“Mis años en África vienen a mí con indudable fuerza. Allí nació la posibilidad de rescate de la España grande. Allí se fundó el ideal que hoy nos rinde. Sin África, yo apenas puedo explicarme a mí mismo, ni me explico cumplidamente a mis compañeros de armas.” Francisco Franco reconocía cuán decisivas fueron las campañas en Marruecos para él y para otros militares golpistas.
Allí se normalizó la violencia desenfrenada y se aprendió a gobernar de forma autoritaria, sin prensa libre ni control civil. Allí se consolidó una generación de militares convencidos de que solo ellos representaban las esencias de la nación española. Soy David Cot, presentador de Memorias Hispánicas, y hoy traigo uno de los mejores y más importantes episodios del programa, en el que descubriremos cómo el Marruecos español fue el laboratorio del fascismo que estaba a punto de devorar la Península. Te prometo que, si me acompañas hasta el final, cambiará por completo tu forma de entender la guerra civil española y el mundo en que vivimos.
- El trauma de 1898
- La fractura de 1909
- Nace el africanismo español
- Annual y la brutalización del colonialismo español
- Primo de Rivera y la operación para salvar a la monarquía
- La República española, un Estado colonial
- El ensayo: la represión de la Revolución de Asturias y la extranjerización de los rojos
- El bumerán imperial regresa: la guerra civil española
- Por qué debes ser antiimperialista
- Outro
- Fuentes
El trauma de 1898
Para entender cómo colonizar Marruecos se volvió contra los españoles debemos retrotraernos a 1898. En ese año España perdió la categoría de imperio a ojos del mundo. El conocido como desastre del 98 supuso la pérdida de la mayoría de los territorios coloniales del Reino de España y su cesión a Estados Unidos. En una época donde la grandeza y el prestigio se medían en kilómetros cuadrados, aquello fue una confesión pública de debilidad.
Para la sociedad civil fue un golpe duro, pero para el Ejército fue devastador. Los militares no solo sufrieron una derrota humillante y el señalamiento de la opinión pública, sino que vieron desaparecer sus oportunidades de gloria y ascensos. Mientras intelectuales pedían reformas profundas en educación o industria para desarrollar el país, en buena parte del estamento militar empezó a germinar otra idea: España no necesitaba introspección, necesitaba recuperar su orgullo.
Y, según ellos, el orgullo se recuperaba con victorias. Poco después se presentó la clase de oportunidad que estaban esperando. A finales del siglo XIX, las potencias europeas se lanzaron a una carrera imperial donde la racionalidad económica fue sustituida por la lógica competitiva de cuantas más colonias mejor. Las posesiones de ultramar, pese a que en su mayoría eran deficitarias para los Estados, servían para reafirmar la fuerza militar y beneficiar a las élites capitalistas.
En ese contexto, Marruecos aparecía como el bálsamo para sanar el orgullo herido. Lo irónico es que la oportunidad fue brindada por las dos potencias que más odiarían los golpistas del 36, Francia y Reino Unido. Londres no quería a los franceses frente a Gibraltar para proteger su ruta hacia la India. Por ello, en 1904, ambos países pactaron arrastrar a España al reparto de Marruecos.

Se hablaba de un régimen de protectorado con la misión de proteger la autoridad del sultán, pero en realidad se le estaba suplantando. Francia se quedó con las tierras más ricas y fértiles, mientras que dejaba para España la zona del Ifni, que por su irrelevancia no fue ocupada hasta 1934, y el marrón de un territorio dominado por las montañas del Rif, que contaba con unos 750.000 habitantes y estaba habitado por tribus bereberes muy fragmentadas.
Hubo políticos del régimen de la Restauración borbónica que se mostraron preocupados por los costes y riesgos de la colonización del norte de Marruecos, pero la cosa siguió adelante con el apoyo de un joven rey deseoso de ser recordado por glorias coloniales. De esta manera, un contexto internacional colonialista, las presiones de Francia y Reino Unido, los intereses empresariales en la explotación de minas marroquíes y el deseo de los militares y los nacionalistas españoles de recuperar el prestigio imperial de España condujeron a la guerra colonial de Marruecos.
La fractura de 1909
Si 1898 fue el trauma, 1909 fue la primera gran fractura social. Capitalistas franceses y españoles como el conde de Romanones y la familia Güell compraron a un líder tribal importante derechos de explotación de minas. La concesión incluía construir un ferrocarril para conectar el poblado minero de San Juan de las Minas con Melilla. Sin embargo, la mayoría de las cabilas de la zona rechazaban el trato y protagonizaron un alzamiento. Así empezó la campaña o guerra de Melilla.
Marruecos dejó de ser una empresa lejana, casi abstracta, cuando el gobierno español, presionado por los propietarios de minas, decidió movilizar a soldados de leva y reservistas para la campaña. Los llamados a filas no eran aristócratas ni hijos de la burguesía. Eran obreros y campesinos enviados a una guerra en beneficio de las élites económicas. La ley permitía pagar una cuota para librarse del servicio, mientras quienes no tenían dinero embarcaban para África.
En Barcelona, ciudad industrial que era bastión del anarquismo y del nacionalismo catalán, la indignación se transformó en huelga revolucionaria. Se levantaron barricadas y el Ejército fue desplegado para sofocar la revuelta, hoy conocida como Semana Trágica. Pero lo más importante de este hecho concreto es la fractura social que dejaba al descubierto.
Mientras que para los militares profesionales Marruecos representaba una vía de regeneración nacional, para buena parte de la sociedad española era una guerra inútil que pagaban los pobres con su sangre. La fractura entre sociedad civil y Ejército que se observaba con claridad desde 1898 no hizo más que ensancharse en 1909. El Ejército español del primer tercio del siglo XX era notablemente distinto al de otros países europeos.

Los militares profesionales constituían una casta apartada del resto de la sociedad y erigida como una élite que menospreciaba al pueblo llano. Desde la primera guerra carlista los militares habían tenido un papel de suma importancia en la vida política española, por la amenaza o consumación de golpes de Estado. Un buen ejemplo de ello fueron las presiones con las que consiguieron la aprobación de la Ley de Jurisdicciones de 1906, bajo la cual civiles podían ser juzgados por tribunales militares por delitos considerados contrarios a la patria y al Ejército, una iniciativa para tratar de acallar críticas.
Y es que los militares se sentían minusvalorados, sin el apoyo político ni el reconocimiento social que creían que merecían por sus sacrificios. La gente los veía con indiferencia cuando lograban victorias y conquistas, y los criticaba duramente cuando sufrían derrotas. Políticos y trabajadores señalaban a los militares por su ineptitud, cobardía y corrupción, mientras que los militares les echaban en cara la falta de medios materiales y la errática política colonial, con la que daban tumbos según quién gobernara en cada momento o según el estado de una opinión pública muy voluble.
Pero era difícil ser trabajador y apreciar a los militares, porque en una época que había pocos policías los gobiernos recurrían con frecuencia al Ejército para reprimir protestas. Además, el servicio militar obligatorio fue una experiencia politizadora para muchos españoles, en especial para aquellos que sirvieron en Marruecos. Unos se radicalizaron hacia la derecha españolista, mientras que otros se hicieron anarquistas, socialistas o republicanos. La guerra de Marruecos y las vivencias de los que hacían la mili fueron las mayores escuelas de antimilitarismo.
Por su parte, los militares profesionales se sentían parte de las clases dominantes y los defensores en última instancia del Estado español, que veían amenazado por el auge del movimiento obrero, el antimilitarismo y los nacionalismos periféricos. Francisco Franco o Juan Yagüe, entonces simples cadetes de la Academia Militar de Toledo, adoctrinados en el autoritarismo, militarismo y españolismo exaltados, ya tenían tantas ganas de someter y matar a izquierdistas o a catalanistas como a moros, todos vistos como traidores o enemigos de España. No lo pudieron hacer entonces, pero lo conseguirían treinta años después.
Nace el africanismo español
Marruecos también fracturó al propio Ejército, dividiéndolo entre la cultura de los militares metropolitanos, que por lo general se pasaban el día en oficinas o desfilando, y los militares coloniales. Hubo conflictos sobre todo entre los metropolitanos y los africanistas por el tema de los ascensos por méritos de guerra, que permitía que los últimos pudieran progresar más rápidamente en el escalafón militar. ¿Pero quiénes eran esos militares que llamamos africanistas?
Ha sido un término que ha dado lugar a confusión, pero por africanista se entiende una facción del Ejército español compuesta por oficiales ambiciosos que servían con ganas en Marruecos, Ceuta y Melilla, y estaban dispuestos a dejar un rastro de cadáveres marroquíes, rifeños y españoles para conseguir ascensos rápidos. Los africanistas compartían autoritarismo en sus formas. En muchos casos eran rabiosamente antidemócratas, pues veían los debates y negociaciones como síntomas de debilidad, y eran antiintelectuales con un nivel cultural muy escaso.

Eran los más exaltados españolistas y militaristas, los más obsesionados con la jerarquía y el culto al jefe, los más elitistas que odiaban a los campesinos y obreros españoles y despreciaban a los militares chupatintas de la metrópoli. Todos los africanistas creían que Marruecos podía devolver a España su vocación expansionista, que en su visión muy a favor del imperialismo significaba acrecentar la gloria de la patria y servir para regenerar una nación supuestamente decadente.
No sería hasta la Segunda Guerra Mundial que los sueños húmedos imperiales de Franco y otros africanistas como él se dieron de bruces con la realidad, como vimos en el episodio de por qué España no participó oficialmente en esa guerra. En lo militar se lo tenían muy creído. Pensaban que su empresa colonial de Marruecos era muy trascendente y en libros hagiográficos e informes internos presentaban como épicas y decisivas batallas las escaramuzas que predominaban en África, algo sintomático de la egolatría y autoglorificación de los africanistas.
Conviene esclarecer que no todos los africanistas se unieron al bando sublevado, los hubo republicanos también, como José Riquelme, Ignacio Hidalgo de Cisneros o Alberto Bayo, que mantuvieron la tendencia al caudillismo y al autoritarismo aprendida en África. Muchos africanistas tenían padres militares y habían nacido o crecido en una colonia española, generalmente Cuba. Entre eso y sus prolongados tiempos destinados en el norte de África no sorprende que desarrollaran una cultura de expatriados separada de los españoles peninsulares.
Algunos reconocían que se sentían extranjeros en España, y no entendían ni aceptaban la dirección en la que estaba yendo la sociedad española con el auge del republicanismo laico, los sindicatos o el pacifismo. En reacción a esos cambios, los africanistas creían que solo el Ejército preservaba los “verdaderos” valores nacionales. Se creían superiores al resto de españoles, los únicos poseedores de la verdad y los únicos patriotas, como admitió años más tarde el general Kindelán.
En definitiva, eran hombres con una crisis de identidad tremenda, a los que se les llenaba la boca hablando de su amor y sacrificio por España, pero que no querían la sociedad española tal y como era, sino solo su fantasía sobre cómo debería ser. Y si ya has aprendido algo nuevo en este episodio, por favor dale a me gusta en YouTube y suscríbete al canal o a los dos pódcasts, La Historia de España-Memorias Hispánicas. Además, dándole a la campanita o uniéndote al Discord, WhatsApp o Telegram podrás estar al tanto de todo lo que publique.
Dicho esto, ¿cómo fue posible que se desarrollase la cultura militar africanista? Yo citaría tres factores: el embrutecimiento del alma propio de los que combaten en guerras y son colonos, la forma de gobierno del norte de África español y la formación de dos cuerpos militares específicamente coloniales, los Regulares y la Legión. En Marruecos los africanistas aprendieron a ser insensibles y a ejercer una violencia brutal para satisfacer sus ansias de gloria y ascenso personal.
Hidalgo de Cisneros, quien fue jefe de la Aviación republicana durante la guerra civil, escribió de forma muy honesta sobre su participación en bombardeos químicos contra los rifeños: “Tengo que confesar que ni por un instante se me ocurrió pensar que la misión que me habían encomendado fuese una canallada o un crimen; también debo decir que no recuerdo haber tenido el menor remordimiento por lo que hacía. Es increíble la naturalidad con que pueden hacerse las mayores barbaridades cuando se tiene una cierta mentalidad.”
Esa “cierta mentalidad” no era otra que la común en todos los regímenes coloniales, la de ver a los colonizados como una raza inferior, y además los moros tenían la peculiaridad de ser vistos como enemigos naturales de los españoles desde tiempos inmemoriales. Por otro lado, Ceuta, Melilla y el Protectorado de Marruecos eran feudos de los militares africanistas que gobernaban con autonomía casi ilimitada y de forma autoritaria, tanto dominando a los españoles como a los marroquíes.
Los civiles tenían poco poder. La prensa y las actividades de partidos y sindicatos estaban muy controladas. La economía estaba supeditada a las necesidades del Ejército. La corrupción no se investigaba. La autoridad no se discutía, se imponía. El Alto Comisario era un dictadorcillo, porque en las colonias se aplicaba la doctrina de la unidad de mando, que considera que en tales territorios no es posible ni recomendable la división de poderes.
Las decisiones se ejecutaban sin parlamentar, ni negociar, y sin el ruido de la protesta callejera. Era común que oficiales dieran una paliza o mandasen ejecutar a subordinados indisciplinados sin celebrar un consejo de guerra como exigía el Código de Justicia Militar. Todas esas experiencias cotidianas moldearon una cultura política específica. Los africanistas se malacostumbraron a vivir en un territorio donde eran obedecidos y se sentían tan respetados como impunes. Así es como querían sentirse en España.

El tercer factor que mencioné fueron los Regulares y la Legión. España copió mucho el modelo colonial francés, por ejemplo, con el uso de interventores indígenas que actuaban de intermediarios entre la administración colonial y las cabilas o la formación de unidades irregulares, las harcas, que se disolvían cuando terminaban con sus razias. En 1909 crearon la policía indígena, famosa por sus criminales abusos de poder, y en 1911 las Fuerzas Regulares Indígenas.
Regulares estaba compuesto principalmente por marroquíes cipayos al servicio de España, pero muchos de sus oficiales fueron españoles que más tarde fueron golpistas. La opinión pública apoyó su creación con la esperanza de que sirvieran para minimizar las bajas de los soldados de leva españoles. No podían imaginarse que los colonizados fueran a emplearse contra la nación colonizadora.
Por su parte, la Legión era una fuerza formada exclusivamente por militares profesionales que nació con una ideología netamente fascista. La Legión inculcaba a sus soldados la exaltación y banalización de la muerte, la obediencia absoluta al mando, el irracionalismo y antiintelectualismo, el nacionalismo español extremo y una cultura autoritaria, machista y putera. Los legionarios rendían culto a su fundador, Millán Astray, al que llamaban Caudillo, como luego sería conocido Franco.
Junto a los regulares, fueron usados como fuerza de choque, y en su forma de proceder primaban la agresividad y el demostrar cojones para ver quién era más macho que el usar la cabeza. En sus himnos y en su liturgia interna se glorificaba el combate como redención personal y nacional. La disciplina era extrema y las desobediencias se castigaban con dureza.
Muchos legionarios tenían pasados turbulentos o criminales, lo que reforzaba la idea fascista de que la guerra podía redimir incluso a los considerados despojos humanos. Si la Legión podía transformar individuos marginales en soldados ejemplares mediante una disciplina de hierro, ¿por qué no aplicar esa misma lógica a la nación entera? Eso es lo que pensaban los africanistas, que debían legionizar España.
Annual y la brutalización del colonialismo español
Pero en verano de 1921 todo parecía venirse abajo. Tras una operación tan ambiciosa como mal ejecutada para conquistar la bahía de Alhucemas, las tropas españolas sufrieron un colapso total frente a los rifeños unidos por Abd el-Krim. Se produjo una desbandada en la batalla y en la mitad oriental del Protectorado. Se perdieron millones de pesetas en material bélico, los rifeños capturaron a cientos de prisioneros y, lo más impactante, mataron a más de 8.000 españoles.

La historia del colonialismo está plagada de derrotas para los ejércitos europeos, pero ninguna fue de la magnitud del desastre de Annual ni tuvo una repercusión tan grande para la vida política de la metrópoli. El régimen de la Restauración recibió una estocada mortal. Pero la reacción inicial no fue la de destruir el sistema. Al contrario, la opinión pública española se llenó de fervor nacionalista y de sed de venganza y apoyó más que nunca la acción del Ejército en Marruecos, como ya había ocurrido tras el desastre del barranco del Lobo en 1909.
Que muchos soldados estuvieran resistiendo asedios, presos o en paradero desconocido fomentó la unidad detrás de un proyecto colonial. Las historias que circulaban de los supervivientes y las fotografías de cuerpos descompuestos y mutilados fueron recursos potentes de propaganda en postales y periódicos para fomentar el odio, mientras se ocultaban las masacres cometidas por los españoles contra civiles marroquíes. El multimillonario Juan March, que había visto su fábrica de tabacos de Nador incendiada por los insurgentes, se encargó de avivar el sentimiento de desquite.
El odio vengativo nubló la mente y los corazones de muchos españoles, y de esta manera las mismas élites políticas y económicas que habían llevado a España a colonizar parte de Marruecos hicieron olvidar a la opinión pública quién empezó la agresión y por qué y para beneficio de quién morían españoles allí. En cuanto a los militares, estos querían recuperar el prestigio perdido, así como la masculinidad, porque creían que las derrotas hacían al perdedor menos hombre.
Los oficiales de talante más diplomático quedaron completamente marginados frente a los que pedían una guerra total sin distinción de combatientes y civiles e incluso un genocidio. El desastre de Annual fue un punto de inflexión porque la mentalidad africanista se extendió a más capas del Ejército y porque tanto los soldados como la opinión pública normalizaron mayores niveles de violencia. Prácticas como torturas, mutilaciones y decapitaciones se hicieron más comunes y visibles.
Mientras que de 1913 conservamos una conversación entre dos generales en la que ordenaban hacer decapitaciones de moros, pero ocultarlo a la opinión pública porque creían que produciría un escándalo, desde 1921 ya no hacía falta ocultar la brutalidad del colonialismo español. Periodistas explicaban con goce cómo el Ejército dinamitaba poblados enteros sin dejar nada en pie. Legionarios mataban ancianos, mujeres y niños y no pasaba nada. Exhibían orejas o cabezas de marroquíes en sus bayonetas y el público aplaudía.
Los aviadores se aficionaron a arriesgarse con vuelos a ras de suelo para ametrallar poblados y zocos y provocar terror entre la población. Por el mismo motivo lanzaban bombas explosivas e incendiarias contra unos nativos indefensos frente a las armas más modernas. Pero hubo un tipo de arma que el Ejército empleó contra los rifeños que por el escándalo que podía provocar se esforzaron en ocultarlo a la opinión pública. Me refiero a las armas químicas que tanto terror provocaron en la Primera Guerra Mundial.

Tras el desastre de Annual, muchos militares se convencieron de lo adecuado que sería su uso. Lo justificaban como una forma más humanitaria de terminar con la guerra, al asumir que morirían menos españoles y que los rifeños se rendirían más rápidamente, o al menos eso se decían a sí mismos para dormir tranquilos por las noches. Los gases tóxicos se veían como la panacea para evitar que se repitieran las sonadas derrotas que inflamaban a la opinión pública.
Alfonso XIII, que como vimos en un vídeo hizo labores humanitarias a favor de prisioneros de guerra y desaparecidos durante la Primera Guerra Mundial, fue el mismo rey que se mostraba completamente genocida respecto a los rifeños, afirmando que debían exterminar a las tribus más próximas a Abd el-Krim y debían emplearse los métodos más violentos contra ellos sin tener en consideración vanas preocupaciones humanitarias.
Quienes más ayudaron en la fabricación de armas químicas fueron los alemanes, pero Reino Unido y Francia sabían que los españoles empleaban estas armas en el Rif y censuraron toda información al respecto. Al fin y al cabo, pese a los conflictos que pudieran tener entre ellos, todos eran países europeos colonialistas y querían defender ese orden mundial. No era extraño que quienes se escandalizaban por el empleo de armas químicas contra europeos se mostrasen a favor de su uso contra lo que llamaban tribus no civilizadas, porque en el fondo de la cuestión está el verlos como razas inferiores.
El arma química más empleada contra los rifeños fue el gas mostaza, que no tiene efectos inmediatos, pero que es temible porque mata células nerviosas y quema la piel y pulmones. La contaminación puede permanecer durante días o semanas en las cosechas y frutas que consumían o en el agua que bebían. Una exposición prolongada lleva a la muerte.
Sus efectos a largo plazo, algunos desconocidos en aquella época, incluyen ceguera temporal o permanente, cáncer, asma y problemas cardíacos. Se cree que los intensos bombardeos de gas mostaza entre 1923 y 1927 han seguido afectando al paisaje, provocando que en algunas zonas ya no crezcan plantas, y además la mayor incidencia de cáncer en el Rif podría explicarse por la transmisión genética de sus efectos. España solo ratificó el tratado contra el uso de armas químicas al terminar la guerra del Rif.
Primo de Rivera y la operación para salvar a la monarquía

El fervor nacionalista de Annual se desvaneció medio año después, al hacerse evidente que el Ejército español era incapaz de derrotar rápidamente a Abd el-Krim y rescatar a los prisioneros. Además, los gastos bélicos y el número de bajas españolas seguían en aumento. La opinión pública pasó a pedir la depuración de responsabilidades entre los militares coloniales, e incluso apuntaban al mismísimo rey Alfonso XIII.
Los africanistas se sentían traicionados por los políticos del Congreso, la prensa y la calle. Para los africanistas, los vaivenes y cuestionamientos constantes desde la Península explicaban en parte el desastre de Annual. Los africanistas y el rey empezaron a ver fantasmas de una conspiración judeomasónica y comunista contra España dirigida desde Moscú que infiltraba ideas extranjeras contrarias a las esencias patrias.
El general Picasso elaboró un informe que, pese a los intentos de los africanistas por torpedear su investigación, señaló con rigor la corrupción e incompetencia de numerosos oficiales. Un consejo de guerra formado predominantemente por oficiales metropolitanos imputó al Alto Comisario Dámaso Berenguer, el gran patrón de los africanistas reaccionarios como Sanjurjo, Franco, o Mola. Pero pocos días después se paralizaron las investigaciones.
En septiembre de 1923 Miguel Primo de Rivera dio un golpe de Estado con el beneplácito de Alfonso XIII. Rey y Ejército quedaban más unidos que nunca para salvarse mutuamente de los que los cuestionaban. Había africanistas que veían a Primo de Rivera con recelo porque había propuesto la retirada de Marruecos, pero aun así apoyaron el golpe porque enterró la búsqueda de responsabilidades por Annual y censuró y persiguió a las organizaciones más amenazadoras para el Estado español, principalmente la anarcosindicalista CNT.
El dictador ordenó la retirada de las fuerzas españolas del interior de buena parte del norte de Marruecos. Cuando fue a dar un discurso en un cuartel de la Legión defendiendo su plan, se encontró con murmullos de descontento y la oposición abierta de algunos como Franco. Primo de Rivera les recriminó que se creyeran los únicos patriotas e insistió en que cumplieran la orden que respondía a la voluntad mayoritaria de la opinión pública. Por el momento, los africanistas agacharon la cabeza.
En la retirada de Chauen murieron al menos 2.000 españoles, pero debido al control informativo de la dictadura no se formó un escándalo como Annual. Los gastos que generaba Marruecos seguían siendo grandes, el Ejército seguía sumando fracasos contra Abd el-Krim, y el líder rifeño se sentía tan confiado que pasó a atacar también la zona francesa de Marruecos. Este cúmulo de circunstancias permitió que los africanistas fueran capaces de presionar con éxito para que Primo de Rivera cambiase su estrategia de retirada por una de ofensiva a lo grande.
Querían hacer efectiva la ocupación del territorio que tocaba a España según el tratado firmado con Francia años atrás, porque esa era para ellos la única solución real para acabar con la guerra. Esto llevó a la operación anfibia hispanofrancesa del desembarco de Alhucemas en 1925. La devastación causada por los proyectiles de artillería y las bombas que lanzaba la aviación fue brutal. Un general francés informó de que un bombardeo sobre un mercado se saldó con 800 víctimas.
Entraron a sangre y fuego en los poblados de la República del Rif, quemando y saqueando viviendas y campos y exigiendo la entrega de armas y rehenes. Los franceses, que en otras ocasiones también habían empleado una violencia colonial brutal, criticaron la falta de piedad de los españoles por su destructividad material y la ejecución de civiles, que resultaba contraproducente para gobernar después. En 1927 terminaron con los últimos reductos de resistencia y se terminó la guerra del Rif por la enorme superioridad armamentística y logística de los ocupantes.
La República española, un Estado colonial
Irónicamente, el fin de la guerra colonial de Marruecos fue letal para la monarquía de Alfonso XIII. Los oficiales de la Legión y Regulares recibieron muchos ascensos y los africanistas coparon los cargos militares más importantes, lo que generó mucha desafección entre los oficiales de la metrópoli, cada vez más descontentos con la monarquía. Por su parte, terminadas las acciones bélicas, algunos africanistas pasaron a dedicar su tiempo a conspirar contra el régimen político.
Primo de Rivera perdió popularidad y al terminarse su dictadura la monarquía, asociada a su régimen, quedó todavía más debilitada. La situación se volvió insostenible y por la voluntad democrática de los españoles se proclamó la República en abril de 1931. Muchos acogieron con esperanza el nuevo régimen político. Se intentó redefinir la relación entre Estado, Iglesia y Ejército y se emprendieron muchas reformas.

Manuel Azaña se convirtió en ministro de Guerra y reorganizó el Ejército para reducir el excesivo número de oficiales que había en relación con el número de soldados rasos, reducir la plantilla en general y tratar de que el estamento militar fuera menos reaccionario para hacerlo leal a la República. Las medidas que más descontento generaron entre los africanistas fueron la revisión de ascensos y condecoraciones otorgadas por la dictadura y la reapertura de una comisión de responsabilidades sobre Annual.
Sin embargo, como en tantos otros ámbitos, las reformas militares de la República fueron insuficientes. La monarquía española había creado un monstruo en Marruecos, el Ejército de África, que era como un caballo indomable. Si bien al principio de este episodio vimos que fueron varios los factores que llevaron a la colonización de Marruecos, fueron los intereses de los ambiciosos oficiales del Ejército de África los que hicieron que el Estado español se quedara y gastase lo que hiciera falta, todo porque los gobernantes no querían enfadar a los africanistas y arriesgarse a que hubiera un golpe de Estado o rebelión militar.
El ejército colonial siguió sobredimensionado, los africanistas permanecieron hegemónicos en los puestos más importantes, persiguieron a izquierdistas durante todo el periodo republicano en el Protectorado, Ceuta y Melilla y, lo más importante, el régimen militar autoritario y segregacionista propio del colonialismo siguió intacto, sin que se aplicase allí la Constitución de 1931. Y es que, como ya he comentado en otras ocasiones, la República española fue un Estado burgués y colonial, como por otra parte era habitual entre los países europeos de la época.
En España los republicanos proclamaban la igualdad y fraternidad bajo una democracia liberal, pero solo querían eso para los suyos, no para Marruecos, Sáhara y Guinea bajo el dominio imperialista español. En 1932 Azaña declaró en las Cortes “que España todavía sirve para civilizar a alguien bajo su gracia y protección” y que los marroquíes no podían pretender “ejercer sus derechos políticos y hasta sus extravíos políticos como si estuvieran en el territorio sagrado de la Península, donde todo está permitido.”
Niceto Alcalá-Zamora, presidente de la República, soltó la racistada de que en Ifni no había la necesidad de autos judiciales para detener a un indígena que se subiese a la palmera. Joan Moles, catalanista que fue designado en dos ocasiones Alto Comisario de Marruecos, fue rabiosamente contrario al nacionalismo marroquí. La actitud mayoritaria entre los españoles era de indiferencia hacia las poblaciones colonizadas, e incluso de abierto odio en el caso de los moros.
Ni el antibelicismo ni el anticolonialismo fueron mayoritarios, porque las actitudes contra la guerra de Marruecos eran más por el hecho de que arriesgasen la vida soldados de leva de la clase trabajadora que no por la guerra en sí, que no les habría parecido mal si la hubieran hecho militares profesionales y hubieran ganado sin incurrir en muchos gastos. La empatía hacia los colonizados y la convicción moral antiimperialista eran la excepción. Esto incluso es cierto entre los anarquistas, socialistas, comunistas y nacionalistas vascos y catalanes.
Cuando los militantes de la CNT se posicionaron en contra de la discriminación salarial entre españoles y marroquíes, fue más por tratar de evitar que los empresarios se aprovechasen de una mano de obra más barata a la que podían mantener en peores condiciones laborales que por antirracismo y anticolonialismo. Los republicanos e izquierdistas pagaron muy cara su falta de coherencia ideológica. En cambio, tú puedes pagar una mensualidad o anualidad barata en patreon.com/lahistoriaespana y apoyar así mi divulgación histórica, que no es basura hecha a base de inteligencia artificial, o también puedes ir a la página web del programa y comprar en la tienda. Tienes los enlaces en la descripción.
El ensayo: la represión de la Revolución de Asturias y la extranjerización de los rojos
Cuando los derechistas ganaron las elecciones de 1933, deshicieron numerosas reformas hechas por el gobierno del primer bienio. Las izquierdas, conscientes de que Gil Robles de la CEDA quería usar las instituciones democráticas de la República para virar hacia una dictadura como había ocurrido en Austria, llamaron a la revolución en octubre de 1934. Solo en Asturias se produjo una huelga revolucionaria por la unión de socialistas de UGT, anarquistas de CNT y comunistas.
El gobierno derechista, por sugerencia de Francisco Franco, decidió movilizar a la Legión y a los regulares marroquíes para aplastar la revolución. Por primera vez unas tropas coloniales eran empleadas contra los españoles en suelo ibérico, y sirvió de antecedente de cómo tratarían a los izquierdistas en la guerra civil. También era la primera vez en siglos que soldados moros pisaban Asturias, todo gracias a la derecha patriotera.
En una entrevista, Franco, que era quien dirigió las operaciones desde Madrid, declaró que el conflicto fue una guerra fronteriza, es decir, que consideraba a los obreros asturianos extranjeros. El moro rebelde al que había que exterminar había pasado a ser el rojo. Esta misma forma de pensar siguió en la guerra de España, cuando los derechistas confabulados con potencias fascistas presentaban a los rojos como extranjeros antiespañoles.
Para los franquistas no hubo guerra civil, sino una guerra de la única España contra extranjeros y extranjerizantes. Irónicamente, se trataba de una visión influida por el ultra francés Charles Maurras, que contrastaba la Francia monárquica, católica y conservadora con la Antifrancia republicana, secular y parlamentaria. Acusar a los republicanos de ser hordas salvajes y turbas de ladrones y bandidos fue un recurso de alteridad para justificar la necesidad de someterlos.
También trasladaron de Marruecos a España lo de tildar a los enemigos de cobardes y fanáticos, infantilizarlos llamándolos rojillos, o acusarlos de asesinos y corruptos, que como suele ocurrir en la derecha, toda acusación era en realidad una confesión y una proyección en su enemigo de lo que ellos hacían. Durante la guerra civil los propagandistas falangistas llegaron a emplear una fotografía tomada durante la guerra del Rif con legionarios sujetando cabezas decapitadas de moros, pero manipularon su contexto y en el pie de foto escribieron “monstruosidad roja”.

Como era de esperar, en la represión de los revolucionarios asturianos los legionarios y regulares emplearon los métodos aprendidos en la guerra del Rif. Se practicaron bombardeos sobre población civil, detenciones masivas, tomas de rehenes, torturas de prisioneros, asesinatos sin juicio y violaciones. Los actos de barbarie que más chocaron en España fueron las mutilaciones de cadáveres, como decapitaciones y amputaciones de orejas, narices, pechos o testículos. Era un ensayo de lo que pasaría dos años después. Después de dejar más de 900 asturianos muertos, Franco vio su imagen reforzada y algunos en la derecha española lo veían como un salvador de la patria por la represión de la revolución.
El bumerán imperial regresa: la guerra civil española
Cuando el Frente Popular ganó las elecciones de febrero del 36, la conspiración golpista no hizo más que crecer. Ocurrió lo que vimos que predijo Josep Maria Prous, que tras el fin de la guerra del Rif los militares podrían aburrirse y pasar su tiempo conspirando. Por parafrasear aquello de o la República somete a Juan March o este somete a la República, la República no sometió a los militares africanistas y estos terminaron por destruirla.
En Marruecos los africanistas habían gozado de un poder absoluto y de una calma aparente conseguida por el terror que ejercían. Pero cuando miraban la sociedad española desde sus lentes uniformadoras típicas de los militares, entendían la pluralidad política, los conflictos sociales y la diversidad cultural como debilidad y caos. Querían trasladar a España el modelo que conocían, un orden autoritario en el que el Ejército ocupase la cúspide social y actuase con impunidad. Así se lanzaron a la conquista de España para regir sus destinos.
Para los colonizadores siempre es útil presentar a los países que quieren dominar como caóticos, un discurso cínico pues las potencias coloniales intencionadamente desestabilizan y fomentan la división en las sociedades que colonizan. Del mismo modo, los golpistas calentaron las calles financiando a Falange para que cometiera asesinatos políticos y provocase altercados, y amplificaron a través de parlamentarios y periódicos golpistas la sensación de caos y el discurso catastrofista de que España se rompe y se va al garete, que tanto sigue gustando a la derecha, para así generar un clima en la opinión pública más favorable al golpe.
Eso servía para vender la imagen de desgobierno en la República, que muchos franquistas siguen perpetuando, y era como decir que los españoles eran incapaces de gobernarse a sí mismos y necesitaban a los militares. En octubre de 1937 Juan Yagüe, el carnicero de Badajoz, pronunció unas palabras muy elocuentes sobre lo que deseaban hacer con los rojos: “Primero vamos a redimir a los del otro lado; vamos a imponerles nuestra civilización, ya que no quieren por las buenas, por las malas, venciéndoles de la misma manera que vencimos a los moros, cuando se resistían a aceptar nuestras carreteras, nuestros médicos y nuestras vacunas, nuestra civilización, en una palabra.”
Traer la civilización por las buenas o por las malas es el mismo discurso del colonialismo. Los traidores se presentaban como defensores de la civilización frente a la barbarie, ¿pero qué significa civilización? Es una palabra vacía y abstracta que cada cual se imagina de un modo o de otro. El golpe no habría sido posible sin el dinero y la logística de Juan March, el capitalista español más importante del siglo XX que llegó donde llegó gracias a sus negocios en el norte de África, como vimos en la serie biográfica que hice sobre él.
El director del golpe, Emilio Mola, inicialmente pensaba usar al Ejército de África solo si las cosas se torcían, pero en junio del 36 comprendió que el traslado de las tropas coloniales a España era necesario, pues no tenían suficientes apoyos en las guarniciones de la metrópoli. En Marruecos, Ceuta y Melilla la sublevación tuvo un éxito casi instantáneo.

En cambio, en España la clase trabajadora estaba bien organizada y se movilizó para aplastar a los fascistas, y gracias a ello el golpe fracasó en la mayor parte del país. Quedó claro que Mola se equivocó en sus previsiones y que el éxito de la rebelión dependía principalmente de poder trasladar a los soldados de África a España. Y ciertamente, los legionarios y los regulares marroquíes fueron decisivos en evitar la derrota en los críticos primeros meses de guerra.
Pero Emilio Mola no fue el único que se equivocó. El 25 de febrero de 1936 unos nacionalistas marroquíes entregaron un memorándum a Azaña en el que alertaban de que los monárquicos, católicos y militares estaban tramando algo contra el gobierno. Como tantos otros avisos sobre el golpe, sus advertencias fueron inexplicablemente minimizadas o ignoradas. Igual que el presidente Azaña se equivocó temiendo más una revolución anarquista que un golpe militar reaccionario, también se equivocó preocupándose más por la expansión del comunismo en Marruecos y del nacionalismo marroquí que por los militares coloniales.
Y la República siguió equivocándose durante la guerra al no tratar de llegar a acuerdos con independentistas rifeños y nacionalistas marroquíes para prometer sus independencias o al menos un estatuto de autonomía a cambio de que se rebelasen contra los facciosos. El miedo a enfadar a Francia y Reino Unido, el fuerte racismo contra el moro y la falta de conciencia anticolonial entre la mayoría de españoles fueron factores que jugaron en contra de los intereses racionales de la República.
Gracias a ello Franco pudo reclutar cerca de 80.000 marroquíes durante la guerra de España que empleó como carne de cañón, al no valorar sus vidas tanto como la de los españoles derechistas. Como eran usados como tropas de choque y sufrían más bajas, no sorprende que los marroquíes cometieran más barbaridades de media, igual que los legionarios, pero también fueron usados como chivos expiatorios para culparles de los mayores excesos de su bando y atribuirles falsamente actos cometidos por españoles.
El Ejército de África estaba familiarizado con una guerra colonial irregular con columnas muy móviles comandadas por jefes que disponían de gran autonomía para tomar decisiones. Eso es lo que imperó en su avance por Andalucía y Extremadura, donde no había un frente bien definido y las milicias no tenían ni la experiencia ni el armamento adecuado para hacerles frente. Que Franco no se apresurase para llegar a Madrid fue una decisión para no dejar desprotegida la retaguardia, pues en Marruecos habían aprendido esta lección a base de sufrir desastres militares.
También hay que decir que tuvo dificultades en avanzar rápido por la resistencia que encontró por el camino y las dificultades en transportes, o sea que no todo fue parte de un plan. Pero cuando los sublevados tuvieron que enfrentarse en Madrid a un sólido sistema de trincheras, las Brigadas Internacionales y armamento soviético puntero como tanques, aviones y artillería pesada, los facciosos, incluyendo el Ejército de África, fueron derrotados.
Una cosa era enfrentarse a una guerra de guerrillas y a unos enemigos con unos medios muy inferiores y otra combatir en una guerra urbana y en una guerra convencional de frentes con fuerzas armadas mecanizadas. Ninguno de los dos bandos estaba preparado para una guerra moderna ni sabía aprovechar las tecnologías disponibles, y a base de fracasos fueron aprendiendo sobre la marcha.
Por tanto, que durante los primeros meses de la guerra el Ejército de África emplease los mismos métodos que en la guerra colonial de Marruecos se debía más a que era lo que habían mamado a lo largo de su carrera militar que no a una voluntad consciente de emplear tácticas coloniales. Tras su primer fracaso en Madrid, el Ejército de África se dispersó y sus unidades fueron empleadas para tapar huecos en todos los frentes y elevar la calidad del resto de tropas.
Es revelador que hasta 1938 Franco no dejase que tropas de leva actuasen sin la presencia de legionarios, marroquíes o falangistas y requetés, porque temía, con razón, que hubiera deserciones y actos de sabotaje por la presencia de izquierdistas en el Ejército franquista. Los golpistas confiaban más en los moros que en los españoles, y no es de extrañar, porque los golpistas estaban colonizando España, la estaban sometiendo a un dominio contrario a la voluntad popular mayoritaria.

Desde su planificación los golpistas partían desde una concepción de guerra total de tipo fascista, que tenía por objetivo declarado purificar España de los elementos extraños que según ellos corrompían y degeneraban la nación. Cuando el socialista Indalecio Prieto pidió a Mola terminar con el derramamiento de sangre, este le respondió que la guerra tenía que terminar con el exterminio de los enemigos de España. Se repetía la voluntad genocida observada en Marruecos desde el desastre de Annual.
Según expresó Yagüe, su experiencia militar en Marruecos le enseñó que es inútil vencer un enemigo sin quebrantar su moral. Y qué mejor forma de destruir la moral que empleando una violencia desenfrenada allá por donde pasaban. Hubo muchas operaciones de “limpieza”, sobre todo en Andalucía y Extremadura, en las que camiones cargados de militares y falangistas registraban pueblos y asesinaban a todo aquel sospechoso de ser izquierdista.
Pueblo en el que entraban, pueblo en el que fusilaban y saqueaban para escarmentar y eliminar a los españoles más politizados a la izquierda y paralizar de terror al resto. Tal violencia fue común en los primeros meses y fue a menos a medida que la balanza se inclinaba a favor de los facciosos y que se tenían que empezar a preocupar más por construir unas bases sólidas para gobernar. Cuando optaron por construir una apariencia de legalidad, crearon juicios farsa sin garantías para los procesados y aplicaron leyes retroactivamente.
Para los africanistas los vencidos carecían de derechos y estaban completamente a la merced de lo que decidiera el vencedor. Eso significaba que tampoco tenían derecho a la propiedad. El robo y destrucción de bienes tan habitual en Marruecos se trasladó a España, y confiscaron las propiedades de los vencidos, que fueron condenados a la miseria, eso si no habían muerto o terminado recluidos o en el exilio.

Hubo oficiales sublevados que animaron a sus soldados a violar mujeres de izquierdas o emparentadas con hombres de izquierda para escarmentarlas como malas mujeres que eran acusadas de antiespañolas, comunistas, ateas y promiscuas. Era una violencia sexual y simbólica en términos patriarcales y moralistas, además de una recompensa como botín para los soldados. También en los pueblos que entraban hacían rituales públicos para humillar a las mujeres más feministas.
Los facciosos tomaban rehenes para paralizar al enemigo, porque sabían que tenían un sentido moral infinitamente más noble y humanitario. Por ejemplo, cuando los legionarios y regulares entraron en el barrio obrero de Triana, Sevilla, esos valientes patriotas colocaron a niños y mujeres del barrio delante suyo como escudos humanos para que los defensores no disparasen un tiro. Cuando entraron en Triana, asesinaron a cientos de andaluces. Por otro lado, había quienes eran capturados e interrogados en centros de tortura, unas veces para obtener información, otras por puro ensañamiento contra enemigos deshumanizados.
Los presos políticos eran recluidos frecuentemente en campos de concentración y se usaban como mano de obra esclava, como ya había ocurrido en el norte de África español. Las reformas penitenciarias de la Península no se habían aplicado allí, donde siguieron funcionando los batallones disciplinarios, unidades compuestas por soldados desertores o sancionados que eran enviados a combatir en posiciones de alto riesgo.
El franquismo usó a los prisioneros de guerra y presos políticos para hacer trabajos de forma gratuita para el Estado, los militares al mando y empresas privadas amigas del régimen. En enero de 1939 había la friolera de 87.589 presos en estos batallones de trabajadores. Ejecuciones extrajudiciales, abusos físicos, robo de patrimonio, toma de rehenes y prisioneros, violaciones, mutilaciones, bombardeos contra civiles… Todos los métodos violentos empleados contra los colonizados pasaron a usarse también contra españoles.
Bueno, todos todos no. En la guerra de España nunca llegaron a emplearse armas químicas. Eso sí, en enero de 1937, tras fracasar en Madrid, Franco recibió 100 toneladas de gas mostaza de Alemania e Italia. Por si acaso desde el inicio de la guerra los rebeldes habían iniciado una campaña de intoxicación mediática acusando a los republicanos de usar armas químicas para autootorgarse la legitimidad de emplearlas. Si no lo hicieron probablemente fue por miedo a sanciones internacionales, visto el escándalo que provocó que los italianos empleasen tales armas en Abisinia.
En cualquier caso, Franco siguió la filosofía aprendida en Marruecos de desmoralizar y castigar al enemigo con una violencia brutal, para que el miedo dominase el corazón de los españoles y se resignasen a sentir apatía por la política. El dictador quería una victoria total y rechazó cualquier intento de mediación y de rendición con condiciones. Como en Marruecos, en España no hubo voluntad de reconciliación y una paz verdadera, solo el sometimiento de los vencidos.
Las mismas élites políticas, militares y económicas que se embarcaron en la colonización de Marruecos y en las estúpidas guerras para someter a su población fueron las mismas que luego usaron todos sus medios contra los españoles de clase trabajadora que se habían visto obligados a hacer el servicio militar para un Estado colonial. Los españoles que habían contemplado con indiferencia los crímenes cometidos por el colonialismo español en África y el autoritarismo al que estaban sometidos los colonizados acabaron siendo víctimas del bumerán imperial.
Por qué debes ser antiimperialista
El bumerán imperial es un concepto clave con el que te debes quedar y que ha subyacido en toda la narrativa de este episodio. Por bumerán imperial entendemos el proceso por el cual las técnicas represivas, violentas y de vigilancia experimentadas y desarrolladas contra poblaciones colonizadas terminan siendo trasladadas a la metrópoli para usarlas contra su propia población. Como expuso brillantemente Aimé Césaire en su ensayo ‘Discurso sobre el colonialismo’, los campos de concentración, las torturas, los trabajos forzados, el autoritarismo, las jerarquías raciales o el genocidio no fueron inventos de los nazis.
Todo eso ya lo habían aplicado los imperios coloniales europeos en otros continentes. Y ¿qué te piensas? ¿Que esa dominación de otros pueblos no iba a transformar también a las sociedades colonizadoras? ¿Acaso con sus actos de violencia para mantener una superioridad racial los colonos no se estaban deshumanizando a ellos mismos, convirtiéndose en bestias insensibles? ¿Cómo se puede pensar que la opresión autoritaria tolerada contra otros no se puede aplicar contra la gente de tu propio país?
Yo te diré cómo se puede pensar eso: por racismo, y en última instancia por las relaciones de dominación y explotación. Solo así se explica que los españoles por lo general celebrasen o no les importasen los actos atroces cometidos contra los marroquíes, mientras que esas prácticas causaron escándalo cuando las sufrían españoles. De igual manera, cuando los estadounidenses inician otra guerra imperialista en medios y películas ponen el foco en los soldados gringos como víctimas y no en los cientos de miles de muertos que provocan. El doble rasero es dolorosamente obvio.
Seguramente, si preguntásemos a los yanquis si creen que existen razas inferiores, la mayoría dirían que no. Pero las acciones hablan más claro que las palabras. Existe un racismo fuerte, interiorizado, muchas veces inconsciente y que podemos tener todos, que valora la vida de unos más que la de otros. Así que quiero que hagas introspección, que mires en tu corazón y seas sincero respondiendo a una pregunta incómoda: ¿crees que la vida de un español vale lo mismo que la de un iraní o que la de un nigeriano? Si la respuesta es que no, tienes una tarea pendiente en desarrollo personal.
Conectemos lo aprendido en este episodio con el presente, para que lo dicho no se borre de tu mente tan rápido como ha entrado. Por ejemplo, Palestina lleva muchos años siendo un campo de pruebas para armamento puntero y tecnologías de vigilancia masiva que desarrolla Israel, un apéndice de Estados Unidos. Esas tecnologías luego son compradas por estados y entidades privadas que las emplean para controlar a su población y reprimir disidentes y minorías. Todo en beneficio de la clase dominante de un centro imperial encabezado por Estados Unidos y del que los estados europeos son vasallos y colaboradores necesarios.
Fíjate en cómo los países europeos que durante tanto tiempo han colaborado estrechamente con el imperialismo yanqui ahora se escandalizan y se muestran sorprendidos porque se ven amenazados por Estados Unidos, que un día lanza bombas contra Irán y en el siguiente amenaza con ocupar Groenlandia. Cuando el llamado sur global era el que sufría el imperialismo no había tanta preocupación en Europa por el imperialismo gringo, solo ahora nos llevamos las manos a la cabeza.
Los efectos del bumerán imperial también se observan con claridad dentro de Estados Unidos, en especial desde 2001, que bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo islámico se pusieron a invadir muchos países de Oriente Medio al mismo tiempo que restringían las libertades y vulneraban mucho más la privacidad de sus ciudadanos en nombre de la seguridad nacional.
De llamar terroristas a los mismos yihadistas que auparon para debilitar a la Unión Soviética han pasado a llamar terroristas también a izquierdistas y víctimas de la violencia policial y de esa Gestapo llamada ICE. La militarización de la policía desde hace décadas y de una simple agencia de control migratorio es solo un ejemplo más del bumerán imperial. Estados Unidos ahora tiene como presidente a un fascista incompetente y a muchos multimillonarios detrás suyo apoyando el desmantelamiento de la ya exigua democracia que tenían para pasar a ser sin engaños un país completamente dominado por unos oligarcas.
Mientras Occidente continúe dominando y explotando al resto de la humanidad, la contradicción entre la retórica humanista liberal y la práctica imperialista excluyente siempre corre el riesgo de degenerar en fascismo en el país de origen. Y ahí va otra idea clave: el fascismo no es más que el colonialismo aplicado a las poblaciones del centro imperial del sistema capitalista. Es, de nuevo, el bumerán imperial. Por eso la liberación de Palestina, del Sáhara Occidental o la de cualquier pueblo oprimido no es un asunto que te sea ajeno como pudieras pensar erróneamente, sino que el grado de libertad del que goces va estrechamente ligado a la fortaleza del imperialismo.
La indiferencia no es una posición aceptable, y decir no a la guerra no es suficiente. Hay que poner a los colonizados en el centro del análisis por ser las mayores víctimas. Pocas cosas en este mundo son inevitables, pero lo que sí puedo garantizar tras haber estudiado historia es que el bumerán imperial lo es. No significa que venga en forma de guerra civil, una de las peores consecuencias posibles, pero de algún modo u otro siempre tendrá efectos negativos en la sociedad colonizadora.
Por eso debes ser antiimperialista. Por eso no debes glorificar empresas coloniales, que no se basan más que en la explotación de otros. Los motivos morales, de empatía y amor al prójimo deberían ser más que suficientes para que cualquier ciudadano medio fuera antiimperialista, pero si esas razones no te parecen suficientes, sé antiimperialista porque no eres gilipollas, por egoísmo, porque sabes que está en tu interés que no se brutalicen otros pueblos en nombre de tu país. Y es que como dijo Martin Luther King, la injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes.
Outro
¿Qué te ha parecido? ¿He logrado cambiar tu perspectiva sobre la guerra de España? Si es así, por favor dale a me gusta y deja un comentario con tus reflexiones sobre lo que has aprendido. También te animo a compartir el vídeo en redes sociales o por WhatsApp para mover las conciencias de otros. El tema de este episodio fue votado por mecenas de Patreon y miembros de pago de YouTube, así que apoya el programa si también quieres tener voz y voto y disfrutar de otros beneficios como acceso anticipado a los episodios o acceso a carpetas con miles de imágenes históricas. ¡Gracias por llegar hasta aquí y hasta la próxima!
Fuentes
Alonso Ibarra, Miguel. “Combatir, ocupar, fusilar. La evolución de la violencia bélica de los sublevados en la guerra civil española (1936-1939).” Europa desgarrada: guerra, ocupación y violencia, 1900-1950, coordinado por David Alegre et al., Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2018, pág. 195-244.
Alonso Ibarra, Miguel. El ejército sublevado en la Guerra Civil Española: experiencia bélica, fascistización y violencia (1936-1939). 2019. Universitat Autònoma de Barcelona, tesis doctoral.
Álvarez, José E. The betrothed of death: the Spanish Foreign Legion during the Rif Rebellion, 1920-1927. Bloomsbury Publishing USA, 2001.
Álvarez, José E. The Spanish Foreign Legion in the Spanish Civil War, 1936. University of Missouri Press, 2018.
Balfour, Sebastian. Abrazo mortal. De la guerra colonial a la Guerra Civil en España y Marruecos (1909-1939). Ediciones Península, 2018.
Césaire, Aimé. Discurso sobre el colonialismo. Ediciones Akal, 2006.
De Madariaga, María Rosa. Los moros que trajo Franco. Alianza Editorial, 2015.
De Madariaga, María Rosa. Marruecos, ese gran desconocido: breve historia del protectorado español. Alianza Editorial, 2013.
Espinosa Maestre, Francisco. La columna de la muerte: el avance del ejército franquista de Sevilla a Badajoz. Crítica, 2003.
Fernández Pasalodos, Arnau. Hasta su total exterminio. La guerra antipartisana en España, 1936-1952. Galaxia Gutenberg, 2024.
Iglesias Amorín, Alfonso. “La cultura africanista en el Ejército español (1909-1975).” Pasado y Memoria. Revista de Historia Contemporánea 15 (2016): 99-122.
Loewenstein, Antony. The Palestine laboratory: How Israel exports the technology of occupation around the world. Verso Books, 2024.
Mouzo Williams, David. “El búmeran imperial en la última colonia de África: Securitización en torno al Sáhara Occidental y las fronteras con Europa.” TEKOA 4.4 (2025): 1-17.
Nerín, Gustau. La guerra que vino de África. Crítica, 2005.
Pereira Castañares, Juan Carlos, et al. A cien años de Annual: la guerra de Marruecos. Desperta Ferro Ediciones, 2021.
Preston, Paul. El holocausto español: odio y exterminio en la Guerra Civil y después. Debate, 2011.
Prous i Vila, Josep Maria. Cuatro gotas de sangre: diario de un catalán en Marruecos. Barril & Barral, 2011.

Comentar