¿Sabías que Málaga fue la capital de un califato? En este episodio explico la historia del Califato hammudí, el califato más desconocido y olvidado de al-Ándalus, desarrollado en la transición del Califato de Córdoba de los omeyas y los reinos de taifas.

Ali ibn Hammud, el califa que pudo reunificar al-Ándalus

Año 1013. En el contexto de una fitna o guerra civil empezada en 1009, Córdoba cae en manos del omeya Sulayman al-Musta’in y las tropas bereberes que lo apoyaban. La gloriosa metrópolis de al-Ándalus había aguantado tres años de asedio que la dejaron arruinada y diezmada, con muchos cordobeses muertos o desplazados a otros puntos del país. El califa Sulayman era ampliamente odiado y solo tenía el apoyo de los soldados magrebíes, de manera que al-Ándalus siguió fracturada políticamente.

Mapa del estrecho de Gibraltar y sus principales ciudades
Estrecho de Gibraltar

A mediados de 1010 los hermanos Ali ibn Hammud y al-Qasim se hicieron con el control del estrecho de Gibraltar, controlando Algeciras, Ceuta, Tánger y Arcila. Sulayman había contado con su apoyo en la guerra, así que reconoció el gobierno de estos territorios. En un principio se mantuvieron leales, pero en 1015 Ali ibn Hammud se rebeló en Ceuta con la intención de disputarle el puesto de califa a Sulayman.

Ali era descendiente de Idris I, el fundador de Fez cuyos abuelos eran Ali y Fátima, y por tanto era bisnieto del profeta del islam, Muhammad. Eso significa que Ali pertenecía a uno de los más nobles linajes árabes, y como tal desde la perspectiva de los musulmanes sunníes y chiíes era un candidato válido para ser califa. Es una falsedad que fuera bereber o estuviera muy berberizado, como a veces se lee por ahí para menospreciar el Califato hammudí como si no hubiera sido un califato real.

Además, Ali declaró que había recibido durante el asedio a Córdoba una carta del califa Hisham II, en la que el viejo califa le pedía ayuda y lo nombraba su sucesor. Si aquella carta era auténtica o no, nunca lo sabremos, aunque lo cierto es que no sería la primera vez que el nieto de Abd al-Rahman III habría ofrecido nombrar un sucesor no omeya. Pero su simple existencia bastó para encender la chispa de la rebelión. Existía la esperanza de que Hisham II se mantuviera vivo en reclusión, de manera que Ali ibn Hammud cruzó el Estrecho con el pretexto de liberarlo.

Málaga lo recibió con los brazos abiertos, y desde allí marchó hacia Córdoba con el apoyo de los bereberes ziríes establecidos en Granada y de Jayrán de Almería. No se encontró oposición, porque Sulayman había perdido sus apoyos. El 1 de julio de 1016 llegó a la sede califal y exigió ver a Hisham II, vivo o muerto. Verificaron que había sido asesinado al finalizar el asedio a Córdoba, y en consecuencia Sulayman al-Musta’in fue responsabilizado por ello y ejecutado de la mano del mismísimo fundador de la dinastía hammudí.

Ali entró entonces en el alcázar omeya y fue proclamado califa, adoptando el mismo sobrenombre que el alabado califa Abd al-Rahman III. El mensaje era claro: pese al cambio dinástico, Ali se veía a sí mismo como el continuador de la grandeza omeya, y de hecho en las monedas y arquitectura hammudíes se observan fuertes continuidades frente a las innovaciones que se producían en reinos de taifas no leales a su causa. Su reinado empezó bien.

Se ganó el reconocimiento de la mayor parte de los gobernadores de al-Ándalus y de las antiguas zonas de lealtad omeya del Magreb occidental. Presidió juicios aplicando la ley con rigurosidad y sin favoritismos según la etnia y alivió impuestos, lo que le ganó simpatía popular. Parecía que, poco a poco, Córdoba podría volver a convertirse en una ciudad próspera y segura, y que el nuevo califa sería capaz de reunificar al-Ándalus. Sin embargo, las cosas no tardaron en torcerse.

Ali ibn Hammud frente a Abd al-Rahman IV, por María Dolores Rosado Llamas
Ali ibn Hammud frente a Abd al-Rahman IV, por María Dolores Rosado Llamas.

En 1017 Jayrán de Almería proclamó califa a un pretendiente omeya, Abd al-Rahman IV. Jayrán, destacado jefe saqaliba, esto es de esclavos y libertos de origen europeo, solo había apoyado a Ali con la esperanza de encontrar vivo a Hisham II y convertirlo de nuevo en un califa títere, como habían hecho Almanzor y otros. Formó una amplia coalición con los gobernadores del este de al-Ándalus y los legitimistas omeyas que no reconocían al hammudí.

La traición hizo que Ali se volviera paranoico y autoritario. Introdujo nuevos impuestos, requisó armas de civiles y formó una red de espías para reprimir a posibles conspiradores. Los ejércitos proomeyas avanzaban por Jaén y Ali ibn Hammud estaba listo para enfrentarlos, cuando en marzo de 1018 tres sirvientes lo asesinaron mientras se bañaba, probablemente sobornados por Jayrán.

Los ziríes de Granada, el gran apoyo de los hammudíes

La situación era de pánico entre los leales a la causa hammudí. Ali había designado heredero a su hijo Yahya, entonces gobernador de Ceuta. Los bereberes prohammudíes contactaron con el hermano mayor de Ali, al-Qasim, que estaba gobernando Sevilla. Su mayor proximidad y madurez lo hacían un mejor candidato que Yahya para evitar el colapso, pero esta decisión más tarde llevó a guerras entre las dos ramas familiares que facilitaron el declive y caída del Califato hammudí.

En 1018 o 1019, cuando todavía se estaban finalizando los trabajos de construcción para la recién fundada ciudad de Granada, 4.000 soldados de la causa omeya se dirigieron allí para acabar con los 1.000 jinetes bereberes de la dinastía zirí antes de atacar directamente al califa al-Qasim. Pero lo que parecía una victoria fácil se tornó en la muerte de las esperanzas de restaurar a la dinastía omeya en todo su esplendor.

Jayrán de Almería y el gobernador de Zaragoza, que habían aupado al pretendiente Abd al-Rahman IV, lo abandonaron en medio de la batalla al haber observado que aspiraba a ser un soberano con todas las de la ley y no un mero títere al que podrían manipular a conveniencia. Rápidamente la batalla se convirtió en una masacre de los verdaderamente leales a los omeyas, y Jayrán todavía tuvo la vileza de mandar hombres para matar al califa que había aupado.

El soberano de la Taifa de Granada envió a Córdoba el quinto del botín que correspondía al califa que reconocía. Entre el lote sobresalía el pabellón de campaña de Abd al-Rahman IV, que al-Qasim exhibió en la sede califal para que los que en su corazón todavía confiaban en una restauración omeya desistieran y fueran leales a los hammudíes. Los bereberes ziríes de Granada demostraron ser los aliados más leales y valiosos de los descendientes del profeta del islam hasta prácticamente la caída de la dinastía.

Tras esta victoria, al-Qasim reconoció el gobierno de numerosos reyes de taifas, y parecía que al menos se podía recuperar nominalmente la unidad política de al-Ándalus. En la práctica, se evidenciaba que el Califato hammudí representaba un modelo de transición a caballo entre la estructura centralizada del Califato de Córdoba de los omeyas y los reinos de taifas completamente independientes.

Yahya ibn Ali contra al-Qasim

La estabilidad era muy frágil, porque existían múltiples actores políticos con sus bases de poder autónomas, pero sin ninguno con un poder suficientemente grande como para erigirse por encima de todos los demás. Por eso resultaba una tarea tan difícil volver al equilibrio del Califato de Córdoba. Esta vez, los problemas vinieron de dentro de la dinastía califal.

Desde Ceuta, el joven Yahya, hijo de Ali, observaba con impaciencia el poder de su tío. Y pronto, decidiría reclamar lo que consideraba suyo. Desde el principio se mostró muy disconforme con el hecho de que no se hubiera respetado la voluntad de su padre y hubieran obviado sus derechos sucesorios. Al-Qasim trató de hacer oídos sordos y en las monedas reconocía a uno de sus hijos como sucesor. Para meterle presión, Yahya, mosqueado, empezó a acuñar monedas presentándose como su heredero.

Cronología de la dinastía hammudí, por María Dolores Rosado Llamas
Cronología de la dinastía hammudí, por María Dolores Rosado Llamas.

La paciencia se le acabó al ver que mandar estas señales simbólicas no servía de nada. Era momento de pasar a la acción. En 1021 Yahya viajó a Málaga, gobernada por su hermano Idris, y desde allí recabó apoyos para rebelarse y deponer a su tío. La piedad religiosa por la que era admirado al-Qasim no le salvó de sufrir el abandono de múltiples grupos bereberes que en principio lo reconocían como califa.

No acudieron en su auxilio porque durante su gobierno al-Qasim prefirió colocar a esclavos y negros a su servicio en puestos militares y de gobierno antes que a bereberes, para tener así una base de fieles solo a él. Vista su falta de apoyos, al-Qasim decidió abandonar Córdoba sin presentar batalla y volvió a Sevilla. Su joven sobrino fue proclamado califa y se ganó el afecto de los cordobeses al rebajar impuestos, sacar gente de las cárceles y ser un buen patrón de poetas, al mismo tiempo que mantenía buenas relaciones con los sabios en leyes y teología islámica.

La guerra entre las dos ramas hammudíes continuó, para deleite de los reyes de taifas, que estaban encantados con poder seguir gobernando sin que nadie los molestase. Hubo una batalla en las inmediaciones de Sevilla, en la que terminaron muertos numerosos soldados negros de al-Qasim, pero éste mantuvo el control de la ciudad. Por algún motivo poco claro, Yahya ibn Ali empezó a ser impopular tanto entre los cordobeses como entre algunos bereberes.

El caso es que los bereberes desafectos se pasaron al bando de al-Qasim y a principios de 1023 los cordobeses se alzaron y prendieron fuego al antiguo alcázar omeya. Además, algunas fuentes apuntan a que recibió un aviso de su hermano Idris para volver a Málaga, pues informaba de que algunos notables de la ciudad estaban conspirando para librarse del gobierno hammudí. Yahya terminó abandonando Córdoba y prefirió asegurarse el control de Málaga para mantener los lazos con el Magreb y el acceso al oro y plata que llegaba de África.

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El control del estrecho de Gibraltar reportaba además grandes beneficios económicos. El gobierno de al-Qasim en Córdoba se echó a perder por los movimientos conspiratorios de un omeya y la revuelta de los cordobeses, hastiados de los soldados bereberes. Los rebeldes asediaron el alcázar y al-Qasim salió de la ciudad amurallada, pero sabiendo lo delicada que era su situación decidió asediar Córdoba durante cincuenta días. Entonces, los cordobeses salieron a combatir y derrotaron al ejército del segundo califa hammudí.

Los bereberes de las taifas de Morón y Arcos regresaron a sus dominios, mientras que otros siguieron con él y lo acompañaron a Sevilla, con la intención de volver a residir en la ciudad donde gobernaba su hijo. Ordenó que desalojaran 1.500 viviendas para hacer espacio para instalar a sus soldados, pero los sevillanos, cansados de los magrebíes y de apoyar una causa perdida, atacaron la residencia del gobernador. El líder de la revuelta fue Muhammad ibn Isma’il ibn Abbad, el juez de Sevilla y el hombre más rico de la urbe, que se convirtió así en rey de la Taifa de Sevilla.

Negoció la entrega del hijo de al-Qasim y sus hombres y bienes a cambio de que el hammudí levantara el asedio. El anciano al-Qasim se retiró a Jerez de la Frontera, pero su sobrino no lo dejó en paz y tras duros combates logró capturarlo. Así lo neutralizó como amenaza, aunque solo fue asesinado tras dieciséis años de cautiverio, ya fallecidos sus dos sobrinos. Mientras tanto, los cordobeses decidieron proclamar un califa omeya.

En poco tiempo gobernaron dos omeyas incompetentes, y al observar el descontento Yahya decidió volver a ocupar Córdoba. Estuvo allí entre noviembre de 1025 y marzo del siguiente año, cuando decidió regresar a Málaga. Había dejado de lugarteniente a un bereber, pero al cabo de pocas semanas se produjo una nueva revuelta de cordobeses que terminó en una masacre de magrebíes. Así Yahya se convirtió en el último califa hammudí en poseer Córdoba, ya más convertida en un nido de problemas que en otra cosa, y Málaga se convirtió definitivamente en sede califal.

Málaga, capital califal

Plano de la Málaga musulmana superpuesta en la actual
Plano de la Málaga musulmana superpuesta en la actual.

Málaga había iniciado su pujanza en el siglo X al mantenerse como un bastión fiel a los omeyas, en contraste con otras poblaciones que se unieron a la rebelión de Umar ibn Hafsún y fueron castigadas por ello. Málaga se vio sobre todo beneficiada por el intervencionismo omeya en el otro lado del Estrecho, al convertirse en un apoyo logístico importante. Desarrolló fuertes lazos comerciales con Ceuta y otros puntos del Magreb.

Teniendo en cuenta estos intereses económicos, no es de extrañar que Ali ibn Hammud desembarcase en esta población y que Yahya la convirtiera en su residencia. Es muy probable que el tercer califa hammudí construyera la alcazaba de Málaga. Se estima que la Málaga hammudí tendría unos 15.000 habitantes o algo menos. Se vio beneficiada demográficamente por el declive de Córdoba y el programa de expansión y embellecimiento llevado a cabo por los hammudíes al convertirla en su sede califal.

El ascenso de la Taifa de Sevilla. Abbadíes contra hammudíes

Zonas de dominio directo hammudí, cecas, y lugares del Magreb donde fueron reconocidos, por Alejandro Peláez Martín.
Zonas de dominio directo hammudí, cecas, y lugares del Magreb donde fueron reconocidos, por Alejandro Peláez Martín.

El Califato hammudí bajo Yahya ibn Ali tenía como dominios directos las dos orillas del Estrecho, y era reconocido califa en la mayoría de los reinos de taifas del sur, además de Badajoz, y en urbes magrebíes como Fez, Orán y Wadi Law, ciudad bereber situada cerca de Ceuta. El último califa omeya nombrado en Córdoba no suponía ninguna amenaza y fue expulsado de allí en 1031, terminando así con el reinado de la dinastía que antiguamente había gobernado sobre todos los musulmanes.

Quienes sí se convirtieron en una gran amenaza fueron los abbadíes de la Taifa de Sevilla. En sus primeros años aceptaron reconocer a Yahya y pagar tributo, pero no le dejaban entrar en la ciudad porque no querían a sus tropas allí. En 1035 ya se quitaron la careta completamente y proclamaron califa a Hisham II. No el verdadero Hisham II, que había muerto más de dos décadas antes, sino a un impostor que se parecía a él.

Fue el último califa de consenso antes de la guerra civil que había fragmentado al-Ándalus, por eso su nombre seguía siendo potente. Todo el mundo sabía que era una farsa, pero era una pantomima bien recibida por algunos reyes de taifas para no subordinarse a un califa real como era Yahya ibn Ali, del que temían que pudiera reunificar al-Ándalus. El califa hammudí movilizó a su ejército y ocupó la taifa de Carmona, que había reconocido al falso Hisham.

Se produjo una batalla entre los hammudíes y las fuerzas de Sevilla y Carmona, sobre la que tenemos diferentes versiones. La más plausible es que las tropas hammudíes asediaron Sevilla y les salieron en su encuentro en Alcalá de Guadaira. Yahya se puso en un riesgo innecesario y lideró la vanguardia de la carga, pero sus enemigos se colocaron en un terreno favorable para la defensa. En un momento dado terminó rodeado por soldados sevillanos que habían permanecido escondidos.

El califa terminó muerto y se llevaron su cabeza como trofeo. El tablero político de al-Ándalus cambió notablemente. Las pequeñas taifas situadas al sur de Sevilla y las taifas del este de al-Ándalus reconocieron al falso Hisham, incluso Córdoba lo hizo por un tiempo breve, mientras que los bereberes de Carmona se desligaron de la alianza con Sevilla para evitar ser anexados. Idris I sucedió a su hermano en el califato.

En el gobierno de Ceuta y Tánger lo sustituyó su sobrino Hasan ibn Yahya, al que Idris nombró heredero para mantener la paz dentro de la familia. Las hostilidades contra Sevilla continuaron, y en otoño de 1036 los hammudíes y las taifas que los reconocían, como Granada, Almería y Carmona, hicieron una expedición de castigo y saqueo por la Taifa de Sevilla y recuperaron algunas plazas para Carmona. En 1038 la taifa almeriense invadió la de Granada aprovechando que se había producido una sucesión, pero sufrieron una gran derrota y los bereberes ziríes se anexaron Jaén.

Mapa político de la península ibérica, año 1032, por David Cot
Mapa político de la península ibérica, año 1032, por David Cot

En cualquier caso, quizás la pérdida del apoyo de Almería animó a los abbadíes a intentar anexarse Carmona otra vez. Los sevillanos ocuparon Écija y Osuna, y los hammudíes, acompañados de los ziríes, acudieron en auxilio de su aliado. Sin embargo, entraron en pánico al recibir información sobre el número de enemigos. Pensaban que no tenían suficientes hombres para romper el cerco a Carmona y vencer, así que decidieron retirarse.

Cuando el príncipe heredero de Sevilla se enteró de esto, optó por perseguir a los temidos bereberes ziríes y conseguir una victoria decisiva que debilitaría al Califato hammudí y haría ganar influencia a Sevilla. Al conocer estos movimientos, los granadinos contactaron con el ejército hammudí, que estaba cerca, para que acudieran en su auxilio.

Los dos ejércitos lograron unirse e infligieron una terrible derrota a los sevillanos en octubre de 1039. Bereberes al servicio de Sevilla se negaron a enfrentarse a los bereberes de Granada, fuera por lazos entre magrebíes o fuera por temor, y así los abbadíes se quedaron básicamente con los soldados esclavos. El príncipe heredero de Sevilla fue muerto y su cabeza enviada al califa Idris I como prueba del éxito en vengar la muerte de su hermano. No pudo saborear ni aprovecharse mucho de la victoria, porque el hijo del primer califa hammudí murió por una enfermedad muy pocos días después.

Declive y caída del Califato hammudí

La decadencia del Califato hammudí empezó tras la muerte de Idris I, debido a las luchas intestinas entre miembros del linaje, el continuo ascenso de Sevilla y los problemas de abastecimiento de oro y plata de África, como se evidencia en la fuerte pérdida de calidad de las acuñaciones. Recordemos que Idris había nombrado sucesor a su sobrino Hasan, pero un hijo suyo quería gobernar y, con el apoyo de un ministro que quizás quería emplearlo como títere, se declaró califa en Málaga.

Este, conocido como Yahya II, duró muy poco, porque Hasan dejó Ceuta y las tropas comandadas por su lugarteniente saqaliba Naya tomaron Málaga sin mucha dificultad. Hasan perdonó a su primo y al ministro, pero dos años más tarde los ejecutó, no sin antes torturar al ministro para que revelase dónde escondía su tesoro. Esto podría ser otra evidencia de las dificultades económicas que sufría el Estado hammudí.

A finales de 1042 la esposa del califa Hasan, que era a su vez hermana de Yahya II, se vengó de la muerte de su hermano y envenenó a su marido, o al menos ese es el rumor que circuló. Alguna crónica nos dice que Hasan no tuvo hijos, pero la mayoría afirma que sí dejó un hijo pequeño a cargo de Naya, que había nombrado gobernador de Ceuta, pero al morir su padre éste decidió asesinarlo.

Hasan fue sucedido por su hermano, Idris II, pero Naya ya había revelado sus ambiciones y cruzó el Estrecho, dejando a otro liberto de confianza en Ceuta. Un comerciante y alfaquí que actuaba de ministro en Málaga y era amigo de Naya apresó a Idris II, y así Naya usurpó el poder y trató de gobernar el Califato hammudí en nombre de un califa títere.

Luego organizó una expedición para conquistar Algeciras, donde se encontraban dos hijos del califa al-Qasim. Pero en un giro cómico, la madre de estos salió a darle una bronca y Naya se echó para atrás al ver que sus tropas no estaban muy animadas para un asalto. En el camino de regreso a Málaga soldados bereberes mataron a Naya, porque no apoyaban el plan de este liberto europeo para convertirse en gobernante en la sombra. El ministro que encerró a Idris II fue asesinado también, según unas versiones por los bereberes, según otras por el pueblo llano malagueño.

Pocas taifas reconocieron a Idris II, prueba de la debilidad del Califato hammudí, mientras que la mayoría pasaron a reconocer al falso Hisham de Sevilla. Incluso mantenía unas relaciones tensas con sus aliados más importantes, los ziríes de Granada, porque sus soldados bereberes pertenecían a una facción rival. Mandó encarcelar en una fortaleza a dos primos hijos de Idris I, pero finalmente el gobernador del castillo proclamó a uno de ellos califa, llamado Muhammad al-Mahdi. Poco después, a principios de 1047, Idris II fue depuesto.

Como es habitual para los últimos califas hammudíes, tenemos informaciones contradictorias. Según unas fuentes, al enterarse del pronunciamiento de al-Mahdi, los soldados negros de la alcazaba de Málaga lo apoyaron y se atrincheraron, en contra de la voluntad mayoritaria de los malagueños que era de apoyo a Idris II, pero este habría decidido no derramar sangre y se habría retirado a Bobastro, lugar de difícil acceso cercano a Málaga. Según otras, fue el pueblo malagueño el que no dejó volver a entrar a Idris II cuando éste se fue de caza.

Pronto Muhammad al-Mahdi se ganó la misma fama de berberófobo que el califa omeya del mismo nombre, así que soldados bereberes pasaron a volver a apoyar a Idris II. Con el apoyo de los ziríes de Granada, Idris II se enfrentó a su primo, pero sufrió una gran derrota. Entonces, el califa perdedor tomó refugio en Ceuta. El rey de Granada no quería jurar fidelidad a Muhammad al-Mahdi, de manera que proclamó califa al hijo del segundo califa hammudí que se encontraba en Algeciras, Muhammad ibn al-Qasim.

Taifas hacia el 1047-1048 según qué califa reconocían, por Alejandro Peláez Martín
Taifas hacia el 1047-1048 según qué califa reconocían, por Alejandro Peláez Martín

También apoyaron el reconocimiento Badajoz, Carmona, Morón, Ronda y Arcos, que formaron una coalición contra la expansionista Taifa de Sevilla, que causó destrucción, pero falló en tomar la ciudad por desavenencias entre las partes. Estas guerras entre hammudíes dieron lugar a una situación esperpéntica que causaba vergüenza a los andalusíes. A pocos kilómetros de distancia se encontraban cuatro hombres que decían ser califas: el falso Hisham II en Sevilla, Muhammad al-Mahdi en Málaga, Idris II en Ceuta y Muhammad ibn al-Qasim en Algeciras.

Las bases de poder propias de los califas hammudíes quedaron muy debilitadas, y así estaban a merced de los tejemanejes de los reyes de taifas. Si por estas guerras dinásticas el Califato hammudí quedó desmembrado, lo que sigue es la historia de la caída de cada uno de esos trocitos en manos de personajes más ambiciosos y poderosos. Muhammad ibn al-Qasim fracasó en tomar Málaga y murió poco después. Su hijo gobernó Algeciras sin proclamarse califa, pero con solo 200 jinetes no pudo hacer frente a la expedición de conquista por tierra y mar de la Taifa de Sevilla en 1054.

El gobernador de Ceuta, el bereber Suqut al-Bargawati, acogía a Idris II, pero este no tenía ningún poder. Cuando otros bereberes ofrecieron su apoyo para librarse de Suqut y que el hammudí pudiera reinar, Idris II ingenuamente informó de ello a Suqut y este expulsó a esos bereberes y a Idris. Desde entonces gobernó como rey independiente de Ceuta, mientras que el hammudí tomó refugio en la Taifa de Ronda.

Dirham acuñado por Idris II en 1046. Usa el hexagrama asociado a la iconografía de Salomón, rey biblíco sabio y justo
Dirham acuñado por Idris II en 1046. Usa el hexagrama asociado a la iconografía de Salomón, rey biblíco sabio y justo

Un hermano del califa de Málaga, enemistado con él, cruzó el Estrecho y gobernó durante un tiempo los bereberes de Wadi Law. Muhammad al-Mahdi de Málaga murió envenenado en 1053 por una copa que le envió el rey de Granada. Lo sucedió brevemente su sobrino Idris III, hijo de Yahya II, pero tuvo que tomar refugio en Córdoba porque Idris II se marchó de Ronda para gobernar Málaga, hasta su muerte en 1055.

Idris II fue el último califa hammudí pronunciado como tal en las mezquitas, por lo menos más allá de Málaga. Tuvo dos hijos, Muhammad II que le sucedió en el gobierno de la ciudad, y otro que fue el abuelo del famoso geógrafo árabe conocido como al-Idrisi, que sirvió en la corte normanda de Roger II de Sicilia. Llegados a este punto, los hammudíes de Málaga no eran más que unos reyes de taifas, y antes de que Málaga terminase anexada por Sevilla como le había ocurrido a Algeciras, el rey de Granada decidió conquistarla él.

En efecto, en el año 1056 los bereberes ziríes, que habían sido los mejores aliados de los hammudíes, dijeron hasta aquí. Su rey, Badis ibn Habus, llevaba años pensando en ello ante la decadencia de los califas, y se lanzó con una guerra por las comarcas malagueñas. La ciudad de Málaga se entregó después de comprar la voluntad de su juez y de notables malagueños.

Muhammad II fue acogido por la dinastía árabe que gobernaba en Almería, como ya habían hecho otros miembros de la familia. Regresó a la escena política en 1067, cuando los habitantes de Melilla y la bahía de Alhucemas lo eligieron para liderarlos, y murió un año después. Ese fue el último hammudí en gobernar.

Outro

La verdad es que da pena ver que casi desde el principio el Califato hammudí se enfrentó con grandes problemas para ser viable y tener éxito en restaurar la unidad de al-Ándalus bajo una nueva dinastía. Ya partían de una situación adversa, porque el asedio a Córdoba de 1010 a 1013 cortó las comunicaciones de la capital con las provincias y permitió que emergieran los reinos de taifas.

La muerte y destrucción provocadas por la guerra hicieron que la capital perdiera su enorme superioridad demográfica respecto a otras ciudades andalusíes y que resultase más difícil dominar el resto del país a través de Córdoba. Las bases del Estado omeya, con un delicado equilibrio entre andalusíes, saqaliba y bereberes, habían saltado por los aires. Pero, pese a todas estas adversidades, no puedo evitar preguntarme: ¿qué habría pasado si Ali ibn Hammud no hubiera sido asesinado? ¿Y si no se hubieran saltado los derechos sucesorios de Yahya? ¿Se hubiera podido unificar con el tiempo al-Ándalus bajo liderazgo hammudí?

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Fuentes

Cot Cañigueral, David. La fitna del Califato de Córdoba. La guerra civil que destruyó al-Ándalus.

Cot Cañigueral, David. Taifas. Así se pelearon por un califato que ya no existía.

Rosado Llamas, María Dolores. La dinastía hammûdí y el califato en el siglo XI. CEDMA, 2008.

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