualdades jurídicas y la competencia por unos mismos puestos de poder y oficios irritaban profundamente a muchos locales. Por ejemplo, el clero autóctono vio con hostilidad que extranjeros prácticamente monopolizasen durante décadas la alta jerarquía eclesiástica hispana.

Es normal, pues aparte de negarles posibilidades de ascenso social, literalmente venían a cambiarles sus costumbres, y lo consiguieron. El rito hispanogodo de una figura admirada como Isidoro de Sevilla fue sustituido por la liturgia romana, y la escritura visigótica fue reemplazada por la letra carolina, mucho más fácil de leer, para mediados del siglo XII. En Aragón, el hecho de que nobles extranjeros copasen las honores cambió de la noche a la mañana.

Referencias de nobles ultrapirenaicos en la documentación del Reino de Aragón, 970-1162, por Alexandre Giunta. En rojo las dudosas
Referencias de nobles ultrapirenaicos en la documentación del Reino de Aragón, 970-1162, por Alexandre Giunta. En rojo las dudosas

En 1134, en la batalla de Fraga, Alfonso el Batallador sufrió una derrota catastrófica contra los almorávides y murió poco después. Los caballeros francos se llevaron la peor parte. Esas circunstancias y el inicio de un conflicto sucesorio fueron una ventana de oportunidad para los barones aragoneses, que dieron un golpe en la mesa y exigieron que el rey no pudiera conceder feudos a hombres venidos de otras tierras.

Para ellos, el reinado de Alfonso había sido un paréntesis que mejor olvidar. La migración franca, en especial nobiliaria, pegó un bajonazo en Aragón tras estos hechos, y al producirse la unión con Barcelona el Reino de Aragón giró su mirada hacia el Mediterráneo y el sur de la Península en vez de hacia sus vecinos transpirenaicos.

En algunas ciudades, los locales veían cómo llegaban extranjeros que se instalaban en barrios propios segregados, gozaban de privilegios legales de los que ellos carecían, controlaban ciertas actividades económicas y, encima, dominaban el idioma de los peregrinos, lo que les dejaba prácticamente todo el negocio del Camino. Los francos de San Cernin en Pamplona, por ejemplo, tenían el monopolio en la venta de pan y vino a los peregrinos. Es decir, se creaba toda una industria turística por el Camino de Santiago que en algunos casos estaba controlada por extranjeros que atendían a otros extranjeros, sin que los nativos se beneficiasen en modo alguno.

La desconfianza y la hostilidad podían ser mutuos. La guía del peregrino del Liber Sancti Iacobi refleja cómo los viajeros franceses sentían que los nativos les eran hostiles y los timaban, especialmente los vascos y navarros. Sí, las trampas para turistas guiris y los robos de cartera en las Ramblas de Barcelona no son una innovación de nuestro tiempo. Los residentes foráneos formaron comunidades cerradas y solidarias entre sí. Donde la segregación legal y social se mantuvo durante más tiempo fue en el Reino de Navarra, y allí fue también donde los conflictos fueron más graves.

Burgos de Pamplona en el siglo XV
Burgos de Pamplona en el siglo XV

En Pamplona, la ciudad estaba dividida en tres barrios con sus propias murallas: el burgo de San Cernin, poblado por francos; el burgo de San Nicolás, con población mixta; y la Navarrería, el núcleo más antiguo, poblado por clérigos y campesinos navarros sin los privilegios de los otros. Esta segregación persistió durante tanto tiempo que en 1276 estalló la guerra de la Navarrería, un conflicto armado entre los distintos barrios de la ciudad, por diferencias jurídicas más que étnicas.

En los reinos de León, Castilla y Aragón la integración fue bastante más fluida. Pese a que hubo algunas excepciones, por lo general los extranjeros no gozaron de una personalidad jurídica tan diferenciada respecto a los locales. En Belorado, en Sahagún o en Toledo había un juez para los francos y otro para los locales, pero todos formaban parte del mismo concejo. Esa menor separación formal facilitó una asimilación más rápida y sin los conflictos políticos que vemos en Navarra.

El idioma jugó un papel importante en este proceso. Los francos de Aragón o Castilla hablaban lenguas romances relativamente próximas a las variedades locales, lo que facilitaba la comunicación y aceleró la integración, aunque en 1238 las ordenanzas municipales de Jaca todavía se redactaban en gascón. En cambio, en Navarra la distancia lingüística entre el occitano de muchos francos y el euskera de buena parte de la población era enorme, lo que contribuyó a mantener las comunidades más separadas durante más tiempo.

Con el paso de las décadas, el proceso de asimilación fue imparable. El estatus privilegiado de ‘franco’ fue perdiendo su contenido étnico para convertirse en una condición jurídica que podía tener cualquier vecino de determinadas ciudades. Para el siglo XIII, el flujo migratorio europeo había disminuido mucho, y las identidades étnicas y culturales específicas de los francos se habían disuelto en las sociedades locales. Sus nietos ya eran castellanos, aragoneses o leoneses.

Las huellas del legado franco en España

Para finalizar, vale la pena repasar las huellas de la ola migratoria franca de los siglos XI y XII, que se puede observar en múltiples ámbitos: en las ciudades, la economía, el arte, la lengua, la religión y la antroponimia. Los francos crearon, prácticamente desde cero, una clase artesanal y mercantil especializada en los reinos del norte peninsular. La combinación de sus actividades, las parias que llegaban de las taifas y el desarrollo del comercio por el Camino impulsó la primera monetización de la economía de los reinos cristianos.

Desarrollaron ferias y mercados. Por obra suya o por la demanda que generaban los peregrinos se construyeron iglesias, monasterios, puentes, hospitales y posadas. Los extranjeros fueron decisivos para el desarrollo de ciudades. Los trazados urbanísticos ortogonales o regulares de poblaciones como Jaca, el burgo pamplonés de San Cernin o Santo Domingo de la Calzada se pueden atribuir a maestros francos. Arquitectos, escultores y pintores de Francia o Lombardía contribuyeron al desarrollo del arte románico ibérico.

En la lengua, introdujeron vocabulario nuevo, en especial relacionado con actividades artesanales. El propio gentilicio ‘español’ vino de Occitania por esta época, como ya vimos en el episodio en el que expliqué desde cuándo existen los españoles. Fomentaron la escritura en romance y pudieron contribuir a procesos de nivelación lingüística, es decir, a que las distintas variantes dialectales del romance en España fueran acercándose entre sí.

Los franceses provocaron que en el siglo XII hubiera una tendencia a la apócope en los romances ibéricos, es decir, a suprimir sonidos vocales al final de la palabra, en especial la e, como cort en vez de corte o mont en vez de monte. Sin embargo, como existían las dos formas y la inmigración gala fue en declive al mismo tiempo que se asimilaban, esos cambios no terminaron de arraigar en el castellano. Además de las ciudades, quizás la transformación estructural más significativa y duradera que trajeron los francos fue en la Iglesia.

La colonización francesa de las sedes episcopales de León, Castilla, Navarra y Aragón fue decisiva en la asimilación de la Iglesia hispana a la Iglesia católica reformada que salía fortalecida del siglo XI. Impusieron el rito romano y propagaron la letra carolina y órdenes religiosas como Cluny y Císter. Además, influyeron en la mayor radicalización contra los musulmanes por la ideología cruzada y trajeron devociones de santos populares en Francia, como san Martín de Tours, san Nicolás o san Saturnino.

La llegada de francos fue paralela a lo que los historiadores llaman la revolución antroponímica: la sustitución de los nombres únicos de origen romano, germánico o de difícil adscripción por nombres frecuentemente bíblicos y comunes en toda la cristiandad, además de apellidos. Nombres como Martín, Pedro, Ramón o Juan se fueron extendiendo hasta generalizarse. Y, por supuesto, esos francos también dejaron una huella genética y todos los españoles, en mayor o menor medida, tenemos ancestros de más allá de los Pirineos. En definitiva, la inmigración franca enriqueció la vida económica, urbana, social y cultural de la España medieval.

Outro

¿Te imaginabas que hubo ciudades con una mayoría de población foránea? ¿Eras conocedor del poder que alcanzaron extranjeros en la Iglesia y gobierno secular de la España medieval? Cuéntamelo en los comentarios y, si esta historia te ha gustado y sorprendido, por favor dale a me gusta y compártela. Recuerda que puedes hacerte mecenas en Patreon y suscribirte o unirte al Discord, WhatsApp o Telegram para no perderte mis nuevos vídeos. ¡Gracias por tu atención y hasta la próxima!

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