El 13 de octubre de 1909 un hombre estaba plantado frente a un pelotón de fusilamiento. El condenado, sereno ante la muerte, exclamó: “¡Muchachos, apuntad bien, y disparad sin miedo! ¡Soy inocente! ¡Viva la Escuela Moderna!”. Y entonces los soldados dispararon y lo mataron. El ejecutado estipuló en su testamento que no quería que lo convirtieran en un ídolo, pero su último deseo fue completamente ignorado. Las calles de media Europa se llenaron de obreros y republicanos gritando su nombre. Para la izquierda laica, aquel hombre se convirtió en el mártir de la razón frente al oscurantismo católico.
¿Pero quién era ese hombre y por qué fue asesinado por el Estado español? Soy David Cot, presentador de Memorias Hispánicas, y voy a contarte la vida de Francisco Ferrer i Guàrdia, el anarquista fundador de la Escuela Moderna, al que señalaron falsamente como la cabeza detrás del movimiento revolucionario de 1909.
- Los primeros años de Francisco Ferrer como revolucionario
- Una escuela laica y anticlerical
- Las conspiraciones de Ferrer contra el rey
- La Semana Trágica y la búsqueda de un cabeza de turco
- Un juicio con la sentencia ya escrita
- La ejecución de Francisco Ferrer
- La reacción al martirio de Francisco Ferrer
- Outro
- Fuentes
Los primeros años de Francisco Ferrer como revolucionario
Francisco Ferrer nació en 1859 en el seno de una familia de campesinos propietarios medianos, católicos y conservadores. Pero él no siguió los pasos de su familia. Con catorce años empezó a trabajar en Barcelona para un comerciante republicano, que lo llevó a reuniones que politizaron al joven. De los diecinueve a los veintiséis años trabajó de revisor en la línea de ferrocarril que unía Barcelona con Francia. Ese empleo fue importante porque le dio la oportunidad de actuar de enlace para intercambiar cartas entre republicanos españoles exiliados en Francia, encabezados por Manuel Ruiz Zorrilla, y republicanos ubicados en Cataluña. Según confesó el propio Ferrer, colaboró en la insurrección de Santa Coloma de Farners de 1884. Así Ferrer se inició en el mundo de las conspiraciones contra la monarquía de España. El republicanismo de Ruiz Zorrilla se caracterizaba por la vía insurreccional para tomar el poder y para ello contaba con buenos contactos en el Ejército, que le permitieron estar detrás de numerosos levantamientos, todos ellos fracasados.
En aquel mismo tren donde picaba billetes conoció a su esposa, Teresa Sanmartí. Un flechazo de vagón que derivó en una boda rapidísima y en un matrimonio infernal. A ella la política le importaba un pimiento y le fastidiaba que su marido se pasara las horas leyendo a autores subversivos en vez de tratar de ascender en la compañía ferroviaria. Ferrer terminó tan harto de su esposa que se mudó a París, donde dio clases de español y regentó una tienda de vinos. La cosa acabó tan mal que en junio de 1894 Teresa le pegó tres tiros con un revólver. Por pura suerte la vida de Ferrer no terminó allí. Tuvo una vida amorosa tan accidentada como sus aventuras políticas, pero formalmente no pudo divorciarse porque la ley española no lo permitía.
Ideológicamente, Francisco Ferrer todavía estaba formándose en la última década del siglo XIX. Se unió a la logia masónica Gran Oriente de Francia, que se caracterizaba por su defensa de la libertad religiosa, del laicismo estatal y de la democracia republicana. Durante unos años estuvo vinculado al socialismo marxista. En el congreso de la Internacional Socialista de Londres de 1896, Ferrer acudió como uno de los delegados del Partido Obrero Francés. Él fue de los que votaron en contra de la exclusión definitiva de los anarquistas de la Internacional, pero salió adelante la propuesta de que solo los partidos socialistas y sindicatos que aceptaran la vía legislativa y parlamentaria tendrían cabida en ella. Desde entonces Ferrer dejó de militar en el socialismo marxista y sus postulados viraron hacia el anarquismo y el sindicalismo revolucionario de la Confederación General del Trabajo francesa, que influyó mucho en el posterior desarrollo de la CNT y en la defensa de la huelga general revolucionaria, como vimos en una entrevista con Julián Vadillo.
Los biógrafos de Francisco Ferrer coinciden en señalar que para él era más importante hacer la revolución que el tipo de revolución que fuera. Si Ferrer se había sentido atraído por el republicanismo de Ruiz Zorrilla, quien era bastante conservador, fue más por su voluntad de acción directa e insurreccional contra la monarquía que por otra cosa. En 1892, junto a un joven Alejandro Lerroux, quien luego se convertiría en un destacado republicano derechista anticlerical y anticatalanista, Ferrer escribió y difundió una proclama revolucionaria en la que pedía solamente a 300 hombres dispuestos a jugarse el cuello para organizar un levantamiento en Madrid. Entonces Ferrer tenía una visión muy simple del mundo y confiaba demasiado en que bastaba con echarle huevos para triunfar. Era la revolución por la revolución, con la voluntad fundamental de destruir el orden monárquico y clerical, sin preocuparse demasiado por la forma concreta del porvenir.
Una escuela laica y anticlerical

Francisco Ferrer lo habría tenido fácil para gozar de una vida burguesa en París. No obstante, decidió seguir involucrado en iniciativas revolucionarias, nunca como orador ni como intelectual, sino más bien en actividades de organización y apoyo. Tuvo una nueva pareja, pero el dinero para fundar la Escuela Moderna y su editorial se lo dejó, al morir en 1901, una católica que había sido alumna suya de español. Los enemigos de Ferrer lo llegaron a pintar como un seductor que estafó a una dama mayor y solitaria, pero solo fue una amiga, probablemente enamorada platónicamente de Ferrer, que se fue abriendo un poco a sus ideas y aceptó financiar una escuela laica. Lo que no sabía su amiga es que Ferrer pretendía darle una orientación libertaria a la escuela, porque de haberlo sabido seguramente no habría soltado un duro.
Francisco le comunicó a un anarquista catalán las intenciones que tenía sobre su proyecto educativo: “Tengo la intención de fundar una Escuela Emancipadora, la cual se encargará de desterrar de los cerebros lo que divide a los hombres (religión, falso concepto de la propiedad, patria, familia, etc.), para alcanzarles la libertad y bienestar que todos apetecemos y que nadie goza por completo. […] Tendremos que hacer de manera que todos los hechos de la Escuela sean libertarios interiormente, por sus libros, por sus prácticas, etc., sin que exteriormente se haga alarde de ello.” Ocultando sus intenciones, la Escuela Moderna fue capaz de atraer a muchos alumnos de familias burguesas progresistas. Su escuela formaba parte de un movimiento más amplio de escuelas laicas. Hay que pensar que más de dos tercios de los alumnos barceloneses de principios del siglo XX acudían a escuelas privadas, la inmensa mayoría religiosas. Las escuelas laicas como la de Ferrer eran vistas por los clericales como una amenaza a su control de conciencias, y en eso no se equivocaban. Que Ferrer fuera anarquista, masón, librepensador y anticlerical influyó decisivamente en que se lo quisieran cargar, y más tras haber fundado una escuela sin Dios.
Con todo, hay que decir que la Escuela Moderna que Ferrer fundó en Barcelona y que funcionó entre 1901 y su cierre por orden gubernamental en 1906 ha sido muy mitificada. Se la ha presentado como una revolución pedagógica puramente científica y racional, adelantada a su tiempo, pero Ferrer no fue un innovador de la pedagogía. La escuela mixta con niños y niñas en una misma aula, la evaluación continua, el aprendizaje mediante el contacto con la naturaleza y la experiencia práctica o el rechazo a los premios y castigos eran ideas que ya estaban en marcha en escuelas extranjeras, y solo podían parecer rompedoras en el contexto español de escuelas dominadas por el clero católico.
También hay que decir que aplicó poco el principio que él mismo predicaba de dejar que los estudiantes aprendieran según sus intereses y habilidades, con el profesor limitado a hacer de guía. La Escuela Moderna presumía de librar a los niños y niñas de todo dogma, pero se puede decir que sustituyó el adoctrinamiento católico por otro adoctrinamiento, rabiosamente anticlerical y contrario a los nacionalismos y al gobierno. Con esto quiero decir que no enseñaba a los estudiantes a razonar y a llegar por sí mismos a posiciones anarquistas, sino que trataba de dictar que el clero o los políticos son muy malos y ya está. Por tanto, desde el anarquismo se pueden hacer críticas muy bien fundamentadas a los métodos reales que aplicó la Escuela Moderna. Que se la haya puesto en un pedestal tiene más que ver con el martirio posterior de su fundador que con sus méritos pedagógicos. Y si estás disfrutando del episodio, por favor dale a me gusta y piensa en hacerte mecenas en Patreon o YouTube, como han hecho recientemente Andrés Tobío, Adrián Castillo y Guillermo González. Tienes los enlaces en la descripción.
Las conspiraciones de Ferrer contra el rey

A Ferrer lo condenaron a muerte por algo que no hizo, mientras que dos conspiraciones en las que sí estuvo implicado nunca le costaron una condena. Ferrer financiaba la publicación llamada La Huelga General, y en su número de octubre de 1904 incluía una lista de criminales a los que eliminar, entre los que estaba el rey de España, y ofrecía un subsidio mensual a quien cometiera asesinatos. Ferrer era el único anarquista español con la voluntad y los medios económicos para prometer ayudas monetarias. Los sospechosos del atentado de París de 1905 contra el rey, que dejó varios heridos, probablemente fueran los autores materiales, pero acabaron absueltos. Pesó la influencia social de uno de ellos, y también la sospecha, seguramente infundada, de que todo hubiera sido un montaje de la policía española.
Ferrer estuvo implicado de forma más directa en el atentado del 31 de mayo de 1906, el día de la boda de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, que se saldó con más de una veintena de muertos y decenas de heridos. El autor del atentado con bomba fue Mateo Morral, que se suicidó cuando fue acorralado tres días después. Los policías no tardaron en averiguar que era un amigo de Francisco Ferrer que había trabajado en la editorial de la Escuela Moderna. Había otros indicios, como que Francisco habían dado hospedaje y dinero a Morral y que se habían reunido poco antes del atentado, por lo que era más que probable que conociera sus intenciones magnicidas. Ferrer fue detenido y procesado como inductor y pasó un año en la cárcel. A nivel internacional se hizo una campaña a su favor, y también numerosas figuras del republicanismo español le apoyaron, entre ellos Lerroux, que también estaba al tanto del atentado de antemano y quería usar a los anarquistas para desencadenar una insurrección republicana. Finalmente fue absuelto en 1907 por falta de pruebas, después de haber visto embargados algunos de sus bienes y de haberse cerrado su escuela.
La Semana Trágica y la búsqueda de un cabeza de turco
En sus dos últimos años de vida, Francisco Ferrer se centró en organizar actos en España y en otras partes de Europa a favor de una educación libertaria. Siguió viviendo en Cataluña, aunque como una figura con poca influencia en los círculos políticos y sindicales, mientras reforzaba sus contactos europeos. Francisco aportó una cantidad significativa de dinero al periódico y a la federación sindical catalana Solidaridad Obrera, el núcleo sobre el que se fundó la CNT.
En julio de 1909 el Reino de España inició una acción provocadora cerca de Melilla al construir vías ferroviarias sin el permiso del sultán de Marruecos y de las cabilas vecinas. Cuando los rifeños atacaron a los operarios, el gobierno pudo usar su acción imperialista para crear una narrativa en la que eran los españoles las verdaderas víctimas. Rápidamente, el gobierno conservador de Antonio Maura hizo una movilización de soldados de la reserva para enviarlos a combatir en Marruecos, pero muchos españoles entendieron que les obligaban a ser carne de cañón para una campaña sin sentido que solo beneficiaba a un puñado de ricos.

En Barcelona y otras poblaciones cercanas, la orden del gobierno llevó a la huelga general y a un movimiento revolucionario, que ha pasado a la historia como Semana Trágica. Los insurrectos canalizaron su ira contra iglesias, conventos y escuelas religiosas, porque para muchos izquierdistas la Iglesia católica representaba el oscurantismo, la persecución de ideas y la opresión por el vínculo entre Iglesia y Estado. Los rebeldes incendiaron y saquearon los símbolos de las instituciones religiosas, como también ocurriría en 1936, sin que hicieran lo mismo con símbolos burgueses. La movilización empezó con fuerza, pero se fue desinflando cuando se declaró el estado de guerra y el Ejército se dedicó a tareas represivas. Hubo más de un centenar de muertos, cientos de heridos y miles de arrestos. De los condenados, 175 fueron desterrados, 129 fueron sentenciados a penas de prisión y 5 a la pena de muerte, mientras que 34 centros de enseñanza laicos similares a la Escuela Moderna fueron clausurados.
El gobierno de Maura tenía un problema político entre manos. No le convenía que se entendiera la insurrección como un movimiento popular bastante espontáneo nacido de la oposición al militarismo, a la monarquía y a la Iglesia, porque eso habría sido un fracaso gubernamental. Era mejor que fuera una conspiración con un cerebro detrás, para vender la narrativa de que el gobierno había sabido terminar con una amenaza encabezada por un culpable con nombres y apellidos. ¿Y quién mejor que alguien que encarnase el anarquismo insurreccional, el anticlericalismo y la masonería? Por eso Francisco Ferrer i Guàrdia era un candidato ideal para servir de cabeza de turco.
Sin embargo, Ferrer solo estuvo en Barcelona el día 26 de julio, cuando empezó la huelga, y regresó a pie a su casa de campo de Montgat, en la comarca del Maresme, porque se interrumpió la circulación de trenes. Estuvo en su masía durante unos días actuando con normalidad. Pero acabó escondiéndose por la opinión pública que se había generado contra él por la manipulación de la prensa derechista, la única que quedaba tras suspenderse por orden gubernamental la publicación de periódicos izquierdistas. Así se lo contó a un amigo por carta: “Toda la prensa conservadora de Madrid y provincias dice ya que la culpa de lo ocurrido era de la Escuela Moderna y de ese maldito Ferrer que, con las escuelas y la publicación de obras sin Dios y contra Dios han desencadenado la furia en las calles.” El 1 de septiembre el somatén de Alella lo detuvo cuando trataba de llegar a pie a la estación de tren de Granollers. Ferrer no tenía nadie cercano que lo pudiera ayudar a escapar de otra manera, porque sus amigos ya habían sido arrestados y desterrados. Tras el arresto, estuvo incomunicado durante un mes para no darle tiempo a impulsar una campaña a su favor.
Un juicio con la sentencia ya escrita
Entonces empezó una farsa de proceso judicial mediante un consejo de guerra. El instructor, el comandante Valerio Raso, desde el primer minuto se empeñó en encontrar pruebas de una culpabilidad que daba por descontada. El auto de procesamiento calificaba a Ferrer de autor y jefe de una rebelión militar consumada.
Por si fuera poco, buena parte de los testigos que declararon ante el tribunal militar eran adversarios políticos del acusado, por ejemplo, miembros del Partido Republicano Radical de Lerroux, que en el último año habían tenido muchos choques con los anarquistas debido a la pugna que mantenían por el control del movimiento obrero en Cataluña. Señalando a Ferrer mataban dos pájaros de un tiro, al culpar a los anarquistas y minimizar o negar su participación en el levantamiento. Otros que le acusaron eran del Comité de Defensa Social, una organización del catolicismo más rancio creada por el II marqués de Comillas con el objetivo de luchar contra el sindicalismo, los partidos republicanos, y cualquier apoyo a la aconfesionalidad del Estado. Los Manos Limpias de la época, vaya. Un declarante interesante fue un dependiente de una barbería y militante republicano llamado Francisco Domènech, que dijo que el 26 de julio acompañó a Ferrer hasta la sede de los lerrouxistas para sondear su posición respecto a la huelga. Pero Domènech no pudo ser interrogado de nuevo porque tres días después de declarar cogió un vapor rumbo a Argentina. Muy, pero que muy sospechoso. ¿Quién le proporcionó el dinero para fugarse? Probablemente serían los republicanos radicales, que no querían que hablase más del encuentro de uno de sus dirigentes con Ferrer.
Las pruebas contra Ferrer eran muy flojas y circunstanciales. Incluso si diéramos por ciertas algunas declaraciones, lo único que se puede concluir es que el inicio de la huelga general en Barcelona lo animó a contactar con el Partido Republicano Radical y con Solidaridad Obrera. Siempre creyó que republicanos y anarquistas debían colaborar para tumbar juntos la monarquía y la Iglesia. Sin embargo, chocó con la negativa de los dirigentes republicanos y solo logró hablar con un miembro destacado del sindicato. Eso refleja lo poco que pesaba ya en la Barcelona de 1909, y explica por qué decidió volver a su masía. Nada lo vinculaba con la organización de los sucesos de julio, y como mucho se le hubiera podido imputar por incitar a la rebelión.
El consejo de guerra, reunido el 9 de octubre, fue un trámite exprés que no dejó escuchar a testigos. Total, pa qué, si ya tenían la sentencia redactada. El fiscal que pedía la cabeza de Ferrer incluso aceptaba rumores y supuestos razonamientos lógicos como pruebas. En eso la justicia española ha cambiado muy poco cuando toca ir contra izquierdistas, como se ha observado en la última década. El capitán de ingenieros que defendió a Francisco Ferrer hizo un buen trabajo y refutó las acusaciones, pero solo le habían dado 24 horas para examinar 600 páginas de sumario. Denunció que solo declararon los enemigos de Ferrer, y que no dejaron testificar a ninguno favorable. Pero sus quejas cayeron en saco roto.
Sin pruebas contra Ferrer i Guàrdia por los delitos que se le imputaban, el consejo de guerra lo condenó a muerte. El gobierno podría haber intervenido con un indulto, como tantas veces había hecho al ceder a la presión de la calle, pero no lo hizo. Prácticamente nadie en España creyó en la inocencia de Ferrer, porque estaban convencidos de que había participado en el atentado de 1906 contra el monarca. Tampoco pidieron su indulto. Para los católicos personificaba las amenazas de la sociedad de su tiempo. Para los republicanos radicales era un rival molesto y convertirlo en chivo expiatorio servía para exculparse, cuando en realidad varios republicanos lerrouxistas habían participado en la quema de edificios religiosos. Los socialistas y los catalanistas miraron para otro lado. Ni siquiera salieron en su defensa los sindicalistas de Solidaridad Obrera. Ya bastante tenían con la represión sufrida tras la Semana Trágica, y además muchos veían en Ferrer no a uno de los suyos, sino a un aliado burgués que podía financiarlos. De nuevo quedaba en evidencia lo solo que estaba Francisco Ferrer en su propio país.
El derechista catalanista Francesc Cambó recordó en un debate parlamentario: “Si culpa hay por el fusilamiento de Ferrer, culpa es de todo el cuerpo social, principalmente de Barcelona; todos los ciudadanos de Barcelona hemos fusilado a Ferrer no pidiendo su indulto.” El papado hizo correr el rumor de que estaba gestionando el indulto, para que los izquierdistas no culpasen a la Iglesia de la ejecución. En realidad, el Vaticano no movió un dedo. Y el gobierno de Maura tampoco optó por la clemencia, porque ceder ante la presión internacional se podía leer como un gesto de debilidad y una humillación nacional.
La ejecución de Francisco Ferrer
La ejecución se llevó a cabo el 13 de octubre de 1909. Las últimas horas del reo en el castillo de Montjuic fueron una demostración de entereza y dignidad, como reconoció el teniente Modesto de Lara de la Guardia Civil, sobre el que por cierto haré el próximo vídeo. El capellán insistió una y otra vez en reconciliarlo con la religión, en hablarle del alma y del más allá, y Ferrer, con toda la educación del mundo, le pidió que lo dejara en paz. No le hicieron caso en su petición de que retirasen el crucifijo que tenía delante, pero tampoco protestó mucho. Pasó su última noche escribiendo cartas a su compañera Soledad Villafranca y al anarquista francés Charles Malato y dictando su testamento.
En su testamento dejaba claro que no quería que lo idolatrasen tras su muerte: “Deseo que en ninguna ocasión ni próxima ni lejana, ni por uno ni otro motivo, se hagan manifestaciones de carácter religioso o político ante los restos míos, porque considero que el tiempo que se emplea ocupándose de los muertos sería mejor destinarlo a mejorar la condición en que viven los vivos, teniendo gran necesidad de ello casi todos los hombres. […] Deseo también que mis amigos hablen poco o nada de mí, porque se crean ídolos cuando se ensalza a los hombres, lo que es un gran mal para el porvenir humano. Solamente los hechos, sean de quien sean, se han de estudiar, ensalzar o vituperar, alabándolos para que se imiten cuando parezcan redundar al bien común, o criticándolos para que no se repitan si se consideran nocivos para el bien general.” Por la mañana del 13 de octubre, Francisco Ferrer mantuvo la serenidad ante la muerte y fue fusilado como describí al empezar el episodio, al grito de viva la Escuela Moderna. Y en ese preciso instante, el hombre dejó paso al mito y las fichas de dominó empezaron a caer.

La reacción al martirio de Francisco Ferrer
Todo empezó por la reacción internacional que generó el fusilamiento de Ferrer i Guàrdia. Ya antes de su ejecución hubo movilizaciones en París, como una manifestación en automóviles que por su originalidad tuvo bastante repercusión, o campañas en la prensa anarquista, socialista y republicana liberal en contra del gobierno español en varios países. Pero cuando la noticia de la ejecución se conoció, la tarde del 13 de octubre, los periódicos de izquierdas de Francia sacaron ediciones extraordinarias y llamaron a una manifestación frente a la embajada española en París. Se saldó con un policía muerto y varios heridos. Se calificaba su muerte como un crimen de los reaccionarios clericales y militares. En los días siguientes se produjeron más manifestaciones, y la mayor fue la organizada por los socialistas el 17 de octubre, que logró convocar a 60.000 personas en una marcha pacífica.
En Italia, donde el anticlericalismo y el anarquismo eran fuertes, también hubo muchas protestas a raíz del crimen de estado. En Roma, Milán, Nápoles, Génova o Florencia se convocaron huelgas generales y manifestaciones que frecuentemente terminaron en choques violentos con la policía. Por la influencia cultural del catolicismo en Italia, allí Ferrer fue frecuentemente reivindicado como un apóstol de la modernidad y un mártir a la manera de Jesucristo, porque su ejecución, lejos de acabar con sus ideas, las hizo más fuertes. En Bélgica salieron a la calle miles de manifestantes y la ejecución de Ferrer se comparaba con las ejecuciones en tiempos de Felipe II, que representaban para ellos una demostración de la intolerancia y el dogmatismo del catolicismo español. Del mismo modo, en Alemania, Reino Unido, Suiza, Rumania, Rusia o Argentina hubo manifestaciones.
El ruido que generó el fusilamiento fuera de España solo se entiende por dos razones. Primero, revivía el tópico de la España inquisitorial de curas y verdugos que perseguían a la gente por sus ideas. El tópico ya había reaparecido por los procesos de Montjuic de 1896, en los que se ejecutaron y torturaron brutalmente a cientos de anarquistas. Y segundo, por las redes de contactos de anarquistas, masones, republicanos y librepensadores que Ferrer había tejido a lo largo de su vida con congresos, sus viajes y estancias en el extranjero y sus campañas a favor de escuelas racionalistas. Hay que pensar que sus contactos internacionales incluían pesos pesados del anarquismo como Piotr Kropotkin, Élisée Reclus, Errico Malatesta o Luigi Fabbri.
Francisco Ferrer entró de inmediato en el panteón de mártires de la izquierda europea, laica y revolucionaria. Se le comparó con el capitán Dreyfus, un militar judío cuya condena de prisión bajo cargos falsos dividió a la sociedad francesa. Ferrer era el Dreyfus español, un inocente perseguido por la reacción y el fanatismo. Claro que, en realidad, Ferrer no era tan inocente. Lo era de la Semana Trágica y del rol de liderazgo que se le atribuyó, pero no de determinados hechos y complicidades con atentados anteriores. Los valedores extranjeros de Francisco Ferrer sabían que un anarquista partidario de la dinamita no iba a generar demasiadas simpatías entre quienes se consideraban moderados y aceptaban el statu quo. Así que minimizaron u ocultaron su ideología, borraron su pasado en tramas revolucionarias y lo reinventaron como un pacífico pedagogo laico, un mártir de la enseñanza secular y de la ciencia frente a la superstición y el dogmatismo. Esta imagen endulzada dio sus frutos, y brotaron escuelas inspiradas en la suya por otros países, aunque la mayoría duraron pocos años. Donde más triunfó el movimiento de escuelas libertarias fue curiosamente en Estados Unidos, donde una escuela inspirada en el anarquista español siguió funcionando hasta 1953.
Como en la izquierda europea el martirio de Ferrer provocó indignación, la izquierda española no pudo quedarse atrás y se sumó a la campaña contra el gobierno. El prestigio exterior de España se vio severamente tocado por la intransigencia del rey Alfonso XIII y del presidente Antonio Maura. La crisis dio la oportunidad al Partido Liberal de volver al gobierno. La ejecución de Ferrer se llevó por delante el gobierno de Maura ocho días después, porque el monarca estaba convencido de que no podía enfrentarse a media España y más de media Europa. Como era habitual en el sistema político amañado de la Restauración, era el rey quien decidía si tocaba gobierno conservador o liberal y usaba la red de caciques para fabricar la mayoría parlamentaria que le convenía.
No obstante, la muerte de Ferrer no llevó solamente a la caída de un gobierno. Maura y sus seguidores dejaron de estar conformes con el turno pacífico entre conservadores y liberales monárquicos, y en 1913 se escindieron del Partido Conservador. La ejecución de Ferrer había supuesto un golpe crucial a la monarquía de Alfonso XIII, la misma que el revolucionario siempre había querido derribar. A Francisco Ferrer i Guàrdia no lo fusilaron por lo que hizo. Lo fusilaron por lo que era: un anarquista, masón, ateo y propagador del anticlericalismo. El Estado español cometió un asesinato legal contra unas ideas que amenazaban su orden político y socioeconómico. Pero las ideas no se fusilan. Y el anarquismo, lejos de morir con él, se expandió por España con más fuerza que nunca.
Outro
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Fuentes
Avilés Farré, Juan. Francisco Ferrer y Guardia: Pedagogo, anarquista y mártir. Marcial Pons Historia, 2006.
Bergasa, Francisco. ¿Quién mató a Ferrer i Guardia? Aguilar, 2011.
Bray, Mark y Robert H. Haworth, editores. Anarchist education and the modern school: a Francisco Ferrer reader. PM Press, 2018.
Vadillo Muñoz, Julián. Historia de la CNT: utopía, pragmatismo y revolución. Los Libros de la Catarata, 2019.
Velázquez Vicente, Pascual. Estudio histórico-jurídico de la causa contra Francisco Ferrer Guardia, instruida y fallada por la jurisdicción de guerra (1909). 2012. UNED, tesis doctoral.

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