Este es el episodio 68 llamado Reforma papal: Así se forjó la Iglesia católica centralizada y en este episodio aprenderás:
¿Qué fue la reforma papal? Antecedentes y objetivos
Antes de meternos en el tema de hoy, quiero comentar que empecé a trabajar en el libro de la Alta Edad Media. No será un copiar y pegar de los guiones, sino que habrá secciones que recorte, otras que amplíe y otras que modifique y explique mejor. El objetivo es que sea el libro más completo y actualizado que exista hasta la fecha sobre ese periodo de la historia de España. Si eso te suena bien, por favor déjame tu correo electrónico yendo al enlace de registro que he puesto abajo para que los interesados seáis notificados cuando haga la campaña de micromecenazgo para autopublicarlo. También existen otros canales de comunicación directa como Discord, Telegram y WhatsApp. Tengo más cosas que decir sobre el libro al final del episodio.
Bien, hasta el siglo XI, Roma era el centro de la unidad cristiana, la referencia a la que acudir para hacer consultas sobre cuestiones teológicas, litúrgicas o de moralidad, y una sede episcopal preeminente y prestigiosa por haber sido fundada por el apóstol Pedro. Sin embargo, no era la cabeza de la Iglesia latina con capacidad para dar órdenes y hacerlas cumplir a lo largo y ancho de Europa. Su rol era pasivo, como un servicio de atención al cliente que respondía a las necesidades de los que pedían su guía y protección, algo que fue poco a poco en aumento tras echarse a perder el Imperio carolingio.

La reforma papal fue el proceso mediante el cual el obispo de Roma dejó de ser una autoridad poco más que simbólica para convertirse en el líder de la Iglesia católica. La reforma papal empezó bajo el pontificado de León IX en 1049, cuando reformistas de varias partes de Europa se hicieron con el poder en Roma con el apoyo del emperador alemán, y se aprovecharon del prestigio de Roma para implementar y extender su visión del cristianismo en todos los rincones de la cristiandad latina.
Hablo de reformas, pero ¿qué pretendían reformar? Ante el miedo de que no fueran efectivas las plegarias y los sacramentos administrados por clérigos indignos e impuros, deseaban separar lo laico de lo religioso y purificar el clero de contaminaciones terrenales como el dinero, las armas o el sexo. Fue un impulso ascético para que los curas y obispos hasta cierto punto asimilasen las rigurosas formas de vida de los monjes.
Esto se debía a que los apóstoles vivieron de forma comunal, sin casarse ni llevar armas, de modo que si el clero secular era sucesor de los apóstoles entonces debían parecerse más a ellos. Mientras que la espiritualidad altomedieval primaba el Antiguo Testamento, desde el siglo XI se prefirió el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles. Los reformistas sentían nostalgia por un pasado idealizado que nunca existió. Por un lado, el espíritu y modos de vida del cristianismo primitivo, interpretado de una manera o de otra según la imaginación de cada uno, y por otro el periodo entre los siglos IV y VI con papas como Silvestre I, León I o Gregorio Magno.
Los reformistas se imaginaban la Antigüedad tardía como una época gloriosa en términos morales y de riqueza de la Iglesia, una época en la que los poderes seculares estaban sometidos al obispo de Roma. Idealizaban el modelo de conducta que representaba el emperador Constantino, que creían que se había declarado inferior a los obispos, que no se entrometía en sus elecciones ni los juzgaba, que protegió las propiedades de la Iglesia de la avaricia de laicos, y que donó mucha riqueza a la Iglesia romana.
De hecho, este discurso restaurador del orden frente a la decadencia por falta de disciplina y moral o por interferencia de los poderes seculares siempre fue el discurso de legitimación de los movimientos de reforma eclesiásticos anteriores y posteriores al que estudiamos en este episodio. Las dos causas que más unían a los reformistas eran la lucha contra la simonía y el nicolaísmo, es decir, la compraventa de cargos eclesiásticos, incluyendo promesas de favores y regalos por el nombramiento, y el matrimonio y relaciones sexuales por parte del clero.
En la Alta Edad Media los soberanos seculares se situaban en la cima de la estructura eclesiástica de sus dominios. Como los reyes de Israel del Antiguo Testamento, los reyes se sacralizaban con la unción y gobernaban los asuntos temporales y espirituales. Eran los mayores donantes de la Iglesia, presidían concilios y nombraban a obispos y a abades. No pocas veces los obispos y abades eran aristócratas que no habían hecho la carrera eclesiástica y que compraron el cargo por la autoridad y beneficios económicos que conferían.
Además, la cristiandad altomedieval era un mundo donde predominaban las iglesias y los monasterios privados, y sus propietarios podían nombrar al cura que quisieran y quedarse con parte de los rendimientos económicos de las propiedades vinculadas. Esta dominación secular no se ocultaba, pues reyes y señores feudales de menor rango investían a figuras eclesiásticas y recibían juramentos de fidelidad.
Si la simonía provocó gran preocupación en el siglo XI y no antes probablemente fue por la mayor monetización de la economía, de manera que más cargos se compraban con oro; por los procesos de mayor imposición de la autoridad episcopal o de absorción de iglesias y monasterios más pequeños, de manera que más recursos económicos estaban en juego; y por las mayores disputas sobre propiedades y derechos del periodo, de manera que los obispos, abades y curas debían proyectar la imagen de imparcialidad, no la de ser hombres que podrían poner en peligro el patrimonio de la Iglesia para satisfacer al señor al que servían.
Por la naturaleza privada de la compraventa de cargos eclesiásticos, podía ser muy difícil demostrar la transacción. Por eso quizás la consecuencia lógica, aunque no inevitable, del reformismo papal fue la querella de las investiduras, el conflicto en torno a la capacidad de laicos de poner a dedo a obispos, abades o curas. Eso era fácil de comprobar y se podía tener en cuenta para juzgar la independencia y moralidad de un clérigo.
Una parte de los reformistas atacaron la investidura laica por contravenir los principios canónicos de elección y porque tales investiduras implicaban casi siempre simonía. Para los reformistas eliminar el tutelaje laico sobre la Iglesia significaba celebrar elecciones de acuerdo con las leyes canónicas. De este modo, los obispos debían ser elegidos por los cabildos de las catedrales y el pueblo, entendiéndose pueblo de formas distintas según las circunstancias; los abades y abadesas debían ser elegidos por su comunidad de monjes o monjas; y los sacerdotes debían ser nombrados por el obispo o por los fieles de su parroquia con el consentimiento episcopal.

En cuanto al nicolaísmo, en la Alta Edad Media muchos en el clero, en especial los curas en los estratos más bajos, vivían una vida familiar con hijos y con una mujer que los hacía casi indistinguibles del resto de fieles. Ya desde la Antigüedad se habían producido concilios que exigían el celibato clerical, bajo la justificación de que los que mediaban entre Dios y los cristianos debían tener una mente y un cuerpo puros en imitación a Cristo, en especial para dar la eucaristía, el sacramento por el que el cuerpo y la sangre de Cristo supuestamente se manifiestan en forma de pan y vino. Las prohibiciones canónicas eran conocidas, pero su aplicación era otra cosa.
Según el influyente reformista Pedro Damián, el contacto sexual con las mujeres contaminaba las manos del cura y las esposas clericales podían ser acusadas de incesto, al acostarse con su padre espiritual. Incluso llegó a pedir que esas mujeres se convirtieran en esclavas de la Iglesia romana, pero por suerte tal medida extremista no tuvo muchos apoyos ni siquiera entre el clero, como tampoco los castigos que sugirió contra los religiosos que se masturbaban o mantenían relaciones homosexuales. Pedro Damián era la definición de un amargado misógino que solo encontraba consolación en joder la felicidad de los demás.
En temas sexuales fue el más extremista de todos, pero los reformistas compartían en líneas generales el rigorismo sexual y el ver el sexo como fuente potencial de pecado y maldad. Además de por motivos de cariz puramente ideológico, el matrimonio clerical hacía que el clero secular tuviera más de una lealtad, y querían que solo debiera obediencia a las jerarquías superiores de la Iglesia. También representaban un peligro por la posibilidad de convertir patrimonio de la Iglesia en herencia familiar, de que una familia copara el mismo puesto durante generaciones, y de que las rentas eclesiásticas sirviesen para mantener a esas familias.

El reformismo papal de la segunda mitad del siglo XI nació a partir del reformismo eclesiástico que se manifestó con múltiples iniciativas regionales en Europa de algunos señores feudales, obispos y abades desde finales del siglo X. Por ejemplo, el obispo de Worms compiló una colección canónica influyente, el rey Sancho III de Pamplona trató de extender el rito romano, o se celebraron asambleas de la Paz de Dios en Francia y Cataluña para proteger el patrimonio eclesiástico en las que frecuentemente se insistía en medidas reformistas como prohibir el matrimonio clerical, que clérigos portasen armas o que aceptasen dineros y regalos como pago de penitencias.
Al margen y en paralelo a la reforma propiamente papal se siguieron desarrollando actuaciones reformistas sin el tutelaje de Roma, como el concilio de Coyanza bajo el rey Fernando I de León, que seguía imbuido en la visión tradicional de rey sacralizado. El ímpetu reformista también se expresaba mediante la febril construcción de iglesias de piedra, con la voluntad de que permanecieran de pie durante siglos como lo habían hecho las de Roma. Los grandes crucifijos encima de los altares de las iglesias se volvieron la norma, y se multiplicaron los libros litúrgicos, reliquiarios, cálices y cruces hechas con metales preciosos o esculturas y pinturas murales para decorar las iglesias.
Esto no hacía más que reflejar el enriquecimiento de las aristocracias y de la Iglesia, que en la Plena Edad Media sistematizó el cobro de diezmos y primicias y consolidó redes parroquiales donde los obispos tenían autoridad efectiva, a diferencia de periodos anteriores. Otros factores posibilitaron el reformismo papal, como el crecimiento de las ciudades, que fortaleció a los obispos e hizo que emergieran universidades y escuelas episcopales, o la creciente articulación del conjunto de la sociedad en relaciones verticales, de manera que tenía sentido que se produjera una mayor jerarquización de la Iglesia católica.
Lo que debe quedar muy claro es que la reforma papal no fue un movimiento lineal, inevitable y bien planificado de arriba abajo, sino un movimiento eclesiástico cambiante, producto de una serie de accidentes históricos, que aunaba sensibilidades que podían diferir. Hubo por ejemplo reformistas que estaban muy preocupados por temas sexuales, otros que no. Había reformistas que no aceptaban incluir la investidura laica de obispos en la definición de simonía. Otros que rechazaban la línea del papa Gregorio VII de emplear con frecuencia el recurso de la excomunión y pedir a los fieles que rechazasen los sacramentos y las misas de curas pecaminosos.
Precisamente lo que llamo reforma papal otras veces ha recibido el nombre de reforma gregoriana por la importancia de este papa, pero hoy en día la mayoría de los historiadores no consideran adecuado tal nombre. Reforma papal quizás tampoco es el mejor ya que el reformismo empezó en otras regiones antes de sentirse en Roma, pero cuando el papa tomó la iniciativa cambió la Iglesia católica para siempre. Sobre la duración de la reforma, algunos autores la extienden hasta principios del siglo XIII, con la monarquía papal que alcanzó su cénit bajo Inocencio III, pero para este episodio yo lo voy a limitar hasta el concordato de Worms de 1122. Y si te está gustando lo que has escuchado hasta ahora, por favor dale a me gusta y suscríbete si no lo has hecho.
¿Cómo se construyó la autoridad del papa?
Como ya vimos en el episodio 64, Cómo el feudalismo hizo perder la libertad a todos, la dominación ideológica es la forma más sutil y eficaz de dominación a largo plazo, pues los dominados interiorizan las normas impuestas por los dominantes. Y en la Europa feudal nadie ganaba a la Iglesia católica en el dominio de las ideas, la escritura y la educación. Por eso debo mencionar la propaganda como el primer mecanismo práctico con el que se construyó la Iglesia católica centralizada y se difundieron las ideas ascéticas de la reforma.
En el Evangelio de Mateo, Jesús le confiere a Pedro las llaves del reino del cielo, con autoridad para declarar qué está permitido y qué prohibido por Dios. Sin esta declaración, o la noción históricamente muy cuestionable de que Pedro fundó un papado que ha seguido de forma ininterrumpida hasta nuestros días, el obispo de Roma no hubiera sido más que un obispo más. Si el papado pudo desarrollar un poder transnacional no fue por su poderío militar o sus dominios del centro de Italia, sino porque en la Plena Edad Media nadie en la cristiandad latina cuestionaba que fuesen sucesores de Pedro y vicarios de Dios.
No fue extraño recurrir a documentos falsos para justificar el reforzamiento de la autoridad papal, como las decretales pseudoisidorianas, compilación de cartas papales, en su mayoría apócrifas, atribuida falsamente a Isidoro de Sevilla. En esta colección encontraron reclamaciones teóricas, como que ningún sínodo era válido sin la confirmación del papa o que las causas mayores debían ser juzgadas por la Santa Sede. También recurrieron a la donación de Constantino, falsificación del siglo VIII, que los reformistas papales interpretaban para reclamar el dominio espiritual y temporal de todo lo que había sido el Imperio romano de Occidente.
Uno de los hechos más decisivos para construir la autoridad papal fue que los pontífices plenomedievales asumieran que eran legisladores para toda la cristiandad, a través de los concilios, sus cartas decretales en respuesta a preguntas de obispos, abades, reyes o señores feudales importantes, y sus resoluciones judiciales que podían sentar un precedente a imitar.

Esas fuentes de autoridad judicial se recopilaban en compilaciones canónicas realizadas por iniciativa privada, con lo que había cherry picking en las leyes que ganaban más difusión y no se producían leyes del modo en que se hace hoy. Solo desde el siglo XIII observamos colecciones y manuales canónicos oficialmente autorizados por los papas. La compilación que se convirtió en la estándar de la tradición legal europea y revolucionó la importancia de las leyes canónicas fue el Decreto de Graciano, un jurista que enseñaba en la Universidad de Bolonia y que concibió su libro como un manual para universitarios.
Los concilios se multiplicaron en la Plena Edad Media. Los papas organizaron concilios generales en Roma con la asistencia de obispos de toda Europa para promover cambios, supervisar el progreso de las reformas en las diócesis y amenazar con la deposición a los que no mostrasen suficiente celo en su aplicación. El Concilio de Reims de 1049 es un buen ejemplo de un concilio presidido por el papa fuera de las fronteras del Sacro Imperio con la voluntad de ejercer la primacía de la Iglesia universal que reclamaba el obispo de Roma.
Con los concilios podían resolver cuestiones prácticas de las diócesis, al mismo tiempo que difundir a una escala regional y local las resoluciones de concilios más importantes. Si en la Alta Edad Media los concilios servían para que los obispos de una región determinada ejerciesen su autoridad colectiva para adoptar nuevas resoluciones, esto terminó a medida que se interiorizó que los papas eran las fuentes legítimas para introducir nuevas leyes.
Una forma de intervención papal de gran importancia para la Iglesia católica reformada era la resolución de casos judiciales de quienes pidieran su intervención, fuera como corte de apelación o como tribunal de primera y a la vez última instancia. Esta justicia se ejercía en Roma, pero también podían celebrarse juicios en otros países bajo la figura de jueces delegados pontificios para facilitar la justicia y evitar costosos y arriesgados viajes a las partes. Normalmente, los jueces delegados pontificios eran eclesiásticos del propio país, pero que para dar muestras de imparcialidad no pertenecían a la jurisdicción de las partes.
Los conflictos que resolvían eran generalmente disputas entre instituciones eclesiásticas, pero podía incluir otros como divorcios o herencias. La popularidad de la justicia papal no hizo más que crecer porque se percibía como más justa y racional que la local y con jueces mejor formados. A su vez, la dispensa papal fue un poderoso instrumento para eximir del cumplimiento de una ley canónica concreta en un caso específico, por ejemplo, para posibilitar matrimonios prohibidos por el grado de parentesco o para permitir que hijos naturales y bastardos accedieran al clero. Hecha la ley, hecha la trampa, pero todo servía para hacer más fuerte a la Santa Sede.

Una de las herramientas más innovadoras del arsenal de los papas reformistas fueron los legados papales, normalmente cardenales dotados de amplios poderes, como presidir concilios, negociar con soberanos, resolver casos judiciales importantes, recaudar dinero debido o deponer obispos. En esencia, los legados temporales o permanentes servían como representantes plenipotenciarios del papa en provincias alejadas, incluso en lugares donde nunca antes se había sentido su autoridad.
A medida que se centralizaba el poder eclesiástico en Roma, el papado desarrolló la curia romana, compuesta por varios órganos de gobierno, incluida una cancillería para recibir y producir documentos y una cámara que gestionaba las finanzas. Fue el papa Urbano II quien, al estar en el exilio y no poder acceder a los recursos tradicionales del gobierno papal, tuvo que poner en marcha la curia y el colegio de cardenales, que emergieron como los órganos administrativos más sofisticados de la Europa feudal.
Las diócesis metropolitanas de la Antigüedad que reforzaron o restauraron los papas desde finales del siglo XI sirvieron para disciplinar a los obispos de las provincias y facilitar los procesos centralizadores de la Iglesia. Todo arzobispo debía acudir personalmente a Roma para ser investido, debía ayudar a los legados papales a cumplir con sus misiones y debía atender los concilios convocados por el pontífice. Como agentes con una relación más directa con el papa, los obispos metropolitanos tenían el rol de asegurarse de que las elecciones de obispos se hacían de acuerdo con las leyes canónicas y que la legislación reformista se aplicaba.
Otra herramienta para establecer el dominio del papa fueron las exenciones de diócesis y monasterios, es decir, librar a los monasterios de la intromisión laica y de la jurisdicción del obispado y librar a las diócesis exentas de la autoridad de un arzobispo. De esta manera quedaban bajo la autoridad directa de la Santa Sede y se facilitaba la difusión de las ideas reformistas. Estas exenciones se multiplicaron como medida de emergencia durante la querella de las investiduras para evitar que monasterios reformistas se vieran obligados a obedecer a obispos que no comulgaban con las directrices del papa.
Finalmente, cabe mencionar las sacralizaciones de guerras apoyadas u organizadas por los papas como otra fuente de construcción de autoridad. Esto lo podemos observar en las campañas normandas en Sicilia contra los musulmanes, en campañas en España como la de Barbastro de 1064 que estudiamos en el episodio anterior, en la conquista normanda de Inglaterra de 1066, y sobre todo en las cruzadas de Levante.
Las cruzadas fortalecieron al papa como cabeza visible de la cristiandad. Antes de pasar a la siguiente sección, acuérdate de que puedes hacer una donación por PayPal o en la página web del programa, donde también encontrarás una tienda con merchandising y los guiones y fuentes de los episodios, y puedes apoyar mi divulgación en Patreon. Los enlaces están en la descripción.
La toma del poder de los reformistas
Si nos vamos a la narrativa política y cronológica, la historia de la reforma papal del siglo XI empezó en una Roma de unos 30 o 40.000 habitantes, todavía la ciudad más poblada de Italia antes de ser superada por Milán. El obispo de Roma era quien gobernaba la ciudad, y el puesto era motivo de disputa entre familias aristocráticas locales. Roma estaba ligada entonces al Sacro Imperio Romano, un Estado que nunca logró la coherencia interna del Imperio carolingio y que comprendía Alemania, Austria, Países Bajos, Suiza, Borgoña y partes de Italia.

Sus emperadores alemanes necesitaban valerse del prestigio del papa para ser coronados emperadores romanos. El emperador de mediados del siglo XI era Enrique III, soberano imbuido en el ideal de la mejora moral del clero debido a la importancia que tenían los obispos en la gobernanza del imperio y a la concepción cesaropapista que tenía de una Iglesia subordinada a un soberano sacralizado. En 1046 Enrique III quiso ser coronado emperador, pero necesitaba a un papa sin mala reputación y en esos momentos había tres hombres que reivindicaban ser el papa legítimo.
Por eso en el sínodo de Sutri depuso a los tres papas y eligió a uno de origen alemán. No deja de resultar irónico que el empuje reformista viniera dado por papas nombrados por un emperador que se saltó los procedimientos canónicos, pero en esos momentos no se ponía en cuestión la potestad de laicos de investir a obispos y, de hecho, veían como una necesidad que los gobernantes seculares ayudasen al estamento eclesiástico en su reforma. Después de 1046, la mayoría de papas y cardenales no fueron romanos, lo que permitió que tomasen el poder de la Santa Sede hombres que no estaban tan preocupados por minucias de la política italiana y que se imaginaban el papado como líder de toda la cristiandad.
Un papado más poderoso e influyente en Europa naturalmente llevó a que se internacionalizara la cuestión de quién era papa y no fuera un asunto donde solo los romanos tuvieran voz. Los dos primeros papas nombrados por Enrique III le salieron rana porque fueron asesinados por envenenamiento. Probablemente por eso el tercero y más importante pontífice elegido por el emperador alemán, León IX, solo aceptó el puesto bajo la condición de que el clero y pueblo de Roma lo aceptasen.
Con León IX, papa entre 1049 y 1054, empezó de forma clara la reforma papal. No permaneció mucho tiempo en Roma, pues prefirió viajar por Italia, Francia y Alemania y celebrar concilios para hacer sentir su autoridad como nunca antes había hecho un papa. En el concilio de Reims León IX obligó a que los obispos y abades franceses confesasen si habían obtenido su cargo pagando o prometiendo favores, y eso llevó a que destituyera a algunos infractores.
De lo más importante que hizo León IX fue traerse consigo a un grupo de reformistas que dominaría la sede romana durante las siguientes tres décadas. Entre ellos, Humberto de Silva Candida, Hugo Cándido, Federico de Lorena, quien sería el papa Esteban IX, el ermitaño Pedro Damián, y el monje Hildebrando, futuro Gregorio VII. Visto en retrospectiva, su último año de pontificado, 1054, se ha cogido como la fecha en la que se consumó el cisma definitivo entre la Iglesia latina y la ortodoxa.
En realidad, ya llevaban siglos con serias diferencias doctrinales y de práctica del cristianismo. Para los contemporáneos la excomulgación mutua del papa de Roma y del patriarca de Constantinopla no supuso un gran cambio, y todavía hubo intentos posteriores de reconciliación y, sobre todo, de que Constantinopla se sometiera a Roma. Es lógico, pues mientras el poder de Roma no hizo más que crecer, el Imperio bizantino era una sombra de lo que fue por las conquistas árabes y turcas, y los griegos se volvieron crecientemente dependientes de Europa occidental para sobrevivir.
El cisma de 1054 se desencadenó después de que los normandos del sur de Italia cerrasen iglesias de rito griego. Los normandos, descendientes de los vikingos, llegaron a Italia como aventureros y mercenarios, pero se desmadraron cuando vieron que ellos podían convertirse en los amos del lugar, barriendo a los señores italianos, bizantinos y musulmanes. No formaron una unidad política, sino múltiples señoríos. Cuando los normandos atacaron Benevento, ciudad que se había puesto bajo la protección de la Santa Sede, León IX convocó a lo que llamó la milicia de San Pedro.
Pero la batalla de Civitate se convirtió en una masacre para las tropas pontificias y León IX terminó hecho prisionero y murió en 1054 poco después de ser liberado. Su sucesor no duró mucho en el cargo, como tampoco Esteban IX, elegido rápidamente por los reformistas para que la tradicional aristocracia romana no tuviera tiempo de actuar. Es reseñable que esa elección, ya hecha tras la muerte del emperador Enrique III, la hicieran los reformistas, que solo buscaron el visto bueno de la regencia alemana tras los hechos consumados.
Y es que 1056 marcó un punto de inflexión para la historia del papado. La inesperada muerte de Enrique III llevó a que el Sacro Imperio quedase bajo una regencia, porque el sucesor era un niño de seis años. Los elementos más díscolos del imperio se aprovecharon de la debilidad regia, y los Estados pontificios no fueron una excepción. Fueron esas circunstancias históricas específicas las que permitieron que la relación de poder entre emperador y papa se invirtiera, que los reformistas pudieran ser más audaces y que el poder eclesiástico pudiera hacer frente al secular.

La vieja aristocracia romana aprendió de su error de perder el tiempo acudiendo a Alemania para el nombramiento de un nuevo papa, y a la muerte de Esteban IX en 1058 se espabilaron para elegir a un candidato bueno para sus intereses, Benedicto X. La elección se hizo según la costumbre, pero la historiografía oficial católica le aplica la etiqueta de antipapa como lo hace con otros papas que terminaron por perder. Eso es así porque solo se aceptan los papas como una cadena de sucesiones apostólicas que nunca se ha roto, y si se reconoce que puede haber más de un papa ese relato se va al garete.
Los reformistas tardaron unos meses en reaccionar y tuvieron que ingeniárselas para crear nuevos procedimientos que legitimasen la elección de otro candidato. Así cinco de los siete cardenales obispos de Roma eligieron a Nicolás II fuera de la antigua ciudad imperial y impusieron a su candidato con el apoyo militar del matrimonio que dominaba Baja Lorena y la Toscana. Otro apoyo vital para que Benedicto X perdiese apoyos fueron familias de la oligarquía emergente, como la familia Pierleoni, cuyo patriarca fue un banquero judío convertido al cristianismo.
El monje Hildebrando fue quien orquestó la elección de Nicolás II, y fue un hacedor de papas y casi que un papa en la sombra bajo Nicolás II y Alejandro II, en parte porque controlaba las finanzas pontificias antes de convertirse en el papa Gregorio VII. Esteban IX ordenó que no se celebrase la elección de su sucesor hasta que Hildebrando no regresase de su misión de Alemania, pero no se respetó su voluntad. También fue Hildebrando el que organizó por primera vez la coronación de un papa con insignias imperiales durante el sínodo de Letrán de enero de 1059.
En ese sínodo Nicolás II promulgó un decreto creado ad hoc para legitimar su propia investidura irregular, en el que estipulaba que la elección del papa era competencia exclusiva de los cardenales obispos, que eran los siete titulares de iglesias de Roma y alrededores que con el crecimiento del poder de la Santa Sede emergieron como consejeros y administradores. Tras la elección, el resto de cardenales debían aprobarlo y el pueblo romano pasaba a tener el papel testimonial de aclamar al pontífice.
En este escenario, el emperador alemán solo era notificado a posteriori del resultado de la elección y solo tenía el rol de recomendar candidatos en caso de que los cardenales no encontrasen a uno adecuado. Para finales del siglo XI se incluirían en el proceso electivo los veintiocho cardenales presbíteros titulares de parroquias romanas y catorce cardenales diáconos, responsables de iglesias. El decreto de Nicolás II no concretaba cuántos votos hacían a un papa legítimo, y por eso en el III Concilio de Letrán de 1179 se hizo un nuevo decreto especificando que el nuevo papa necesitaba el apoyo de dos tercios de los cardenales.
Lo cierto es que la mayoría de las elecciones papales hasta el siglo XIII transcurrieron con alguna irregularidad, pero el decreto de Nicolás II fue un precedente útil para enfatizar los derechos a ser pontífice de unos y denegar las pretensiones de otros. El otro hecho a destacar del corto pontificado de Nicolás II es que el papado pasó a aliarse con los normandos del sur de Italia. Reconocieron el señorío de Ricardo de Capua, así como al duque Roberto Guiscardo de Apulia, Calabria y Sicilia, esta última todavía no conquistada.

Así los convirtieron en vasallos de San Pedro que a cambio verían sus gobiernos y conquistas legitimadas en unas tierras que el papa reclamaba como suyas desde que se las arrebataron los bizantinos en el siglo VIII. Es difícil decir si los papas reformistas adoptaron conscientemente una estrategia para conseguir el vasallaje formal de señores feudales de menor categoría, fundamentalmente de Italia, pero también de otros como el rey de Aragón o el duque de Polonia, para que sirvieran de contrapeso al emperador e ir hacia la emancipación de la Iglesia respecto al poder laico, o si solo buscaban protección militar en unos momentos de incapacidad del Sacro Imperio por la minoría de edad del rey.
En cualquier caso, la alianza con los normandos de Italia cambió por completo la relación entre el papado y el Sacro Imperio e hizo más difícil que la aristocracia romana tradicional pudiera retomar el control episcopal. Además, los papas reformistas fortalecieron la gobernanza secular de los Estados pontificios al tomar el control directo de algunos castillos de Italia central, ceder otros en feudo, y reafirmar su capacidad para solicitar contribuciones militares a ciudades cercanas a Roma.
Es probable que por estos movimientos inquietantes la regencia alemana convocase un sínodo en 1060 en el que los obispos alemanes declararon inválidas las medidas de Nicolás II y pronunciaron su excomunión y deposición. Aunque haya pasado desapercibido, este fue el primer choque importante entre la Santa Sede y el Sacro Imperio. Al morir Nicolás II en 1061, la facción reformista de Hildebrando aupó con rapidez a Alejandro II, mientras que la antigua aristocracia de Roma pidió al Sacro Imperio que promoviera al antipapa Honorio II.
Si los reformistas eligieron a Alejandro II fue probablemente porque querían restablecer lazos con la regencia con un perfil moderado y con amplia experiencia en la corte imperial, pero no fue suficiente. Además, buena parte del pueblo romano parece que se oponía al círculo reformista de Hildebrando, y es que Alejandro solo pudo consolidar su posición y ser consagrado de forma discreta, de noche, por las matanzas cometidas por Ricardo de Capua y sus tropas normandas en Roma, pagadas con préstamos de la familia judeoconversa de los Pierleoni.
El cisma más o menos se resolvió en 1064, cuando la regencia del Sacro Imperio aceptó a Alejandro II como papa legítimo. Eso fue posible gracias a que, dos años antes, el reformista arzobispo de Colonia, apoyado por otros príncipes electores seculares y eclesiásticos, secuestró al monarca niño para marginar a la emperatriz viuda y regir los destinos del Imperio. Por esta separación traumática no es sorprendente que Enrique IV desarrollara una desconfianza especial hacia los reformistas.
En abril de 1073 murió este papa, y cuando se celebraba el funeral en la basílica de Letrán se empezaron a oír gritos proclamando a Hildebrando obispo. Hildebrando trató de calmar los ánimos de la gente, pero entonces Hugo Cándido, quien había sido legado papal en España, hizo un discurso declarando que no había mejor candidato a pontífice que Hildebrando y que debía ser elegido papa. Por esta elección irregular, luego confirmada por los cardenales, habría quienes más adelante acusarían a Gregorio VII de ilegitimidad. Se abría una nueva etapa de conflicto entre Roma y el Sacro Imperio.
La querella de las investiduras
Gregorio VII en un principio trató de reconducir las relaciones con Enrique IV. Desde 1072 habían empeorado al excomulgar a consejeros del rey por la disputa por la elección del arzobispo de Milán. No hicieron lo mismo con el joven monarca porque esperaban que fuera convencido de dar marcha atrás. La situación en Milán llevaba años siendo tensa por la pataria, un movimiento reformista del que formaron parte curas y plebeyos contra los jerarcas eclesiásticos de Milán para exigir el fin de la simonía y del matrimonio clerical.
Los patarinos provocaron disturbios violentos y contaron con el apoyo de los papas reformistas, pues sus objetivos estaban alineados y ayudaban a debilitar la independencia de la Iglesia de Milán, muy orgullosa de que sus tradiciones provinieran de San Ambrosio, obispo que humilló al emperador romano Teodosio. Gregorio VII promovió una idea radical que tendría consecuencias para el desarrollo de herejías: que los laicos juzgasen la idoneidad de su clero y rechazasen sacramentos de curas simoniacos o no célibes.
El cabecilla de los patarinos fue asesinado en 1075. Enrique IV, seguro de sí mismo tras haber infligido una derrota a rebeldes de Sajonia, nombró nuevos obispos para Milán, Spoleto y Fermo. Que el emperador siguiese nombrando obispos en contra de los designios del papa ya era malo, pero que encima lo hiciera en el norte y centro de Italia ya fue demasiado. Gregorio VII era un papa con un temperamento de cuidado, que se sentía como una especie de salvador de la Iglesia y no toleraba la desobediencia.
Desobedecerlo a él era desobedecer a Dios, lo que convertía a todos los que no cumplían con sus órdenes en herejes. La visión de reforma papal que tenía quedó bien expresada en una nota no publicada de su registro conocida como Dictatus papae, en la que declaraba la infalibilidad y santidad de los papas y atribuía al pontífice prerrogativas como el derecho de llevar insignias imperiales, no ser juzgado por nadie o deponer a obispos y a emperadores y excomulgarlos.

En el concilio de Cuaresma de 1075 Gregorio VII declaraba ilegales todas las investiduras de obispos realizadas por laicos, y a los que se opusieran a esta medida los amenazaba con la excomunión. Además, argumentaba que el clero con el papa en la cabeza era superior a los poderes laicos y atacó la idea de una monarquía sacralizada. El rey de Francia y el emperador de Alemania reaccionaron en contra. En 1076 Enrique IV convocó una asamblea en Worms en la que él y veintiséis obispos afirmaban que Hildebrando ocupaba de forma ilegítima el puesto de papa porque ni su elección ni las medidas que adoptó eran canónicas.
En respuesta, Gregorio excomulgó al rey alemán y liberó a sus vasallos de sus obligaciones y lazos de fidelidad. Se desató una guerra propagandística que motivó un debate intelectual que perduró siglos sobre cuál era la relación adecuada entre el poder temporal y el espiritual y cuál era superior. Enrique IV infravaloró el poder de la excomunión, y sobre todo el deseo de rebelarse de aristócratas alemanes que se habían acostumbrado a tener más libertad de acción cuando el rey era un niño.
Cuando vio que su situación pintaba muy mal, Enrique se trasladó a Italia y en enero de 1077 durante tres días soportó descalzo y vestido de penitente el frío paisaje nevado fuera de Canossa, un castillo de la condesa de Toscana en el que se encontraba el papa. A Hildebrando no le quedó más remedio que aceptar su penitencia. Podría parecer que la victoria era de Gregorio VII por haber humillado al soberano alemán, pero fue el principio de su declive, pues al librarlo de la excomunión pudo ganar la guerra en Alemania.
Algunos aristócratas rebeldes de allí se sintieron traicionados por la decisión del papa, y proclamaron a un rey rival. El entendimiento del papa y el rey fue más bien una tregua porque Gregorio esperaba acudir a Alemania para resolver en un concilio la cuestión de si Enrique seguía siendo rey, pero no pudo producirse la reunión. Transcurrieron tres años de indecisión papal favorables para el alemán. En 1080 se produjo una nueva ruptura entre Enrique IV y el pontífice, porque el rey estaba nombrando obispos en Alemania y Lombardía.
Gregorio volvió a excomulgarlo, pero la medida no tuvo el mismo golpe de efecto, mientras que los obispos leales al alemán declararon que deponían a Gregorio VII por herejía y eligieron papa al arzobispo de Rávena, que adoptó el nombre de Clemente III. Este último pertenecía a los reformistas que creían que para llevar a cabo la renovación eclesiástica era necesario estar en buenos términos con los poderes seculares.

Las fuerzas imperiales sitiaron Roma durante tres años. Muchos en Roma, incluyendo cardenales, se volvieron hostiles a Gregorio VII porque sus equivocaciones estratégicas y su falta de tacto llevaron la guerra a Roma. En 1084 cayó en manos de Enrique IV y pudo instalarse Clemente III. Pese a que a posteriori haya sido clasificado como un antipapa, lo cierto es que pudo gobernar la ciudad con un amplio consenso durante años, en buena parte por el odio que sentían los romanos hacia Gregorio VII y las tropas normandas, que cuando le rescataron incendiaron y saquearon numerosos barrios de Roma.
Incluso desde un punto de vista católico el pontificado de Gregorio VII no puede valorarse muy positivamente. Dejó a la Iglesia latina con un cisma, su intransigencia y brusquedad llevaron a la enemistad entre el papado y el Sacro Imperio y al saqueo de Roma, y el uso frecuente de legados papales y de excomuniones cabreó a no pocos obispos, que consideraban que se estaba yendo hacia una excesiva centralización del poder eclesiástico. Visto el resultado, era difícil dar un duro por la continuidad de la facción reformista de Hildebrando, pero esta terminó más o menos triunfante.
El segundo sucesor de Gregorio, el francés Urbano II, fue capaz de retomar definitivamente el control de Roma y expulsar a Clemente III en 1097 con tropas normandas y de la marquesa de Toscana. En los años anteriores había aplicado una política pragmática de control de daños y de aprovechamiento de las oportunidades que se presentaban. Una rebelión de un hijo de Enrique IV contra su padre en el norte de Italia permitió que la mayoría de los obispos de Lombardía se pasasen al bando de Urbano II.
Urbano II viajó por Italia y Francia celebrando concilios y sínodos que fueron importantes para aplicar el reformismo papal y afianzar su autoridad, de los que destaca el de Clermont en el que hizo su famoso llamamiento para la primera cruzada. La internacionalización del papado fue clave para que Urbano II ganase los apoyos suficientes para derrotar al papa imperial. Las aguas se fueron calmando entre laicos y eclesiásticos reformistas.
En 1099 empezó el pontificado de Pascual II, que no estuvo a la altura de las circunstancias y en 1111 firmó un acuerdo tan favorable para el emperador alemán que no fue aplicado por la oposición que generó dentro de la Iglesia. Enrique V, que había hecho un gran despliegue militar al ir a Roma para ser coronado, aprovechó el pretexto de que el papa hubiera traicionado el acuerdo para apresarlo y obtener todo, la coronación y el mantenimiento del poder de hacer nombramientos eclesiásticos.
A la que el emperador se fue, el acuerdo quedó anulado y Pascual II pensó en abdicar tras la humillación sufrida. En la Iglesia católica había una división cada vez más patente entre intransigentes y reformistas dispuestos a llegar a compromisos para asegurar parte de sus objetivos. La cuestión la zanjaron el papa Calixto II y el emperador Enrique V con el concordato de Worms de 1122, un acuerdo similar al firmado años antes con los reyes de Francia e Inglaterra. El emperador renunció a investir a obispos y abades entregándoles el báculo pastoral y el anillo, símbolos espirituales que no era apropiado que los otorgase un laico.
El emperador renunció a los nombramientos eclesiásticos, ya que sus elecciones debían hacerse según los cánones. Después de la elección canónica, el emperador podía investir a obispos y abades por las posesiones temporales vinculadas a su cargo, por las cuales era justo que los eclesiásticos rindieran homenaje de fidelidad. De esta manera, se revertía la prohibición de que clérigos prestasen homenaje feudal a gobernantes seculares, como había estipulado Urbano II. El emperador podía asistir a las elecciones, y si había discordias podía elegir al obispo después de consultar con el arzobispo del territorio.
Existía el recurso de apelar al papa en última instancia. Ese recurso de apelar las nominaciones episcopales disputadas fue una gran fuente para construir la autoridad del papa. Mientras que en época de León IX el papa tenía una capacidad muy limitada de hacer nombramientos de obispos, en 1342 el papa Clemente VI y el aparato burocrático de la Santa Sede fueron capaces de hacer 100.000 nombramientos eclesiásticos en toda la cristiandad.
En la práctica, el emperador mantuvo un poder muy importante para influir en las elecciones episcopales, y lo mismo ocurrió en el resto de la cristiandad. Los candidatos a obispo recomendados por soberanos de España generalmente eran aceptados por el papa y los cabildos de las catedrales. No se creía que el concordato de Worms fuera una solución duradera, pero así fue. En la solución de compromiso influyó mucho la teoría de Ivón de Chartres, canonista que distinguió el oficio eclesiástico y el rol pastoral del cargo con el que laicos no debían entrometerse de los bienes y derechos asociados al cargo, algo que sí que podía otorgar un gobernante secular. En el fin de la querella de las investiduras nadie pudo proclamar la victoria absoluta.
Consecuencias de la reforma papal
El gran triunfo de la reforma papal fue establecer la Iglesia católica jerárquica y transnacional que conocemos hoy, con el papa de Roma a la cabeza, frente al anterior modelo descentralizado y colegiado de obispos. Era la puesta en práctica de la primacía papal que obispos de Roma habían reclamado para sí en siglos anteriores con mayor o menor intensidad. Eso sí, el afianzamiento de la primacía papal y el desarrollo de una monarquía teocrática tardaron décadas en madurar. Tanto el papa como los obispos desarrollaron más mecanismos para controlar a sus subordinados.
Las monarquías perdieron su carácter sacro. En cuanto a las investiduras eclesiásticas, los soberanos se vieron obligados a relajar su férreo control sobre los nombramientos de obispos y abades, pero siguieron conservando un poder de decisión o influencia importante. En cuanto al control laico sobre iglesias parroquiales y monasterios más pequeños y los diezmos asociados, los resultados de la reforma papal del siglo XI no pueden más que tildarse de un rotundo fracaso.
Formalmente las iglesias privadas fueron desapareciendo al quedar sujetas a la autoridad efectiva del obispo, pero hasta la Edad Moderna los nobles conservaron la capacidad de nombrar a los sacerdotes de las iglesias de las que eran patronos. Una de las consecuencias no buscadas de la reforma fue el desarrollo de instituciones locales de gobierno vía consejos de ciudadanos por el movimiento comunal que germinó al calor de la querella de las investiduras. Obispos opuestos al reformismo papal perdieron el control de su ciudad ante clérigos menores y la gente común o se vieron presionados para compartir el gobierno local, de ahí que el movimiento comunal se observe principalmente en Alemania y el norte de Italia.
En el terreno de las ideas, pese a las resistencias incluso violentas y con muertos, los reformistas cosecharon notables éxitos en su lucha contra la simonía y el matrimonio clerical. Para mediados del siglo XII ya estaba ampliamente aceptado entre el clero que no podían tener ni esposas ni concubinas, entendiéndose concubinas como parejas de hecho. No significa que tales situaciones dejaran de darse, pero su situación se volvió más precaria por el estigma social y debían ocultarlo o enfrentarse a la posible pérdida de su oficio.
Los que más lo sufrieron fueron los clérigos casados, sus esposas tildadas de prostitutas y fornicadoras y sus hijos, que desde entonces pasaron a ser ilegítimos hijos del pecado. Los reformistas no solo querían denegar el sexo al clero, sino restringir el cuándo y cómo podían tener sexo los laicos y monopolizar el matrimonio bajo sus reglas, en sustitución al matrimonio civil que hasta entonces era la norma. A partir del siglo XIII la Iglesia tuvo un gran control sobre los matrimonios y una notable influencia en los códigos de conducta sexuales aceptables.
Las mujeres, acusadas en la literatura misógina clerical de inducir a los hombres al pecado, fueron las grandes perjudicadas de la reforma papal y de que los tentáculos de la Iglesia se fueran extendiendo a todos los rincones de la vida desde el siglo XI hasta la Contrarreforma del siglo XVI. El patriarcado quedó reforzado en medio de las peleas entre los hombres clérigos y nobles por ver quién era más macho y admirable, si los que controlaban sus impulsos carnales o los que blandían la espada.
La historia de la reforma papal es una historia tanto de dominación como de diferenciación identitaria. Una identidad diferente para empezar del clero respecto a los laicos, al definir a los clérigos por su castidad, la tonsura, una indumentaria determinada y el no llevar armas. El clero reformista se ponía por encima de los laicos por considerarse más puros y su rol en mediar entre la humanidad y Dios, aunque claro, la nobleza tenía un discurso del poder bien distinto. Pero mientras en la Alta Edad Media la superioridad de los reyes y nobles sobre el clero estaba ampliamente aceptada, ya es reseñable que en el resto de la Edad Media esta cuestión fuera motivo de debates.
Para los laicos, hubo una creciente conciencia de pertenecer a la cristiandad, al conjunto de naciones cristianas bajo la obediencia del papa, una identidad que trascendía fronteras políticas y lingüísticas. Aumentó la intolerancia hacia la diferencia, no solo hacia los no cristianos, herejes o cualquiera con alguna etiqueta de indeseable, sino también una intolerancia hacia desviaciones de doctrina y formas de liturgia. La cristiandad latina suponía una obediencia y un rito, el romano.
Nada de lo dicho en este episodio afectó a lo que quedaba de la Iglesia mozárabe de al-Ándalus, que eran comunidades cristianas marginadas y francamente aisladas del resto de la cristiandad. Los reformistas desataron unos debates teológicos y sobre formas de vivir la fe de Cristo entre los siglos XI y XIII como hacía siglos que no se producían. El lenguaje de la puridad frente a la contaminación terrenal por dinero, armas, sangre o sexo fue eficaz para asustar sobre la efectividad de los sacramentos administrados por clérigos tildados de impíos.
Ese moralismo y el énfasis en el Nuevo Testamento hizo que los fieles laicos abandonaran el rol pasivo que tenían asignado en la Alta Edad Media para conocer más profundamente las doctrinas católicas e involucrarse en actividades religiosas. Esa mayor implicación popular y celo y puritanismo religioso tuvo consecuencias no buscadas, como pogromos contra judíos y el desarrollo de movimientos clasificados como herejías que solían ser más papistas, o, más bien, más puristas, que el papa. Resumiendo, la reforma papal hizo que las sociedades europeas fueran más jerárquicas, más patriarcales, más puritanas, más identitarias, más fanáticas, más intolerantes y, en definitiva, menos libres.
El Veredicto: Cómo se pusieron la soga al cuello buscando el arbitraje de Roma
Resulta paradójico que la centralización de la Iglesia católica muchas veces no se construyera como una imposición de arriba abajo, sino por la gradual claudicación de la autonomía local por conveniencia táctica de los actores involucrados. Es decir, lo que puso la rueda centralizadora a rodar fueron las peticiones que recibía Roma por parte de laicos y eclesiásticos desde la Europa poscarolingia del siglo X, antes de que los reformistas tomasen el poder.
Cuando un obispo acudía a Roma para confirmar privilegios o cuando un señor feudal apelaba al papa para ganar la disputa por una propiedad, los actores locales no estaban siendo tontos, sino que actuaban racionalmente en el corto plazo. Sin embargo, al ser incapaces de resolver conflictos internamente, las periferias inventaron una autoridad externa central a modo de árbitro que terminó por dominarlas. La lección es que la tentación de externalizar la resolución de conflictos es el germen de toda tiranía, y que la suma de racionalidades individuales descoordinadas no siempre da un resultado óptimo para el conjunto. Y con eso, El Veredicto termina.
Avance y outro
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Y sí, sé que no es plato de buen gusto, pero es la única manera de tener el tiempo necesario para centrarme en el libro de la Alta Edad Media, que me gustaría tener listo antes del verano. Estos episodios requieren de mucha investigación, para este he tenido que leerme más libros nuevos de lo habitual, y es insostenible tratar de hacer las dos cosas a la vez. O sea, que por favor paciencia, déjame tu correo electrónico si te interesa el libro, y los que estáis en pódcast aseguraos de seguir Memorias Hispánicas porque ahí sí que seguiré publicando cosas que no me quiten tanto tiempo.
Cuando regrese en el episodio 69 trataré fundamentalmente el reinado de Sancho Ramírez de Aragón, y también veremos lo que se cocía en el condado de Barcelona antes de la llegada de los almorávides. ¡Gracias por llegar hasta aquí, y hasta la próxima!
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