Emborracharse en la Edad Media

Los medievales se zampaban una botella de vino por persona al día. ¿Acaso iban borrachos todo el día? Te explico cómo era emborracharse en la España medieval, desde qué se bebía y quién bebía más hasta dónde se iban de copas y en qué líos podían meterse con las autoridades.

Dos mitos a desmontar

Antes de entrar en materia, hay que desmontar dos ideas que se repiten hasta la saciedad. La primera sostiene que la gente medieval bebía vino porque el agua estaba contaminada y era peligrosa por las enfermedades que pudiera ocasionar. Suena plausible, sí, pero es una explicación exagerada e incompleta. Los medievales bebían agua, y sabían perfectamente que había aguas mejores y peores. Es cierto que uno de los motivos por los que se consumía mucho vino en la Edad Media es que no siempre estaba garantizado el acceso a agua potable, pero otra razón de peso es que el vino hidrataba, se le atribuían propiedades curativas y era una fuente de calorías en una época en la que el consumo de carne era mucho más reducido y en general la ingesta calórica era menor. Tanto es así que el vino formaba parte de la tríada mediterránea de alimentos fundamentales, junto al pan y al aceite de oliva.

El segundo mito es que el consumo de alcohol entre los musulmanes de al-Ándalus demuestra la supervivencia de una esencia española que el islam no logró borrar con sus prohibiciones legales. Esta interpretación, propia de cuando todavía se hablaba de “España musulmana”, no se sostiene por una razón muy simple: también se embriagaban en el resto de países islámicos. Así que no, los musulmanes andalusíes no eran unos oportunistas que se convirtieron al islam para obtener ciertas ventajas mientras mantenían sus costumbres hispanas en lo que les convenía. Lo que sí es cierto es que abundaban los bebedores entre cristianos, musulmanes y judíos, y eso es lo que vamos a ver hoy.

¿Qué se bebía?

Tacuinum sanitatis de Ibn Butlan (Austria, c. 1380). Dos hombres catando vino añejo y oloroso
Tacuinum sanitatis de Ibn Butlan (Austria, c. 1380). Dos hombres catando vino añejo y oloroso

Bien, empecemos por lo más básico: ¿qué bebía la gente cuando se emborrachaba? En la Edad Media no te podías encontrar la gran variedad de bebidas alcohólicas de hoy en día. No existía el whisky, ni el ron, ni la ginebra, o sea que olvídate de los cubatas. Existía el aguardiente, pero en esos siglos solo se recetaba como medicina para un montón de dolencias. La cerveza era popular en algunos países del norte y del centro de Europa, pero su consumo era prácticamente inexistente en la España medieval. En Asturias, a falta de un clima más adecuado para la vid, eran muy abundantes los pomares para fermentar el zumo de manzana y producir sidra, otra bebida alcohólica que incluso se exportaba a regiones cercanas.

Sin embargo, la bebida que era sinónimo de alcohol en la Edad Media era el vino. El más consumido era un vino joven, de menos de un año, flojo, que podía ser blanco o tinto. Pero había mucha variedad de vinos: dulces, rancios, de alta graduación, de olor fuerte, rosados, mezclados con miel y muchos otros. Los vinos pensados para emborracharse podían alcanzar los 13, 14 o incluso 15 grados. Eran los que en el extranjero se llamaban “vinos del sur”, generosos, olorosos, que se elaboraban con uvas asoleadas o pasificadas. El poeta y escritor inglés de finales del siglo XIV Geoffrey Chaucer, autor de Los cuentos de Canterbury, decía del vino blanco de Lepe que, tras beber tres tragos, un hombre creía estar en España aunque estuviera en su casa de Londres. Estos eran los vinos que emborrachaban de verdad.

Las leyes cristianas permitían el consumo de alcohol sin poner muchas pegas. En términos morales se seguía la noción bíblica de que el vino alegra el corazón si se bebe con mesura, pero es amargura del alma si se bebe en exceso. Los preceptos religiosos judíos eran más exigentes. Para ellos, un vino kosher, es decir, apto según la ley judía, debía ser elaborado por judíos. El cultivo y la vendimia podían correr a cargo de no judíos, pero solo podían participar judíos en la elaboración, el almacenaje y la venta del vino. Uno de los motivos de esa exclusión era que un vino apto debía ser lo más puro posible, lo que significa que no se le podía añadir agua, yeso o cal, como hacían muchos cristianos.

En cuanto a los musulmanes, el Corán prohíbe el jamr, el vino de uva fermentado. Existía el nabid, una bebida alcohólica que se preparaba macerando dátiles, pasas o higos en agua, y cuya legalidad discutieron los juristas. Pero en al-Ándalus el debate duró poco, y para el siglo XI el jamr y el nabid eran palabras completamente intercambiables para referirse al vino. En el siglo XII apareció otra categoría, el rubb, un mosto o zumo de uva cocido que algunos defendían como lícito. Pero tampoco quiero darle mucha importancia a unas discusiones legales que quedaban circunscritas a un círculo reducido, porque en la práctica era bastante normal el consumo de vino entre los musulmanes andalusíes. El tema del alcohol en al-Ándalus lo menciono en mi libro Historia de España. La Alta Edad Media (siglos VIII-X), que no está ni estará disponible en librerías, pero todavía puede comprarse mediante crowdfunding hasta el 18 de octubre. Es la mejor síntesis que existe de los primeros siglos medievales, una época experimental y formativa apasionante. Así que si quieres informarte más sobre él y hacerte con una copia ve a vkm.is/historiaespaña a través del enlace de la descripción.

¿Quién bebía y cuánto?

Volviendo al tema del episodio, en la Edad Media gente de todas las clases, edades y profesiones consumía alcohol. A partir de los seis años ya era normal que los niños bebieran vino. Sí, sí, lo has oído bien, a menudo rebajado con agua o mezclado con pan. Se bebía a todas horas porque, como dije, se usaba como agua que además aportaba nutrientes. Las cifras que tenemos para los reinos cristianos son impresionantes y delatan la centralidad del vino en la vida cotidiana. Según el catedrático Juan Piqueras, el consumo medio medieval estaba en una botella de vino entera por persona y día. Es una cifra muy elevada si la comparamos con la actual. Piensa que en la España actual el consumo medio por persona está solamente en los 20-21 litros al año, por lo que estamos hablando de unos 55-60 mililitros diarios frente a los 750 mililitros diarios de la Edad Media. Vamos, que iban contentillos todo el día, pero solo contentillos, no borrachos hasta el punto de no poder ni mantenerse en pie, porque el vino de consumo diario era más parecido a una bebida nutritiva que a los vinos peleones que se incluyen en los menús de restaurantes.

Los monasterios son un buen termómetro de lo normalizado que estaba el consumo. Allí las raciones oscilaban entre un cuarto de litro y litro y medio al día, según la regla y la época. En general, en los conventos de monjas las raciones eran más reducidas, pero las mujeres de cualquier condición compartían el vino de la mesa familiar y el de las fiestas. Los que más vino consumían eran los aristócratas, los soldados y los obreros de la construcción. Por ejemplo, los soldados navarros en guerra con Castilla en 1429 recibían casi un litro y medio de vino diario, y los prisioneros de guerra lo mismo. Según se ha podido observar en Gerona, Extremadura o La Rioja, los obreros constructores del siglo XV recibían el vino como parte de su salario y obtenían raciones que iban de 1 a 1,6 litros para asegurarse de que tuvieran fuerzas para el trabajo físico. Los que menos vino bebían eran los pobres que dependían de la caridad, como se ve en las raciones que repartían las catedrales de Cataluña o el hospital de Burgos, entre medio y tres cuartos de litro. Los pobres solían recibir un vino flojo y con tendencia a avinagrarse, y para la hidratación completa del día muchos no tenían más remedio que beber agua, aunque sospecharan que no era segura.

Maqamat de al-Hariri iluminado por Yahya ibn Mahmud al-Wasiti (1237). Musulmanes comiendo en ambiente festivo
Maqamat de al-Hariri iluminado por Yahya ibn Mahmud al-Wasiti (1237). Musulmanes comiendo en ambiente festivo

De al-Ándalus no tenemos datos cuantitativos que nos permitan ver si los niveles de consumo eran parecidos a los del norte. Las fuentes escritas se limitan a registrar anécdotas de borracheras de personajes notables, normalmente para criticarlos, pero sabemos que no solo los cortesanos eran aficionados a la bebida. Cristianos y judíos andalusíes consumían vino y regentaban bodegas y tabernas que eran visitadas por musulmanes. Tenemos anécdotas de juristas censurados moralmente por emborracharse, o de médicos que recomendaban el consumo moderado de vino por sus beneficios para la mente y el cuerpo. De hecho, los reputados médicos orientales al-Razi y Avicena afirmaban que emborracharse una o dos veces al mes era bueno para la salud, así que si bebías podías escudarte en que lo había recetado el doctor. Y en las ciudades, los literatos solían despreciar a los jóvenes procedentes de las clases más marginales, a quienes tildaban de juerguistas, impíos y libertinos.

Por tanto, el consumo de alcohol estaba más extendido de lo que pudiera parecer. En un estudio arqueobotánico de restos orgánicos de las letrinas del sur de al-Ándalus de entre los siglos X y XII, una de cada cinco muestras analizadas eran restos de uvas. Las uvas podían consumirse frescas, podían transformarse en vino, o, si alguien se quejaba de unos viñedos, los campesinos podían alegar que eran para hacer pasas, un alimento muy popular en la gastronomía andalusí. Numerosos agrónomos trataron el cultivo de la vid en detalle e incluyeron en sus calendarios las épocas de cada labor. Eso ya demuestra la importancia económica de este cultivo y que el consumo de vino por habitante era muy significativo.

Con todo, la cultura del consumo de vino entre los musulmanes parece muy distinta de la cristiana, al menos en las fuentes, porque cuando los musulmanes bebían solían hacerlo en un contexto festivo para emborracharse, no como parte de su dieta. Lo dejó claro en el siglo XII el granadino Abu Hamid en conversación con el rey de los húngaros: “La ley religiosa de los musulmanes no es como la de los cristianos. El cristiano bebe vino en las comidas en vez de agua, sin embriagarse, y eso aumenta sus fuerzas. En cambio, el musulmán que bebe vino no busca sino embriagarse hasta el máximo, pierde la razón, se vuelve loco, comete adulterio, mata, dice y hace impiedades, no tiene nada bueno, entrega sus armas y su caballo y dilapida cuanto tiene.”

¿Cómo y dónde se bebía?

Tacuinum sanitatis de Ibn Butlan (Austria, c. 1380). Grupo de hombres bebiendo vino tinto en una taberna
Tacuinum sanitatis de Ibn Butlan (Austria, c. 1380). Grupo de hombres bebiendo vino tinto en una taberna

Beber tenía su propia geografía. En las ciudades cristianas, que se desarrollaron a partir del siglo XI, la taberna era una institución tan corriente como la panadería. Vendía vino al cántaro o al vaso a cualquiera con unas monedas encima, y convivía con las ventas y mesones de los caminos, esenciales para mercaderes y peregrinos. Las tabernas eran los bares de la época, unos locales de socialización de las clases populares que representaban una de las pocas formas de ocio que existían en unos tiempos sin discotecas, sin cines o sin museos. Allí los parroquianos competían por ver quién aguantaba más o quién bebía más rápido. Los juglares y trovadores encontraban en las tabernas su público más fiel, de ahí que muchos poemas y canciones nacieran en esos ambientes. Las tabernas era los lugares donde las jerarquías se difuminaban y todos eran iguales ante la jarra.

Sin embargo, solían tener mala fama porque, además de con la juerga etílica, se asociaban con juegos de dados, habladurías, peleas y prostitución. En la Sevilla cristiana, se buscaba a los criminales en las posadas y tabernas de los barrios de la Ribera y Triana. En Córdoba, las principales denuncias por peleas y altercados procedían de la calle del Potro, donde se concentraban las posadas y el burdel. No es de extrañar que en algunas ciudades, como Salamanca, las tabernas estuvieran excluidas del recinto amurallado y se situaran en las afueras. Pero también eran el epicentro de la solidaridad de clase y de gremio, el lugar donde se cerraban negocios y préstamos, y donde nacían las protestas.

Curiosamente, los monasterios fueron uno de los mayores consumidores y productores de vino. Claro que los monjes obtenían las uvas principalmente del trabajo de campesinos arrendatarios, no de su propio esfuerzo. Y, por supuesto, se bebía en las casas particulares. Para el consumo diario el vino se aguaba para rebajar la graduación alcohólica y no ir a trabajar pedo. Además, mezclarlo con agua servía para estirar las reservas de las clases populares y para desinfectar el agua, ya que los medievales sabían de manera intuitiva algo que ha podido comprobar la ciencia moderna, y es que las bacterias que transmiten la fiebre tifoidea mueren al ser sumergidas en vino.

En todas las fiestas corría el vino con abundancia. En las tabernas, en banquetes de boda y bautizo, y en fiestas como Pascua o Navidad se bebía para emborracharse, pasárselo bien y quizás terminar en la cama con alguien más. En este sentido, no han cambiado mucho las cosas, y dada la asociación entre alcohol y pecado a veces había clérigos amargados que trataban de controlar o prohibir fiestas para evitar el sexo desenfrenado, aunque como siempre había otros hombres de religión que participaban alegremente en esos encuentros. El vino estaba presente en las misas y podía servirse en los velatorios para ahogar las penas, a veces por voluntad del difunto, que podía dejar dinero reservado para que los pobres del pueblo bebieran por la salvación de su alma. Para los judíos el consumo de vino era tan habitual como para los cristianos, tanto en el día a día como en celebraciones como bodas, el Pésaj o el Purim. De hecho, sobre esta última fiesta algunos textos del Talmud sugieren que hay que beber vino hasta caer redondo. Los judíos adinerados eran propietarios de viñas, bodegas y tabernas para cumplir con las normas religiosas hebreas y, por qué no, para estar en un negocio lucrativo.

Hagadá Hermana (Barcelona, c. 1350). Cena de Séder de Pésaj con vino sobre la mesa
Hagadá Hermana (Barcelona, c. 1350). Cena de Séder de Pésaj con vino sobre la mesa

En al-Ándalus, la geografía de la bebida solía desplazarse a espacios privados y a los márgenes de las poblaciones, dada la prohibición formal del consumo de alcohol en público. Las élites sociales celebraban tertulias de bebida, unos banquetes y reuniones en palacios o jardines donde se bebía vino, se escuchaba música, se competía para ver quién podía recitar el mejor poema y se disfrutaba de la compañía de esclavas cantoras. Eran oportunidades para estrechar lazos en un círculo social íntimo y privilegiado. Existía toda una ritualidad y etiqueta en las tertulias palaciegas. El vino circulaba en rondas sucesivas a cargo de coperos, que llenaban la copa de cada invitado por turno según un orden que reflejaba la jerarquía de la sala. Negarse a beber podía ofender al anfitrión, pero también estaba mal visto no saber mantener la compostura tras emborracharse y terminar vomitando o haciendo el ridículo. De ahí que el erudito Ibn Suhayd compilase remedios para aguantar la noche sin terminar inconsciente, como tragarse un huevo crudo antes de beber o ponerse en la boca sal, ruda y comino negro. Y también tenía remedios para la resaca de la mañana siguiente, entre ellos un sorbo de vinagre o, en los casos más desesperados, un trago de orina de burro. Más que para poner remedio a la resaca, yo sospecho de que esos consejos eran para putear y que no se te volviera a ocurrir beber tanto como en la noche anterior.

La gente común de al-Ándalus no celebraba unas fiestas tan refinadas y estructuradas como las tertulias aristocráticas. Existían tabernas para emborracharse, y también alhóndigas o funduqs, esos edificios polifuncionales de los que ya hablamos en una entrevista del canal. Los funduqs servían para depositar mercancías y hacer subastas y también como posadas para comerciantes, viajeros o ciudadanos que quisieran pasárselo bien una noche. Los lugares donde se vendía alcohol podían ser regentados por cristianos y judíos, pero también nos consta que podían ser propiedad de altos funcionarios que ganaban un buen pico con una actividad que la ley islámica en teoría condenaba. En Córdoba, por ejemplo, una alhóndiga se hizo tan famosa por sus escándalos que las autoridades la cerraron varias veces antes de que el propio emir Abd al-Rahman II ordenara incendiarla, en un gesto que los cronistas describieron casi como un acto de purificación. Las inmediaciones de monasterios cristianos eran lugares habituales a los que acudían los musulmanes a comprar y beber vino sin la vigilancia de inspectores de la ciudad. En la Sevilla islámica las autoridades toleraban que hubiera gente tocando música y pillando una cogorza junto al río Guadalquivir, siempre y cuando la borrachera no degenerase en peleas y altercados. Como puedes ver, los botellones en Sevilla tienen una larga tradición, y la línea roja no era beber, sino el escándalo que pudiera montarse por pasarse con el alcohol.

¿Qué pasaba si te pillaban?

Cuando las autoridades te pillaban borracho, las consecuencias dependían mucho de quién eras, dónde estabas y si lo tuyo había sido discreto o escandaloso. En los reinos cristianos, las leyes no castigaban beber, sino robar en las viñas o hacer trampas en la producción y venta. Las ordenanzas municipales regulaban precios, medidas y calidad, prohibían aguar el vino en las tabernas y perseguían con dureza a quien defraudaba. En Murcia la multa por aguar el vino de las tabernas era de solo 12 maravedíes, pero en Carmona se castigaba con 600 maravedíes la primera vez que pillaban al defraudador. Los fraudes con el vino eran constantes y, a veces, mortales. La práctica de adulterar el vino con yeso o cal para corregir la acidez era frecuente, pero podía ser letal si no se sabía hacer bien. En Valencia, entre 1403 y 1407, varias personas murieron por consumir vino adulterado con esos productos. La borrachera pública también podía tener castigo si se desmadraba y acababa en peleas y disturbios, pero hablamos de reprimendas, multas o, si el borracho era clérigo, penitencias eclesiásticas, nada demasiado serio.

Son los musulmanes los que podían sufrir castigos severos por embriagarse, salvo los soberanos y otras élites estatales, que como mucho podían enfrentarse a críticas por su comportamiento, como ocurrió con especial frecuencia durante el periodo de los reinos de taifas. Las escuelas jurídicas islámicas están de acuerdo en que el castigo por beber vino es una pena de azotes, y para la escuela malikí son 80 azotes. En la práctica, muchos jueces y funcionarios preferían mirar hacia otro lado, o daban una reprimenda a los borrachos y los declaraban enfermos para ahorrarles los azotes. Pero, dependiendo del gobernante de turno, el castigo podía ser ejemplar, especialmente sobre quienes ostentaban un cargo jurídico-religioso o quienes vendían alcohol a gran escala. En los últimos años de la Taifa de Granada un ministro instauró la pena de muerte por el consumo de vino, aunque los condenados podían librarse pagando una elevada multa. En tiempos de los almorávides tenemos noticia de que en Sevilla un juez hizo apresar a quince comerciantes que vendían alcohol en el zoco y ordenó su decapitación. Y otro caso singular ocurrió en la década de 1280, cuando el penúltimo gobernador musulmán de Menorca ejecutó a un borracho porque temía que los soldados descuidasen la vigilancia y no tuvieran la mente 100% despejada y las tropas del rey de Aragón aprovechasen para tomar la isla.

Maqamat de al-Hariri iluminado por Yahya ibn Mahmud al-Wasiti (1237). Musulmanes bebiendo y de fiesta
Maqamat de al-Hariri iluminado por Yahya ibn Mahmud al-Wasiti (1237). Musulmanes bebiendo y de fiesta

¿Cambió con el tiempo?

Nada de esto fue estático. En los escritos malikíes de época omeya el consumo de alcohol no figura entre los castigos que merecían atención. Es normal que fuera así, porque estamos hablando del periodo formativo de al-Ándalus, cuando los musulmanes fueron pasando a ser mayoría por las conversiones. No obstante, era difícil que los nuevos conversos dejasen atrás sus viejos hábitos alimentarios basados en la tríada mediterránea, iguales a los de los cristianos del norte. Al piadoso califa al-Hakam II se le pasó por la cabeza arrancar todas las cepas de al-Ándalus para que sus súbditos no bebieran vino, pero sus consejeros le hicieron ver que el esfuerzo sería inútil porque los andalusíes encontrarían otros frutos con los que emborracharse.

Cuando llegaron desde el norte de África los almorávides para reunificar al-Ándalus y hacer frente a los avances cristianos, la aplicación de la ley islámica se hizo más rigurosa y aumentaron las actuaciones de los inspectores de los mercados urbanos. Los inspectores persiguieron juegos como el ajedrez o las flechas, las actuaciones musicales nocturnas y el consumo de vino, porque música, bailes, alcohol y sexo estaban estrechamente relacionados, como ocurría en los reinos cristianos. Después llegaron los almohades, unos integristas religiosos más radicales, cuyo fundador, Ibn Tumart, llegó a calificar el vino de “madre de todos los pecados”. Ordenó a sus seguidores destruir instrumentos musicales y derramar vino allá por donde pasaban. El rigorismo se mantuvo en época nazarí para reafirmar las diferencias entre el cristianismo y el islam ante el riesgo de extinción de la civilización andalusí. Así se observa en el siglo XV, cuando la pena de azotes pasó de 80 a 100 después de que los musulmanes de Vera intercambiasen su trigo por el vino de los cristianos de Lorca. En cualquier caso, la persecución de la embriaguez dependía de los gobernantes y funcionarios concretos, y existía una brecha evidente entre los discursos moralistas y la conducta de la gente, empezando por la de los gobernantes.

En los reinos cristianos, el cambio en la relación con el vino tuvo menos que ver con la moral y más con la geografía, la demografía y el desarrollo económico. Quizás en la Alta Edad Media ya existían tabernas en las pequeñas ciudades cristianas, pero fue con el crecimiento urbano y demográfico experimentado en toda la Europa feudal cuando proliferaron estos negocios y se expandieron los cultivos de vid orientados a satisfacer las demandas del mercado. La conquista progresiva de al-Ándalus supuso la incorporación de muchas tierras fértiles más favorables al cultivo de vid que las del norte, y en muchas de ellas ya había viñedos ancestrales. La peste negra supuso un duro golpe demográfico y a la superficie cultivada, pero se siguió avanzando, lentamente, hacia una mayor especialización económica con vocación comercial. Hacia el final de la Edad Media, los paladares de las élites se volvieron hacia los vinos dulces y de alta graduación de Alicante o Jerez, que empezaban a hacerse un hueco en los mercados del norte de Europa. Eso cambiaría en siglos posteriores las lógicas de la producción y distribución, pero no la manera de consumirlo. Para el español medieval, el vino seguía siendo lo que había sido siempre: alimento, medicina, sacramento, pecado y un elemento indispensable para montar una fiesta como Dios manda.

Outro

Y hasta aquí el viaje etílico por la España medieval. Pero antes de que te vayas, respóndeme una cosa: si solo pudieras ir a una juerga medieval, ¿a cuál irías? ¿A las tertulias andalusíes, a los banquetes cristianos o a las tabernas de mala fama? Dímelo en los comentarios y de paso dale a me gusta y comparte el vídeo. Puedes apoyar económicamente mi divulgación en Patreon, comprando algún producto de la tienda o participando en la campaña de Verkami de mi libro autopublicado sobre la Alta Edad Media. Recuerda: si bebes, hazlo con moderación, y si te levantas con resaca mejor no pruebes el consejo de beber orina de burro. Nos vemos en mi próximo vídeo.

Fuentes

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Fierro, Maribel, editora. The Routledge Handbook of Muslim Iberia. Routledge, 2020.

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Hernández Robles, Alicia. Comercio y alojamiento en las ciudades andalusíes: estudio histórico-arqueológico del Funduq (siglos VIII-XIII). 2022. Universidad de Murcia, tesis doctoral.

Herrero Soto, Omayra. El perdón del gobernante (al-Andalus, ss. II/VIII-V/XI). Una aproximación a los valores político-religiosos de una sociedad islámica pre-moderna. 2012. Universidad de Salamanca, tesis doctoral.

Marín, Manuela. «En los márgenes de la ley: el consumo de alcohol en al-Ándalus.» Estudios onomásticos-biográficos de al-Ándalus XIII Identidades marginales, editado por Cristina de la Puente, Editorial CSIC, 2003, pp. 271-328.

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Pérez González, Maurilio. «Las bebidas alcohólicas en el medievo asturleonés a través de los textos.» Estudios humanísticos. Historia 7 (2008): 61-77.

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Piqueras Haba, Juan. La vid y el vino en España: Edades Antigua y Media. Universitat de València, 2014.

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